El problema de tener bad hombres

¿Nos ofreció Trump ayuda para enfrentar a las bandas criminales que controlan el tráfico de drogas en la conversación telefónica que tuvo con Peña Nieto hace dos semanas o amenazó a nuestro Presidente con invadir México? Creo que la primera versión es más creíble, y así lo sugiere la entrevista que dio para la televisora Fox el pasado fin de semana. Sin embargo, con un bad hombre como Trump, a quien le encanta restregarle su poder a sus interlocutores, el que se haya “filtrado” la información de una forma ambigua puede ser en el fondo una amenaza.

Más allá de los chismes y chistes que podemos hacer respecto a la llamada, y del hecho de que ante el crimen organizado la intervención del Ejército de Estados Unidos tampoco es la solución, no nos hagamos bolas, el problema mayor para nuestra soberanía no es esa posible amenaza, sino que para fines prácticos el Estado mexicano ha perdido el control en amplias zonas del territorio nacional. Trump tiene razón cuando critica nuestra incapacidad de enfrentar a nuestros bad hombres que exportan droga. Ciertamente, Estados Unidos genera la demanda de heroína y, por ello, enfrenta una terrible epidemia que surge cuando limitan las recetas médicas para opiáceos legales. Ahí está el origen de ese conflicto, pero es un problema de otra naturaleza respecto al nuestro. Acá, el crimen manda en muchos lugares. Allá manda un consumidor vicioso.

La muestra más evidente de nuestra pérdida de soberanía es el control del crimen organizado en zonas importantes del territorio nacional. Todos los días salen a la luz varias noticias que lo atestiguan. Hay amplias zonas de Guerrero, Morelos, Michoacán, Jalisco, Puebla, Zacatecas, Durango, Chihuahua, Tamaulipas, Veracruz…, no pretende ser una lista exhaustiva, donde mandan los bad hombres, con la complicidad de la policía o porque ésta ya ni existe. No sólo controlan el tráfico de alguna droga, sino muchos otros lucrativos negocios, como el robo de combustibles, la extorsión, el secuestro. Han penetrado tanto a la población que pueden tener el apoyo de una parte de ella en sus actividades delictivas.

Ante ese deterioro en las condiciones de seguridad en su localidad, muchos mexicanos buscan irse a Estados Unidos. Los más ricos se van en forma legal. Los más pobres cruzan la frontera como pueden. Ya allá, incluso sin papeles y con la presión del gobierno de Trump, muchos enfrentan menos incertidumbre que en tantas localidades de nuestro país donde reina el crimen. Se dice con regularidad que la emigración de mexicanos a Estados Unidos es ahora menor a los que regresan. Es cierto, pero se olvida que unos dos millones fueron deportados a nuestro país durante los ocho años del gobierno de Obama. No están acá voluntariamente.

La falta de control del Estado se extiende a la gran mayoría de nuestras cárceles. Las redes de poder y crimen se encuentran también en muchas colonias pobres de las principales ciudades. Quedan áreas donde la policía mantiene el control, como en la mayor parte de las zonas de la Ciudad de México que son de clase media alta, pero estas áreas se encuentran bajo creciente asedio criminal, como se ve en la irrupción de torres policiacas y otros retenes permanentes en los límites más conflictivos para tratar de contener a los delincuentes. Incluso, dentro de colonias caras como la Condesa existen casas de seguridad del crimen que por años han sido protegidas por la policía.

Los bad bad hombres se encuentran muchas veces en la propia estructura del Estado. Por ello, es un problema tan complejo. El extinto panista Carlos Castillo Peraza contaba hace años como encontró a sus hijos jugando a los policías malos vs. los buenos. Ya no existe la distinción entre policías y ladrones. Ninguno de los muchos funcionarios honestos que conozco sabe con certeza por dónde se han colado los emisarios del crimen dentro de la burocracia gubernamental en la que trabajan. Ni hablar de las cabezas visibles del crimen en muchas entidades que son los propios gobernadores, como lo fueron Javier Duarte en Veracruz y Roberto Borge en Quintana Roo, ante el silencio cómplice del gobierno federal. La enorme corrupción de nuestros gobernantes nos vuelve muy débiles frente al nuevo gobierno de Estados Unidos.

La unidad nacional que hace sentido para defender la soberanía es en torno a la lucha contra la corrupción y la inseguridad, hermanos gemelos que se retroalimentan. Para ello, no bastan las palabras. Esta unidad se debe ver con acciones decididas contra las cabezas más visibles del crimen, estén donde estén, y el poder controlar con las fuerzas del Estado aquellas zonas hoy en manos del crimen. Si avanzamos en ello, no habrá duda de que podremos recuperar la soberanía. De lo contrario, Trump o cualquier otro presidente de Estados Unidos tendrá en sus manos un instrumento adicional para presionarnos.

Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey

Twitter: @carloselizondom

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