La izquierda sin agenda
En la comparecencia del secretario de Hacienda la semana pasada casi todos en la oposición criticaron al gobierno por haber aumentado la deuda pública en lo que va del sexenio. También hubo algunas quejas sobre la magnitud y los rubros del recorte. Sin embargo, salvo el diputado Jorge Álvarez Máynez, del partido Movimiento Ciudadano, quien presentó una iniciativa para gravar herencias y donativos, no hay, afortunadamente, una presión por subir los impuestos, única forma de poder gastar como antes sin incrementar los niveles de deuda.
Parece haber acuerdo de que el mal menor es el recorte. Algunos, yo me incluyo, creemos que incluso se quedó corto. Las tasas de interés en Estados Unidos van a subir y las nuestras deberán hacerlo antes para enfrentar la devaluación creciente del peso. Es tal el riesgo de entrar en una espiral de incremento en las tasas de interés, creciente costo de la deuda y necesidad de un ajuste más profundo en el futuro que lo prudente es anticiparse con una mayor austeridad.
En los medios de comunicación una de las pocas voces críticas al recorte fue la de Gerardo Esquivel. En su artículo del pasado 23 de septiembre en El Universal advirtió sobre los costos del ajuste dado que habrá menos dinero en la economía. En el corto plazo esto es cierto, pero ¿cuál es la alternativa?
Esquivel critica el que no se discuta como opción subir los impuestos. Dice, con razón, que el gobierno mexicano no es de los que más gasta en el mundo. Sin embargo, no basta, como él lo hace, sugerir gastar mejor, para tratar de justificar quitarle más dinero a la sociedad. Hay que explicar cómo hacerlo.
Ésta tendría que ser la agenda de la izquierda. ¿Cómo construir capacidades burocráticas para gastar mejor? Suecia funciona bien con impuestos que recaudan cerca de 50 por ciento del PIB porque hay suficiente confianza en la honestidad del gobierno y el gasto público genera servicios públicos de calidad.
En las entidades que ha gobernado, la izquierda ha desaprovechado la oportunidad para dar un ejemplo de que sus políticos son honrados y de que el gasto público puede ser un instrumento para el desarrollo. No ha sido por falta de dinero.
Cuando llegaron al poder en 1997, la Ciudad de México gastaba 98 mil de millones de pesos, en pesos constantes de 2015. En 2015 gastaban ya 195 mil de millones. Esto incluye todos los fondos federales transferidos a la ciudad. Faltaría agregar el gasto que el gobierno federal ejerce directamente en la capital, desde el sueldo de todos los burócratas federales que viven aquí, hasta la inversión en infraestructura pública como la terminal dos del aeropuerto capitalino o las transferencias fiscales a la UNAM. Éstas pasaron de 17 mil 224 millones en el 2000 a 33 mil 563 millones en 2015, a precios de 2015.
En este mismo periodo, la población que vive en la ciudad pasó de 8.6 a 8.9 millones de personas. Casi lo mismo. Incluso, según el Inegi, ha disminuido el número de personas que se desplazan para venir a trabajar a la capital.
¿A dónde fue a dar ese dinero adicional? Sería bueno que alguien lo explicara. Salvo algunas vialidades (y no podemos incluir las que son de paga), una línea del Metro que funciona a medias y seis líneas de metrobús, la infraestructura pública, basta ver el pavimento, está colapsada y la inseguridad deteriorada.
El gasto burocrático creció y creció. Un ejemplo: la Asamblea Legislativa costaba en el 2000, a precios de 2015, 1,029 millones y ahora cuesta 1,589 millones. Eso sí, los gobiernos de izquierda en la ciudad han desplegado una red clientelar que les permite ganar elecciones, aunque ahora como la izquierda está dividida esa red se la están disputando entre Morena y el PRD.
Lo que sí puede exhibir la izquierda, y lo celebro, es que se eliminaron algunas restricciones conservadoras. Hoy las capitalinas pueden abortar y se permite el matrimonio de personas del mismo sexo.
Salvo el programa “Médico en Tu Casa”, que atendió el año pasado 590 mil consultas, tras casi 20 años en el poder no hay una red de servicios públicos que le dé a los capitalinos derechos de verdad. No hay siquiera alguna institución pública capitalina emblemática que permita abrigar alguna esperanza al respecto. Su sistema de educación pública media superior y superior es lamentable. La propuesta de Esquivel de gastar mejor es la aspiración de alguien preocupado por la desigualdad, pero no da pistas específicas de cómo hacerlo.
Mientras no se tenga una ruta para lograrlo, la izquierda podrá criticar las políticas económicas existentes, porque han resultado en menor crecimiento del prometido. Sin embargo, no tendrá una alternativa que proponer.
Ya ni siquiera puede fantasear con la idea de que en América Latina el proyecto de mayor gasto público está funcionando. Venezuela está frente a la mayor crisis humanitaria en la historia de la región, ante el silencio cómplice de sus antiguos amigos, y Brasil simplemente busca desesperadamente gastar menos para tratar de salir del hoyo.
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey
Twitter: @carloselizondom
