Espectaculares lavadas de cerebro
Circular en la Ciudad de México es someter a nuestro cerebro a una invasión de imágenes publicitarias. De estos anuncios, los más visibles son los llamados espectaculares, en los cuales vemos propaganda política ilegal, como la cara de un gobernador en la portada de una revista sin lectores, pero pagado seguramente por el gobierno del estado, mujeres semidesnudas que anuncian desde ropa interior hasta cualquier otra cosa.
Ya se usan también pantallas con video. El ojo del ser humano es captado casi en automático por esas imágenes. Éstas te distraen cuando manejas o simplemente te dificultan divagar sin ser bombardeado por publicidad que pretende manipular tus preferencias.
Esto no sucede en todos los lugares del país. El Centro Histórico de Puebla y el de San Miguel de Allende no tienen anuncios invasivos. Incluso los comercios con feos anuncios luminosos, como de algún clásico restaurante de comida rápida, son discretos. Por eso estos centros son visualmente muy agradables. Igual que el Centro Histórico de la Ciudad de México y avenidas como Paseo de la Reforma, en la que no hay grandes espectaculares. Claro, se hacen todo tipo de trampas para eludir las regulaciones. Una de ellas son los paraderos de autobuses. Su función no es que la gente se siente a esperar el transporte, por eso estorban a los peatones y no sirven para gran cosa. Su objetivo es poder tener un espacio publicitario.
Las ciudades más bonitas en el mundo suelen tener prohibido o seriamente limitado el uso de espectaculares con publicidad. ¿A quién le gustaría París si estuviera lleno de anuncios? Hasta Manhattan los tiene delimitados a unas cuantas calles alrededor de Times Square.
Salvo las invasivas llamadas telefónicas, las cuales por lo menos puedes colgar, todas las otras formas de publicidad implican un acto voluntario. Prender la televisión o el radio. Ir al cine antes de que empiece la película. Hay filmes que ya son una especie de comercial, pero se puede optar por no ir a verlas. Utilizar un buscador de internet, sobre todo si no se bloquean los anuncios —o la mayoría de ellos— con una aplicación especial.
Para quienes no les importa, pueden estar conectados a la televisión o abrir cuanto anuncio de internet les aparezca en la pantalla. Están en su derecho. Es su cerebro. Incluso se pueden comprar una Kindle más barata si aceptan la propaganda de libros que te pueden interesar. Una vez, por ahorrar, me compré una de ésas. Un horror.
Pero los anuncios en la calle son obligatorios para quien circula por la ciudad. Son un gran negocio. Me contaba un empresario, cuyas oficinas están sobre Periférico, que no puede anunciar su negocio por las rígidas normas al respecto. Sin embargo, en el edificio de junto hay un gran espectacular. Quién puede ponerlo y quién no, depende de contactos y dinero.
Si alguien nos obligara cinco minutos al día a estar encerrados en nuestro auto a ver algo que no queremos, como le sucede al personaje central de la película Naranja mecánica con unos palillos para mantener abiertos los ojos, nos parecería horrendo. Si la tortura es por horas y de forma indirecta a nadie parece importar. Pero es un horrible intento de manipulación. Es hora de prohibir esta invasión a nuestros cerebros. La nueva Constitución capitalina, en su generosa expansión de derechos, debería incluir el derecho a no vivir permanentemente sujeto a un sistemático lavado de cerebro.
Ahora bien, lejos de ir en el sentido de prohibirlos, como se hizo, por ejemplo, en la ciudad de Sao Paulo, en Brasil, cada vez hay más espacios abiertos a la propaganda. Amparados en cuidar un área verde en el camellón de una calle, se le permite a una empresa anunciarse. Dado que está su reputación en juego, mantienen bien el tramo en que se anuncian. El contraste con camellones sin patrocinador es revelador de la incompetencia del gobierno para dar el mantenimiento mínimo al espacio público. Con la misma lógica, en nuestra ciudad se ha concesionado a la iniciativa privada el mantener bajopuentes en Periférico y Viaducto, antes en abandono total. Su pago es poder anunciarse, muchas veces con una luminosidad agresiva.
El gobierno capitalino quiere ahora ir más allá: poner jardines colgantes en Periférico. Se verá muy bonito, supongo. Pero traerán aún más propaganda que se meterá en el cerebro de los pobres conductores atrapados en esa supuesta vía rápida.
Es hora de dar un paso más ambicioso. Si el gobierno no puede mantener adecuadamente la ciudad y los privados sí a cambio de propaganda, ¿por qué no se les encarga no sólo el jardín del camellón sino todo un segmento de una calle, pavimento, seguridad, iluminación..? Le pueden poner hasta Wi-Fi. Prohibamos todo tipo de publicidad no asociada a la provisión de servicios y que la lavada de cerebro por lo menos nos proporcione algún tipo de servicio a cambio, ya que el Gobierno de la ciudad ha mostrado no poder ocuparse bien ni de lo más básico.
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey
Twitter: @carloselizondom
