Por qué no votaré
Votar tiene algo de absurdo. Si hay millones de electores, un voto no define el resultado. En un frío análisis costo/beneficio, lo racional es no perder el tiempo yendo a votar.Sin embargo, desde los 18 años, salvo cuando estudié fuera del país, y entonces no se permitía votar en el extranjero, siempre he votado. Lo he hecho con la enorme satisfacción de participar en los asuntos que competen a todos los ciudadanos.
Si gana mi candidato, mi satisfacción es, lógicamente, mayor, pero aun en la derrota me quedo contento de vivir en un país donde, a pesar de sus cada vez más serios problemas en los procesos electorales, el voto decide quién gobierna.
No voy a votar este 5 de junio. Y no porque esté saturado de los estúpidos comerciales que nos fastidian por todos lados o asqueado por el despilfarro de recursos públicos que implican las campañas electorales. Tampoco porque el Tribunal Electoral está cada vez más politizado y con frecuencia tome decisiones contrarias a la ley.
Como habitante de la Ciudad de México, lo que me compete es votar por los miembros de la Asamblea Constituyente. La nueva constitución de la ciudad me parece el ejercicio más banal que ha inventado nuestra clase política. ¿Si son tan demócratas, por qué no se nos preguntó si queríamos una y si estábamos de acuerdo en gastar 500 millones de pesos para organizar la elección y financiar las campañas? Esto sin contar el dinero que costará la operación de la Asamblea, más lo que se gastará ilegalmente en las campañas.
El jefe de Gobierno debe haber creído que este circo constituyente le ayudaría para justificar no enfrentar los problemas de la ciudad. No ha sido el caso. La mala gestión en los asuntos que le importan a la gente explica su vertiginosa caída en popularidad.
Tampoco hay mucha razón para votar. De los 100 diputados constituyentes que tendrá la Asamblea, 40 son por dedazo. El Presidente de la República nombrará seis y el jefe de Gobierno otros seis. Lo harán pasada la elección del 5 de junio. La Cámara de Diputados y el Senado ya nombraron, cada uno, a 14 representantes. Tampoco votaría en elecciones intermedias si para el Poder Legislativo sólo tuviéramos derecho a votar por el 60% de los legisladores.
Peor aún. Los 60 diputados restantes de esta Asamblea no se elegirán directamente por los votantes, sino a partir del orden en que cada partido los puso en su lista de candidatos. El elector no tiene control alguno sobre quién queda. Ya lo decidieron los partidos.
Hay candidatos independientes, aunque algunos lo son sólo de nombre. Sin embargo, suponiendo que ganara algún independiente genuino, no podrán hacer nada entre la cantidad de tiburones que son políticos profesionales.
Tampoco importa tanto quién sea electo. Les va a tocar discutir y aprobar un texto ya definido por el gobierno capitalino que será un listado de buenos deseos.
Buenos deseos limitados por lo que dice la Constitución. Ésta define con bastante detalle qué puede hacer la Asamblea Constituyente. Como ha argumentado Diego Valadés, en sentido estricto, esto no es una constitución, sino una ley reglamentaria de un detallado artículo de la Constitución Mexicana, el 122. Si los “constituyentes” locales van más allá de lo que la Constitución dice, y es muy probable que así sea, veremos innumerables litigios con respecto a la constitucionalidad de este texto.
En la redacción de constituciones es bastante común que para lograr acuerdos se agreguen las preferencias de una mayoría amplia de legisladores. Por eso habrá una expansión de derechos, desde el derecho al internet hasta el derecho a la movilidad. En general, son deseables. Pero cuestan. Cómo y de dónde saldrán los recursos para pagar no estará dicho. Eso sí es complicado políticamente. Además, si se abre una puerta para exigir estos derechos por la vía judicial, el gobierno se la va a pasar litigando, no administrando los programas a su cargo.
Los cambios orgánicos en la organización política y administrativa de la ciudad, definidos ya en la reforma constitucional que es el precursor de esta Asamblea Constituyente, no son menores. El más importante, la creación de alcaldías, va a ser muy complicado de implementar. El siguiente jefe de Gobierno va a heredar una pesadilla administrativa, al tener que reorganizar la operación de la ciudad con base en nuevas competencias.
El nuevo marco constitucional no ayudará a resolver ninguno de los problemas que nos aquejan, desde la contaminación ambiental hasta la inseguridad. Seguramente lo hará más difícil. Pero eso no es problema del actual jefe de Gobierno ni de quienes participen en la Asamblea Constituyente. A ellos sólo les importa salir en la foto.
Gobernar la Ciudad de México requiere mucho trabajo y mucha inteligencia. Se podría haber hecho sin requerir una constitución para la Ciudad de México. Va a ser aún más difícil con el bodrio que seguramente terminarán aprobando. No pienso avalar este circo con mi voto.
Twitter: @carloselizondom
