El reino

El cristianismo, la religión que cuenta con más feligreses en el mundo, es practicado por 31% de la población mundial. Los católicos, los cuales conforman la mayor parte de las iglesias cristianas, son la mitad, es decir, 15% de la población del planeta. Están lejos de ser la mayoría absoluta, como lo son en México, sin embargo, la Iglesia católica es la burocracia más exitosa del mundo, tanto por el tiempo que se ha mantenido como por el alcance que ha logrado.

Los católicos están concentrados en la parte sur de Europa Occidental y en las regiones que estos grupos conquistaron, especialmente en América. Hay también numerosos católicos en algunos países de África y del Este de Asia. El país con más católicos del mundo es Brasil, con casi 125 millones; seguido por México, con casi 100, y Filipinas con 80. En estos tres países la religión mayoritaria es, por mucho, el catolicismo, aunque en Brasil su proporción es menor, representando 60% de la población. El cuarto lugar de fieles católicos lo ocupa Estados Unidos, con 66 millones, que representan 20% de su población total.

En México, en 1950, 98.2% de la población se consideraba católica. En el último censo, el de 2010, este porcentaje bajó a 89.3. Haciendo un comparativo, en 1952 el PRI obtuvo, según datos oficiales, 74.3% de los votos de la elección federal, mientras que en la última elección federal consiguió 29 por ciento. El PRI ha perdido mucho más que la Iglesia católica en términos de popularidad.

¿Qué la hizo la religión dominante del mundo? ¿Qué significa ser católico? Éstas son las dos preguntas que se hace el escritor francés Emmanuel Carrère en su magnífica obra intitulada El reino. El libro es tanto una autobiografía de aquellos años de su vida en los que fue un fervoroso católico, que décadas después le parecen que son la vida de otra persona, dado que ya no cree en Dios, como un intento de explicar desde los documentos históricos cuando los hay, desde su imaginación cuando no, la forma en la que una minoritaria secta judía se volvió dominante en el imperio romano. Carrère nos recuerda que, según los 12 apóstoles de Cristo, todos ellos judíos, las enseñanzas de Jesús eran para los seguidores del Antiguo Testamento, es decir, los judíos. Carrère se centra en el papel de San Pablo, se cree que ciudadano romano e hijo de judíos, nacido en una ciudad griega, hoy en Turquía, y se hace apóstol ya muerto Cristo. San Pablo fue quien hizo posible diseminar el cristianismo a lo largo del imperio romano. Una característica revolucionaria e incluyente del cristianismo fue el ser una religión dirigida a los pobres, para los enfermos, para los marginados, algo inusual hasta entonces en el mundo de las religiones.

Contra la visión tradicional de una Roma cerrada al catolicismo, el libro muestra cuán plural y abierto era en los primeros años del cristianismo el imperio a cualquier religión, siempre y cuando no desafiara la autoridad del César. El cristianismo lo entendió bien. En palabras de Jesús, según el Evangelio de San Mateo: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”.

Esa religión pacifista y abierta a quien quisiera abrazarla y pertenecer a través del bautismo muy pronto fue la fuente de millones de asesinatos derivados de problemas de interpretación entre grupos de cristianos. Como lo ha expuesto el profesor Yuval Noah Harari, el imperio romano asesinó a varios miles de cristianos en la época en que sí los persiguió. En contraste, sólo en la Matanza de San Bartolomé, en Francia en 1572, los católicos mataron entre cinco mil y diez mil protestantes, quienes también creían en Cristo, pero con algunos matices.

El cristianismo ya dejó atrás esa violencia sectaria, siempre mezclada con todo tipo de intereses políticos. No así, como sabemos, el islam. Por ello la Iglesia católica puede hoy defender sus valores de paz, amor al prójimo, respeto y humildad con mucha mayor legitimidad que en el pasado. El Papa, que nos visita mañana, aún más, dado que ha mostrado vivir con enorme austeridad y sencillez, a diferencia de los suntuarios estilos de vida de sus antecesores.

Toda visita de un pontífice a un país católico como el nuestro provoca que la clase política intente aprovecharla para su beneficio. Gastar millones en darle la bienvenida al Papa no sólo es un despilfarro, sino de muy mal gusto. También veremos a más de un empresario tratando de comercializar algo vinculado a la visita.

Lo interesante será ver si el papa Francisco se va a limitar a hacer una visita pastoral, acoger a sus feligreses, tratar de fortalecer su fe católica, al mismo tiempo de cumplir en su calidad de jefe de Estado con los protocolos que marca la diplomacia. En su visita a Cuba, en septiembre del año pasado, no hizo mención alguna a la falta de libertad y democracia que se viven en ese país. En México, ¿criticará la pobreza, desigualdad y violencia? ¿Lo hará señalando culpables? Sospecho que esto último no, pero muy pronto lo sabremos.

Twitter: @carloselizondom

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