Lecciones brasileñas

Último día del año. Preparando la fiesta. Quizás también pensando en los retos del año entrante. Los de nuestro país son muchos. La economía sigue creciendo mediocremente y decenas de millones viven en la pobreza. Hay serios problemas de seguridad en muchas zonas del país. El precio del crudo está en el piso y el dólar en niveles muy altos.

En muchos países de Latinoamérica las cosas se están poniendo aún peor. Afortunadamente los gobiernos mexicanos de las últimas dos décadas no cayeron en la moda estatista, reguladora y de finanzas públicas alegres como varios de los países de América Latina, incluidos los dos más grandes, Brasil y Argentina, y el que tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, Venezuela. En México sobraron quienes vendían la promesa de haber encontrado una alternativa de política económica que nos permitiría llegar al desarrollo sin sacrificios molestos, como competir y no gastar más de lo que se tiene.

Las lecciones de Venezuela y Argentina son simples. Los controles de cambios de las monedas, precios congelados, subsidios generosos, etc., son un éxito en el corto plazo, pero terminan en el desastre. Era evidente desde hace años que ambos países se dirigían al precipicio.

En contraste, Brasil se proyectó con mucho éxito como un país con una política alternativa y sustentable para el cual llegar al desarrollo era cuestión de mantener el paso algunos años más. La crisis de 2009 les afectó mucho menos que a México y para el 2010 estaba creciendo más del 10% anual.

Muchos analistas mexicanos se la creyeron. Iban cual profetas explicando cómo México podía llegar al paraíso si seguía las lecciones brasileñas. Fue un mero espejismo, basado en los altos precios de las materias primas, de los cuales Brasil es mucho más dependiente que nosotros. Otros países de la región, igual o más dependientes de la exportación de materias primas que Brasil, como Colombia y Perú, están todavía creciendo. No se dedicaron a perseguir quimeras.

La economía de Brasil cerrará este año con una recesión de casi 4%. El año entrante se espera un decrecimiento ligeramente menor. Su inflación ya rebasó la barrera del 10% y tienen un déficit público mayor al 9% del PIB, una tasa de interés de casi 15% y una devaluación del real de más del 50%. Gobierno, empresas y consumidores están fuertemente endeudados, en los primeros dos casos con una parte de su deuda en dólares. La presidenta Rousseff tiene niveles de aprobación históricamente bajos e incluso está por enfrentar un proceso de destitución.

¿Qué hicieron mal los brasileños? Creyeron que el alza de los precios de las materias primas era permanente y que el crecimiento del que gozaban gracias a ellos reflejaba un cambio en la estructura de la economía. Se dedicaron a echar para atrás las reformas de Cardoso. Cerraron aún más la economía, le dieron a Petrobras el monopolio de los gigantescos yacimientos de petróleo descubiertos debajo de una capa de sal, expandieron velozmente el crédito de la banca de desarrollo, abultaron el gasto público, profundizaron un régimen impositivo que recauda mucho, pero a costa de distorsionar la economía. No aprovecharon el auge para mejorar sus instituciones, salvo en materia anticorrupción.

La fiesta carioca se acabó. Ahora tienen que seguir la odiada receta de siempre. Contraer el gasto público y privado, subir las tasas de interés, abrir la economía. En medio de la crisis política en la que están inmersos, que le puede incluso costar la presidencia a Rousseff, se ve aún más complicado imponer la amarga medicina.

Hay otras lecciones. Una, lo costoso que es tener reelección presidencial. Ésta genera un incentivo para ganar la elección a toda costa, gastando recursos públicos de más.  Además, la reelección está limitada a un periodo, pero se puede regresar después de abandonar el cargo. Un expresidente popular puede estar amenazando con su regreso e impidiendo al presidente en turno gobernar con libertad. Lula se ha mantenido siempre visible como la fuente última de poder en el PT. ¿Se imaginan esto en México?

La segunda, la vicepresidencia puede terminar siendo una fuente de inestabilidad. El vicepresidente, Michel Temer, es hoy uno de los principales impulsores de la destitución de Rousseff. Él se quedaría con el cargo. Como sucedía en la primera mitad del siglo XIX en México.

Brasil tiene, sin embargo, una gran oportunidad. Han desarrollado capacidades institucionales para combatir la corrupción que, pasada la crisis, les puede ayudar a disminuir de forma importante la corrupción. Ésta ha sido un lastre para Brasil y para México.

Nosotros aún no tenemos esas instituciones. Si el Legislativo lograra aprobar unas buenas leyes reglamentarias de la reforma constitucional sobre anticorrupción, el país quedaría mucho mejor encaminado. Éste es mi primer deseo para el Año Nuevo. El segundo, que hayamos aprendido que no hay salida fácil del subdesarrollo.

Temas: