Nos hicimos más pobres
“Un Presidente que devalúa, se devalúa…”, dijo en marzo de 1982 el entonces presidente José López Portillo. Cómo han cambiado los tiempos. El domingo pasado, el presidente Peña Nieto presumió que la devaluación trae sus beneficios, como el hacernos más competitivos en los mercados mundiales. Eso es cierto. La devaluación nos hizo más pobres en términos de lo que nuestro peso puede comprar fuera de México aunque, desde el punto de vista de quienes tienen dólares, aumentó la capacidad de compra de productos y servicios mexicanos.
La devaluación del 17 febrero de 1982, cuando nuestra moneda pasó, en un día, de 26.81 a 37.55 pesos por dólar y que terminó cotizándose en 150 pesos para fines de ese año, es muy distinta a la gradual devaluación del peso que ha perdido hasta el día de hoy más de 20% de su valor desde el 25 de noviembre del año pasado, cuando el dólar valía 13.65 pesos. En 1982 el precio del dólar era una decisión del gobierno federal. Ahora depende del mercado.
También es muy distinta una devaluación en el marco de una economía sobrecalentada, tal como la de 1982, cuando el déficit público casi llegó a 20% del PIB y la inflación terminó el año cerca del 100 por ciento. Sin embargo, hay un origen similar en ambas devaluaciones: la caída en el precio del petróleo y la apreciación del dólar frente al resto de las monedas del mundo, aunque la caída actual del precio del crudo ha sido mucho más pronunciada que en 1982, mientras que las tasas de interés en febrero de 1982 habían aumentado ya mucho. Ahora sólo hay la amenaza de que se incrementarán.
El régimen actual de libre flotación no permite posponer el ajuste externo, por ello la reciente devaluación. Sin embargo, la depreciación no es suficiente para equilibrar las finanzas públicas. Éstas, en los últimos años, han dependido en gran medida de los altos ingresos petroleros y recientemente de un creciente déficit público.
La alternancia mexicana se hizo más tersa gracias a un crecimiento del gasto público financiado por el mayor precio del crudo de la historia. En 2000 el gasto programable, es decir, el que excluye partidas cuyo monto depende de variables que el gobierno no puede programar (como el servicio de la deuda y las participaciones a las entidades federativas) era de 12% como proporción del PIB. De éstos, 10% se destinaba a gasto corriente y el restante 2% a inversión. Para 2014, el gasto programable alcanzaba 20.6% del PIB, del cual 15.5% era gasto corriente y 5.1 de inversión. Son niveles históricamente altos de gasto corriente. En 1982, previo al ajuste de las finanzas públicas de 1983, éste era de 13% del PIB.
Además del mayor precio del crudo y de un ascendente déficit, este gasto público creciente a partir de 2000 fue pagable gracias a tasas de interés históricamente bajas, permitiendo un servicio de la deuda menos oneroso. En 2000, el servicio de la deuda costaba 2.8% del PIB, mientras que en 2014 disminuyó a dos por ciento. Esto a pesar de que la deuda total a finales de 2000 era de poco menos de 20% del PIB, mientras que en 2014 era de casi el doble. Hoy, el servicio de la deuda en dólares es 20% más caro.
A pesar de que la Reforma Fiscal ha logrado incrementar la recaudación, no es suficiente. El país tiene que asumir que una fuente de riqueza del sector público, el petróleo, vale hoy menos que antes. Además, la producción de crudo ha caído casi 13% en lo que va de la actual administración. Pemex tiene que hacer su propio ajuste, ya que esta empresa fue construida a partir de unos generosos yacimientos que están en declive y enfrenta compromisos fiscales y de pensiones que representan un reto mayúsculo.
Es probable que por varios años el precio del crudo mexicano se mantenga en alrededor de 40 dólares por barril o incluso más abajo. El ajuste del gasto deberá ser significativo. En 1981 se pensó que la pequeña caída en el precio del petróleo sería transitoria y se decidió no ajustar el gasto público. Siempre hay algún economista heterodoxo que “demuestra” la posibilidad de evitar lo que a nadie le gusta: el ajuste en el gasto. Esa historia siempre acaba mal. ¿Dónde están ahora los defensores de la heterodoxia fiscal brasileña?
El presidente Peña Nieto tendrá que pagar un cierto costo político por la devaluación sufrida hasta ahora. ¿Qué tanto? Dependerá de su impacto inflacionario. Además, un presidente que gasta menos es un presidente que se desgasta porque todo recorte deja muchos intereses enojados. Con todo, hacerlo es menos costoso ahora que más tarde. El reto es aprovechar el ajuste para gastar mejor. Lo bueno es que hay mucha tela de dónde cortar, tanto en el gasto corriente, donde sobran programas absurdos y empleados que no hacen gran cosa, como en el de inversión, donde hay numerosas obras públicas inútiles.
Twitter: @carloselizondom
