Tirar el voto

El Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) obtuvo 12.6% de los votos en la elección celebrada el pasado 7 de mayo. Ganaron sólo uno de los 650 escaños en el Parlamento. Sus simpatizantes tiraron su voto. No quisieron votar por su segunda preferencia porque desprecian a los otros partidos políticos, con lo cual se quedaron prácticamente sin representación.

Lo mismo van a hacer los electores en nuestro país que voten por un candidato a gobernador o jefe delegacional que, según las encuestas, vaya en un distante tercer lugar o, peor aun, si su intención de voto es por un lejano cuarto o quinto lugar. En la elección a presidente municipal un voto por un segundo o hasta tercer lugar puede permitir una cierta representación en el Cabildo, siempre y cuando éste último no vaya muy rezagado en las encuestas.

Las encuestas, sin embargo, han mostrado que fallan. Ayer salieron publicadas varias. Hoy no puedo dar un sólo dato de éstas. Cualquiera los encuentra en internet, pero violaría la absurda ley electoral que parte del supuesto de que el ciudadano es un menor de edad al que hay que proteger de esa información que lo podría “manipular”. Ni hablar. En todo caso, nunca un distante tercer lugar, de acuerdo a encuestas de casas reconocidas levantadas cerca del día de la elección, se ha llevado el triunfo. Votar por ellos es tirar el voto.

Una parte del electorado lo tiene claro. Por eso en las tres últimas elecciones presidenciales uno de los candidatos se fue rápidamente a un lejano tercer lugar. Cuauhtémoc Cárdenas obtuvo en 2000, 16.6%; en 2006, Roberto Madrazo alcanzó 22.3 y, en 2012, Josefina Vázquez Mota, 25.4. Hay una tendencia a votar por el primero y segundo lugares, una suerte de segunda vuelta anticipada, donde el elector menos ideológico y calculador opta por su segunda preferencia para no tirar su voto.

Sin embargo, siempre hay electores fervientes que tiran su voto. Incluso en estados donde dominan dos partidos veremos en esta elección ganadores que estarán por debajo de la mayoría absoluta, como lo estuvieron Felipe Calderón con su 35.9% y Enrique Peña Nieto con 38.2% en las dos últimas elecciones presidenciales.

Hay votantes que apoyan a partidos sin posibilidad de triunfo, ya sea porque desprecian a las otras opciones, tienen preferencias ideológicas fuertes o están desinformados.

En un régimen de partidos que se está fragmentando, la elección de cargos ejecutivos por mayoría simple llevará a que haya ganadores que queden muy lejos de la mayoría absoluta. En más de una elección local veremos ganadores con menos de 35% de los votos.

El caso de la elección de diputados federales y locales es interesante. Si se vota por un candidato que está en un apartado tercer lugar o aun más abajo, se está tirando el voto en la elección por diputado por mayoría relativa. Sin embargo, ese mismo voto se usa para la contabilidad de los diputados de representación proporcional, plurinominal o de lista. Antes había dos boletas, una para cada uno de los dos tipos de diputados. Así podíamos no tirar nuestro voto en el caso de diputado de mayoría.

El sistema de representación proporcional en el legislativo que elige a los diputados de lista permite a los partidos pequeños tener representación en el Congreso, así como asegurar las prerrogativas, es decir, el dinero que se les da, que les permite sobrevivir y volverse un gran negocio. La última reforma política subió el umbral de dos a tres por ciento para lograr tener diputados y mantener el registro. Es alto, pero los hay peores, como el 5% en Alemania o el 10% en Turquía. 

¡Ojo! a quienes pretenden anular su voto este domingo. Además de las muchas razones que se han esgrimido para mostrar que anular es anularse, los votos nulos se eliminan del conteo para calcular el umbral de 3% que requieren los partidos pequeños. Todo voto anulado que pudiera haberse ido a uno de los partidos que no corre el riesgo de desaparecer, facilita a los partidos pequeños el mantener su registro.

La fórmula para evitar tirar el voto y lograr mayorías claras es la segunda vuelta. De los 19 sistemas presidenciales de América, sólo México, Estados Unidos, Honduras, Paraguay, Panamá y Venezuela no la tienen. En Estados Unidos se eligen todos los cargos por mayoría simple y ha existido un sistema bipartidista que, en general, asegura que el ganador tenga la mayoría absoluta o esté muy cerca de ella.

Nadie quiere gastar aún más dinero en los procesos electorales. Pero hay que estudiar los méritos de una segunda vuelta. Si se llegara a optar por introducirla, ésta deberá tener como punto de partida que las dos elecciones costaran menos de lo que hoy pagamos por una. Suena difícil, pero no lo es: sobra tela de dónde cortar.

Temas: