Dos modelos fallidos
La Reforma Energéticano sólo fortalece a los órganos reguladores existentes, sino que deberá conducir a las dos empresas productivas del Estado, Pemex y CFE, a la contratación de sus funcionarios con base en sus competencias. No hacerlo así sería vulnerar las oportunidades que brinda la propia reforma.
De 1990 a 2014 la economía de Brasil creció 2.56% y la de México 2.83 por ciento. En lo que va de esta década, Brasil ha crecido 2.76% por año y México 3.26 por ciento. En ambos casos, es un desempeño mediocre, aunque los dos países han seguido modelos económicos bastante distintos.
El mexicano ha estado basado en la apertura comercial. Gracias al TLCAN, México ha ido construyendo un sector exportador manufacturero altamente competitivo. Este crecimiento, sin embargo, no ha logrado impactar suficientemente en el resto de la economía, en parte por las restricciones en varios sectores, como el energético, pero sobre todo por tener un gobierno de mala calidad y cada vez más grande. El gasto público total no ha hecho más que crecer. En el 2000 representaba 19.2% del PIB. En 2014 había subido a 26.4 por ciento.
Por el otro lado, Brasil ha desarrollado una economía mucho más cerrada al comercio internacional y tiene un gobierno cada vez más intervencionista en todos los ámbitos, también muy incompetente como el mexicano pero mucho más grande: el gasto público como proporción del PIB representaba en 2000 40.4 por ciento. Con todo, la economía brasileña ha enfrentado menos restricciones que la nuestra en dos sectores: el agrícola y el energético. No existe la figura del ejido ni hay limitación alguna a la extensión de tierras que se puede poseer. En el sector energético ha habido más apertura que en México, aunque éste se fue cerrando y muchas decisiones de Petrobras se fueron politizando. Hoy Petrobras, que se había convertido en una empresa competente y prestigiosa, enfrenta la crisis más grave de su historia al haber sido detectada una gran red de corrupción.
A partir del segundo mandato de Lula, la izquierda mexicana empezó a ver en Brasil una alternativa al odioso modelo neoliberal, por más que en muchos ámbitos la economía brasileña estuviera más abierta que la mexicana. La ilusión se desinfló con la caída en el precio internacional de las materias primas, mercado en el que Brasil tiene su base exportadora. Este año Brasil tendrá una recesión de por lo menos 0.6% del PIB y una inflación de por lo menos ocho por ciento.
Ambos países sufren del mismo problema fundamental: un Estado frágil y corrupto y una democracia cínica y costosa. Como ha argumentado Francis Fukuyama, tuvieron democracias antes de haber construido estados competentes.
Construir un Estado competente es un reto complicado, pero no imposible. México lo ha logrado en algunos ámbitos, como es el caso del Banco de México, el INEGI, y en general los órganos reguladores, y los centros de investigación. La Secretaría de Hacienda también se ha caracterizado por tener una burocracia competente y honesta.
Las reformas estructurales aprobadas recientemente en México pueden ayudar en ese sentido. Uno de sus objetivos es fortalecer algunas instituciones y para ello se hicieron profundas reformas legales. El INE tendrá en las elecciones de este año su prueba de fuego. El nuevo marco legal le da acceso a toda la información bancaria de los partidos y le proporciona instrumentos para sancionar, entre ellos la posibilidad de anular la elección de quien triunfe habiendo gastado 5% más de lo autorizado. En el sector educativo, las reformas introducen la lógica del mérito en la contratación del personal, aunque sólo para los maestros, no para la burocracia de la SEP que los regula. Esperemos que la lógica que hemos observado por parte de la Secretaría de Gobernación de resolver las protestas de la CNTE a través de la otorgación de dinero y de la aceptación íntegra de sus demandas no haya cancelado el objetivo primordial de la reforma.
En este esfuerzo reformista se crearon también nuevos entes reguladores como la Comisión de Competencia, organizada en torno al mérito. La Reforma Energética no sólo fortalece a los órganos reguladores existentes, sino que deberá conducir a las dos empresas productivas del Estado, Pemex y CFE, a la contratación de sus funcionarios con base en sus competencias. No hacerlo así sería vulnerar las oportunidades que brinda la propia reforma. Estas empresas, como el grueso del sector público, tienen además un enorme reto sindical, el cual erosiona sus capacidades administrativas. Ahora bien, el sindicalismo en el sector público siempre ha florecido en la incompetencia y en la corrupción de los administradores. Nadie conoce mejor sus excesos que los trabajadores sindicalizados.
Brasil creyó que el boom de materias primas lo eximía de fortalecer sus instituciones. Peor aun, se dedicó a cargarlas de nuevas responsabilidades. México creyó que con el TLCAN no eran necesarias más reformas. Peor aun, la descentralización del poder abrió el espacio para todo tipo de abusos, desde gobernadores corruptos hasta el desbordamiento del crimen organizado. Ambos países se equivocaron.
Me parece menos difícil construir instituciones para un país más abierto a la competencia interna y externa. Pero para que funcione cualquier modelo se requieren burocracias competentes y honestas capaces de proveer servicios públicos de calidad para sociedades complejas y demandantes. El desafío para Brasil es mayor, dado el mucho mayor tamaño de su gobierno. Para México el reto inmediato es aterrizar bien las reformas hasta ahora aprobadas y concluir satisfactoriamente la agenda anticorrupción. Sin sólidas capacidades burocráticas no será posible aprovechar el potencial de las reformas.
*Profesor investigador del CIDE
Twitter: @carloselizondom
