Los privilegios intocados

No han sido relevanteslas resistencias a las reformas porque algunos de los privilegios que más ofenden a los ciudadanos no han cambiado, como el hacerse rico, que tantos políticos usufructúan, desde la colusión con proveedores y contratistas, hasta al uso de recursos públicos para fines privados.

“…cuando se impulsan cambios profundos, las resistencias vienen de quienes no quieren perder sus privilegios…”. Son palabras de Aurelio Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia. En términos parecidos se ha expresado también el Presidente.

Sin embargo, sólo una de las reformas aprobadas ha llevado a resistencias importantes, la educativa, y sólo entre los maestros afiliados a la CNTE. Estos han logrado evitar la pérdida de sus privilegios. En Guerrero, aprovechando la crisis desatada por la desaparición y el presunto asesinato de 43 normalistas, junto con la crisis de credibilidad del gobierno desencadenada por los descubrimientos sobre la casa de la primera dama, están tratando de ir más lejos: quedarse con el control político de aquel estado. Quieren evitar que haya elecciones, justo cuando sería el momento de saber qué desea la ciudadanía. Prefieren instaurar en todos los municipios del estado consejos populares electos en asambleas a mano alzada donde pueden controlar a los votantes.

El resto de los afectados por las reformas las han aceptado aunque sea a regañadientes y han buscado erosionarlas con amparos y otras estrategias análogas. Los empresarios protestan verbalmente por la Reforma Fiscal, pero no han organizado una resistencia en su contra. Quizá porque en materia de ISR la reforma, si bien ha castigado la inversión y esto puede explicar en parte el bajo crecimiento de 2014, no ha recaudado más. Cuando se resta lo que se dejó de recaudar por el derogado IETU, los datos a noviembre muestran que el sistema ISR recaudó menos que el año anterior. Otros perdedores con las reformas, como los dueños de Telmex y Televisa, han sufrido una caída relevante en sus ingresos, pero no han perdido privilegio alguno.

En la Reforma Energética los perdedores potenciales (administradores de Pemex, trabajadores sindicalizados y contratistas) esperaban que la inercia los protegiera y que el tamaño del pastel se hiciera más grande, dada la llegada de nuevas inversiones. Ahora el sector tendrá que enfrentar, en primera instancia, los costos de la caída en el precio del petróleo más que los de la propia reforma. Incluso ésta se diseñó para que el gobierno, incluido el de los estados, no viera disminuidos sus ingresos (se asumió que no cambiaría el precio del crudo). Las protestas en contra fueron fundamentalmente por razones ideológicas y por ello no tuvieron un impacto significativo.

No han sido relevantes las resistencias a las reformas porque algunos de los privilegios que más ofenden a los ciudadanos no han cambiado, como el hacerse rico, que tantos políticos usufructúan, desde la colusión con proveedores y contratistas, hasta al uso de recursos públicos para fines privados, así como los beneficios por ser un alto funcionario: desde chofer y guardias del gobierno (para ellos la crisis de seguridad es una noticia que proviene de otro mundo) hasta trato preferencial cuando se requiere hacer un trámite. No ha habido ni una señal de austeridad en el gasto público, a pesar de la caída en el precio del petróleo, ni acciones sistemáticas contra la corrupción o contra los conflictos de interés, ni han quitado el amplio fuero del que gozan legisladores y otros cargos de elección popular.

La corrupción fue el pegamento del viejo régimen. En la era panista sólo cambiaron los mecanismos de reparto y las consecuencias del robo. Antes era un instrumento de control político para el jefe máximo. Repartía a los amigos, pero castigaba a los indisciplinados. En los 12 años de gobierno del PAN no cayó ni siquiera un pez mediano, aunque algún corrupto desacatara una petición del Presidente.

Con el regreso del PRI, dominado por uno del Estado de México, el ímpetu reformista se estrelló contra el dique de la corrupción. Hemos celebrado la capacidad de conseguir acuerdos a través del Pacto por México, y las reformas logradas, sobre todo la energética, son muy importantes. Sin embargo, quizás este Pacto fue posible a partir de otro: el del reparto de recursos, como lo atestiguan fondos discrecionales para los legisladores sin rendición de cuentas.

Nuestra clase política parece discípula de Adam Smith. Cree que hay que dejar pasar y dejar hacer. Sobran ejemplos. Para Silvano Aureoles, el precandidato del PRD a la gubernatura de Michoacán y presidente de la Cámara de Diputados, la casa de Angélica Rivera es un asunto privado que no debe ser investigado.

Tiene razón Peña Nieto en su discurso de Año Nuevo: “México no puede seguir igual”. El cambio urgente es la lucha contra la corrupción. Si bien en su mensaje el Presidente dijo tener “el firme compromiso de combatir la corrupción y la impunidad…”, no fue más allá. En su decálogo de noviembre pasado había mencionado la necesidad de un Sistema Nacional Anticorrupción que incluyera la posibilidad de hacer auditorías en el año mismo del ejercicio del gasto. El PRI bloqueó esta parte de la reforma. Ahora el Presidente no promete acción alguna.

No promete, pero pide. En su discurso el mandatario afirma: “Este año que comienza nos exige unidad y generosidad…”. ¿Unidad de la clase política, y generosidad de los ciudadanos, para seguir impávidos frente al reparto de partidas discrecionales y de fondos que desaparecen sin dejar rastro? Ir en serio contra la corrupción es romper con la cómoda unidad en la que vive la clase política. Por supuesto, entonces sí habría muchos afectados que se resistirían a la pérdida de sus privilegios. 

                *Profesor-investigador del CIDE

                elizondoms@yahoo.com.mx

                Twitter: @carloselizondom

Temas: