La cultura de la corrupción

Las normas sociales de cada cultura ayudan a entender quién tiende a violar reglas, como las de tránsito, cuando no hay castigo. Sin embargo, cuando se imponen las sanciones, las conductas se transforman rápidamente, independientemente de la cultura de origen y la mayor parte se porta bien.

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Carlos Elizondo Mayer-Serra 28/08/2014 02:05
La cultura de la corrupción

Hasta noviembre de 2002, el gobierno de la ciudad de Nueva York no cobraba las multas por violar el reglamento de tránsito a los miembros de las delegaciones diplomáticas. A partir de esa fecha, decidió aplicar sanciones. Este cambio le permitió a un par de profesores de Estados Unidos tratar de medir el peso relativo de la cultura y de las instituciones en el cumplimiento de las leyes (http://goo.gl/jIzUR1).

Antes de las sanciones, los diplomáticos con más violaciones provenían de Kuwait, Egipto, Chad y Sudán, con más de 120 multas por funcionario. En el otro extremo, representantes de 21 países, como Reino Unido, Suecia y Turquía no presentaban ni una. México con 4 multas por diplomático se situaba en el lugar 94 de 128 países. La posición en esta lista está correlacionada con los índices de corrupción, aunque México estaba mejor de lo esperado dado nuestro pobre lugar en estos índices, lo cual habla bien de nuestro personal diplomático.

Cuando se empezó a sancionar a los diplomáticos, el número de multas cayó en más de 98% para el conjunto de los países analizados. Las normas sociales de cada cultura ayudan a entender quién tiende a violar reglas, como las de tránsito, cuando no hay castigo. Sin embargo, cuando se imponen las sanciones, las conductas se transforman rápidamente, independientemente de la cultura de origen y la mayor parte se porta bien.

Para un gobernante es cómodo pensar que la cultura es central para explicar la existencia de la corrupción. Así lo cree nuestro Presidente. En sus palabras, a pregunta de León Krauze la semana pasada en entrevista de televisión: “Yo sí creo que hay un tema cultural lamentablemente, que ha provocado corrupción en todos los ámbitos…”.

Sin embargo, como le respondió León Krauze al presidente Peña Nieto, los migrantes mexicanos que viven en Estados Unidos suelen respetar las leyes, pagar impuestos y no tirar basura. Saben que violar las leyes tiene un costo. Lo mismo, aunque en el sentido inverso, sucedió en Nueva York con diplomáticos que provenían de países no corruptos. En el periodo en el que no hubo sanciones al reglamento de tránsito, aquellos diplomáticos que pasaban más tiempo en Nueva York tendían a violar más este reglamento.

Incluso si se creyera que la razón central detrás de la violación de las leyes son normas sociales permisivas propias de una cultura corrupta, un gobernante preocupado por modificar esas normas puede hacer mucho para cambiarlas. Tal es el caso de Antanas Mockus, exalcalde de Bogotá, quien logró mejorar la cultura cívica de sus gobernados a partir de pedagógicas intervenciones públicas. La educación más importante no es la de las aulas. Es la que observamos en la práctica, validando o no lo que aprendimos en la escuela.

Un Presidente que cree y afirma en público que la corrupción es fundamentalmente un problema cultural manda una alarmante señal: no hay mucho que hacer para cambiarlo. Peor aún: parece estar diciendo que no va siquiera a intentar hacer gran cosa en materia de corrupción, dado que modificar la cultura no es algo que se pueda hacer en un sexenio. Hay que esperar a que tenga impacto la Reforma Educativa.

Sin embargo, aunque la clave estuviera en la educación, y aunque realmente hubiera una profunda reforma en este ámbito, ésta no tendría éxito en transformar normas sociales si no es validada en la práctica con sanciones a quienes violan las leyes. Si todo fuera el tener buenas clases de civismo sería fácil construir países no corruptos.

Si de verdad la corrupción fuera sólo un problema cultural no tendría mucho sentido andar presumiendo la nueva división de la Policía Federal presentada la semana pasada, a la cual la llamaron Gendarmería para cumplir con un compromiso del candidato Peña Nieto. Muy pronto terminará, dada nuestra cultura, corrupta.

Así como el gobierno parece creer que hace sentido luchar contra la corrupción construyendo una nueva división de la Policía Federal, hay gobiernos en países históricamente corruptos que han decidido enfrentar este flagelo. El presidente chino Xi Jinpig ha emprendido una cruzada contra la corrupción, aunque, como todo en China, con poca transparencia. La señal más evidente y no vista antes es acusar a Zhou Yongkang, quien hasta 2012 era uno de los hombres más poderosos de China, por “serias violaciones de la disciplina del partido” lo cual, en chino, significa corrupción.

El presidente Peña Nieto, a pregunta de Denise Maerker en ese mismo programa, afirmó: “… la corrupción no sólo viene del orden público, sino viene del orden público muchas de las veces, y otra de las veces alimentado desde el orden privado”. Tiene razón.  Tenemos una sociedad muy corrupta y empresas que pagan muchos sobornos. Pero quien puede y debe revertir eso sancionando a los corruptos, ya sea de la sociedad o del propio gobierno, es la autoridad. El Presidente la encabeza y está obligado a liderar ese esfuerzo.

Si aceptamos que la corrupción es cultural, habría que aceptar que la modernización del país no es posible en el corto plazo. Estamos como estamos porque así somos. No hay para qué hacer reformas. Si el gobierno, escudado en la consideración de que se trata de un fenómeno cultural, es tolerante con la corrupción, corre el enorme riesgo de fracasar en la transformación del país, la cual es, en principio, ahora posible gracias a las reformas recién aprobadas.

                *Profesor-investigador del CIDE

                elizondoms@yahoo.com.mx

                Twitter: @carloselizondom

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