Un mundo mejor

Probablemente nuestro final inquisidor siempre ha sido y será la ignorancia.

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Anna Bolena Meléndez 05/09/2014 00:00
Un mundo mejor

Vivimos en un mundo que pareciera no tener arreglo, sin embargo cada generación que pasa intenta hacer algo para convertirlo en eso que probablemente a nadie nos toque ver: un mundo mejor.

Con ese oscuro panorama como parangón, las esperanzas son lo último que perderemos, pues mientras unos pocos se hacen desorbitantemente millonarios otros intentamos, muy a nuestra forma, limpiar las huellas que su sed por billetitos ocasiona.

Aún así, nuestra ignorancia es tan profunda que, con toda la mejor intención de nuestro ser, seguimos cayendo en ese ciclo nocivo para el mundo; tanto para la humanidad como para el planeta.

Y brincamos de la emoción cuando sale una botella de plástico con nuestro nombre, pero no caemos en la cuenta de que esa botella bien puede ser uno de los íconos más fuertes que representa todo lo que está mal en el mundo: Monsanto, maíz transgénico, petróleo, dióxido de carbono, diabetes.

Nos jalamos los pelos de la felicidad si es que los monstruos de la moda llegan al centro comercial: Gap, H&M, Adidas, Puma, Zara… y cuántas carteras sacamos a la calle tras haber pagado miles de pesos mal repartidos. Todo con la bella sonrisa de la ignorancia que no nos habla sobre las trabajadoras camboyanas y la miserable vida que llevan para nosotras poder comprar ropa desechable que a “buenos precios” nos permitan cambiar el armario cada temporada y seguir apoyando la esclavitud del siglo XXI: la moda, en toda la extensión de la frase.

No miramos ni leemos etiquetas, nos queremos ahorrar hasta el último centavo, siendo que entre más ahorramos, más apoyamos esas grandes industrias que contaminan el mundo: humanidad y planeta, parejo.

Vivimos en nuestra burbuja rosa en la que creemos que levantar una lata de basura del piso es la gran obra del día, “ya ayudé” pensamos muy orgullosos mientras abrimos la puerta de nuestra casa perfecta en donde nos espera comida en el refrigerador y un par de pantuflas de JC Penney hechas en Camboya.

Cómo ha cambiado el mundo, no, ¡cómo lo hemos cambiado! Mientras nuestras abuelas vivían en un planeta de lo perdurable, en pocas generaciones lo volvimos en el planeta de lo desechable. Hasta la vida es desechable.

Y me duele porque son tantas las cosas que hay que cambiar y parecieran ser tan difíciles, pues en este mundo acelerado ya no hay tiempo ni para leer qué carajos trae eso que te estás metiendo a la boca.

El peor enemigo y probablemente nuestro final inquisidor siempre ha sido y será la ignorancia. Ignorancia atrevida que se alimenta del ego y su incapacidad de aceptarla.

Nuestros hábitos y costumbres han sido programados por unas cuantas industrias que nos dominan con su droga de diseño: el consumismo. Y nosotros, cual rebaño obediente caemos en sus redes y gastamos el dinero que con  esfuerzo nos ganamos en pagar cosas que no necesitamos y que sostienen nuestra propia desgracia.

Qué pena por este mundo qué quién sabe cuándo va a ser mejor.

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