El día más feliz de tu vida

Mis tres bodas fueron momentos inmensamente felices.

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Anna Bolena Meléndez 06/05/2014 00:07
El día más feliz de tu vida

Muchas mujeres catalogan su boda como el día más feliz de su vida, luego, se divorcian al poco tiempo.

Vivimos en un mundo en el que casarse ya está sobrevalorado. Lo digo con el menos cinismo posible, soy una eterna enamorada y cuando encontré, por fin, al amor de mi vida, nos casamos tres veces.

Sin embargo, confieso que por momentos —muchos— pensé que no me casaría. Lo consideré, lo mastiqué, intenté digerirlo y una vez ya no sabía ácido comprendí que tenía que encontrar otros días en mi vida que fueran tan o más felices y no depender de ese único día para convertirlo en el más feliz de mi vida.

¿Fue el día de mi boda el más feliz de mi vida? Les podría mentir y contestar ¡si! Sin pensarlo, pero la realidad es que no lo sé. No lo sé no porque no hayan sido taaaaan felices como lo fueron —mis tres bodas— sino porque he coleccionado durante mi vida muuuuuuchos momentos muuuuuuy felices, no me siento justa en desmenuzar y comparar momentos que nada tienen que ver uno con el otro.

Mis tres bodas fueron momentos inmensamente felices, tanto que hasta tengo lagunas de memoria y los atesoro más como flashazos que como historias al hilo. ¿Pero fueron esos tres momentos los tres más felices de mi vida? No lo sé. No quiero pensarlo, de hecho no importa.

El problema es que por eso hay tantos matrimonios solubles, porque ninguna mujer se quiere perder ese día “más feliz de su vida” aunque no sea con el hombre que más feliz la haga, sino con el que se animó a darle un anillo. Entonces la boda se convierte en la vitrina de la gente a su alrededor. En ese momento en el que hay que demostrar al mundo cuánta lana tienes y cuánta lana tiene el hombre con el que te vas a casar. Si, suena patético.

Ahí van muchas, con su anillo de piedra gigante que no pueden ponerse porque donde salgan con eso a la calle les mochan la mano. Un anillo que cuesta ocho veces el sueldo del pobre futuro marido que más que buscar un anillo, buscó engarzarle, a su prometida, un estatus social.

Luego llega la compra del vestido. El vestido más caro de la historia para el día más feliz de tu vida. La industria se saborea los bigotes y vemos a todas estas novias desesperadas en las tiendas más sobrevaluadas, comprando shantú de seda barato como si fuera tejido, hilo por hilo, por manos egipcias de vírgenes presacrificio.

Con lo que compran un vestido podrían mantener a una familia de ocho durante varios meses. Aún así, todo “vale la pena” porque ese promete ser el día más feliz de tu vida.

Cada una de las cosas que se escogen en esos preparativos tienen el mismo fin: ofrecer una sublime fiesta a un mundo de personas que no están ahí porque sea el día más feliz de tu vida, sino por la comida. Quién no ha ido a una boda en la que escasamente conoce a los novios; qué digo escasamente, ¡nulamente!

Y así asiste uno a muchas bodas, un tanto por compromiso, otro tanto porque no hay de otra, a cumplir con todo un protocolo de tacones y vestidos largos para festejar el amor de un par que no alcanza ni a terminar de abrir los regalos cuando ya están formados en las filas del divorcio exprés. Ahora, como dicen que el segundo es el bueno, pues en una de esas se están casando por primera vez para acelerar el trámite y caer rapidito en la estadística.

Cuántas novias vemos desfilar al son de la marcha nupcial, sonriendo y con lágrimas en los ojos, forzando ese momento a que cumpla sus expectativas y sea el día más feliz de su vida. Muchas se olvidan que la boda es el día que debes festejar que viene una tonelada de días felices de su vida, y no limitar tu felicidad con ese hombre, a tan sólo un día.

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