Reciclando la vida

En honor al tiempo y el espacio, reciclé mis bienes y me quedé sólo con lo que utilizo.

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Anna Bolena Meléndez 11/04/2014 00:00
Reciclando la vida

En esta vida no queda de otra más que reciclarse, reinventarse una y otra vez hasta lograr ser la mejor versión posible de uno mismo.

Dicen que cuando terminas una relación duradera, hasta cambiar de look es bueno, y justamente allí es cuando comienza uno su labor de reciclaje espiritual. Pero no se necesita terminar una relación; con terminar un ciclo es suficiente.

Las mudanzas de casa son el mejor ejemplo. Irte de un lugar a otro es el escenario perfecto para renovarse y convertirlo en un ritual digno de sanación interna. Desde el momento en que escoges el lugar adonde te irás comienzas con ese proceso que termina siendo más benéfico de lo que se imagina.

Tirar todo lo que no necesitas, lo que no usas, donar a personas con necesidades, acabar con esa comida de la despensa que lleva ahí mil años y que, con desfachatez, pasas por encima los ojos argumentando que no tienes nada de comer en casa.

Es en las mudanzas que te das cuenta de que la despensa no estaba completamente vacía y de que tienes muuuuucha más ropa de la que necesitas, aunque te hayas referido una y mil veces como: “Es que no tengo nada que ponerme”.

Por eso las mudanzas resultan sanadoras, porque logras ver con lujo de detalle la cantidad de cosas que tienes y lo poco que las usas. Comprendes que puedes vivir con muy poco pero no logras amarrar al cavernícola que traes dentro y eso te obliga a coleccionar un montón de objetos que sólo ves cuando te mudas.

Así, nos deshacemos de una pila de basura que no nos dimos cuenta en qué momento acumulamos. Polvo que se amontonó entre cosas y cosas que con la mano en la cintura nos atrevemos a llevarnos para, nuevamente, no usarlas jamás.

Ropa que guardamos por significados emocionales sin sentido, zapatos que nunca nos ponemos ni en la bendita ocasión especial para la que los guardamos, abrigos que apestan a humedad y que no usamos porque “apesta a humedad, tengo que llevarlo a la tintorería” y así pasa nuevamente el tiempo y no lo llevamos a lavar.

Muñecos de peluche entre bolsas de plástico, papeles a los que nunca recurrimos, llaves que no sabemos qué puertas abren, frascos a medio acabar, residuos de perfumes en botellas gigantes de cristal, maquillaje fosilizado, lápices sin punta y sacapuntas desafilados.

Toallas de Mickey Mouse que jamás utilizamos, accesorios que no nos ponemos, latas que no nos comemos, carpetitas bordadas por la abuela que no van con el estilo de la casa, tantos cojines que ya ni nos caben, un millón de chunches en el cajón de la cocina en el que ya no sabes ni qué guardar.

Así, abrí mi gran bolsa de basura y me deshice de cuanta cosa guardaba por puro significado emocional. Regalé a quienes les hacía más provecho, reciclé mi energía, boté papeles que nunca revisé e hice como si todo lo que en un año no había ni visto, simplemente no existiera.

En esa limpieza se fueron fotos de amistades añejas, cartas que no recuerdo haber leído, recuerditos de viajes que prefiero en mi memoria, zapatos incómodos, pantalones para cuando bajara nuevamente de peso, libros que ya leí y me resultaron una pérdida de tiempo.

Y en honor al tiempo y el espacio, reciclé mis bienes y me quedé únicamente con lo que utilizo, me gusta y me sirve. Lo mismo hice desde adentro, cuando comprendí que al tirar a la basura significados emocionales no quería decir que mis recuerdos se fueran con ellos.

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