Reflexiones cumpleañeras

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Anna Bolena Meléndez 14/03/2014 00:00
Reflexiones cumpleañeras

Cuando eres pequeño, solamente quieres cumplir años para festejar con una gran fiesta con tus amiguitos que te llenen de regalos y canten Las Mañanitas alrededor de un pastel con el que más tarde te empaches. Ese es el significado de tener un año más de vida cuando la década todavía no llega.

Poco a poco pasa el tiempo, y aunque parezca de a pocos, la verdad es que se pasa más rápido de lo que uno quisiera. Bella vida que debería durar para siempre y que se nos va pasando en un suspirar. Y es cuando uno se da cuenta de eso, que los cumpleaños van tomando otro significado.

Para mí, cumplir años nunca dejará de ser una fecha para festejar, aunque conforme pasan los cumpleaños, la celebración tome diferentes tonalidades. Antes eran discotecas y botellas de licor y ahora son lugares en donde pueda platicar a gusto con mi esposo y un grupo reducido de amigos que el pasar de los cumpleaños me dejó.

Cumplir años es siempre motivo para dar gracias por los regalos que la vida le hace a uno: un buen amor, una casa llena de buena energía, una madre amorosa y madre hasta el tuétano, y un padre sabio y sentimental (también hasta el tuétano). Una familia que, aunque esté igual de loca que todas las familias del mundo, es la mía y con ella me quedo sobre todas.  Hoy tengo mucho qué agradecer, tengo muchas bendiciones que acoger y muchas bellas palabras que ponen una estrellita de luz en mi entorno espiritual.

Hoy doy gracias porque entendí que los regalos que no se compran son los más valiosos, porque me quedo con el amor de los que me rodean y con sus hermosos deseos de que permanezca en mí esa luz que me llena de vida todos los días y me da tanta y tanta felicidad.

Cumplo 33 años y no me da pena decirlo, mucho menos me restaría ni uno solo, porque los he vivido con tanta intensidad y dando pasos tan firmes, que no borraría ni uno solo de mi vida.

Todos han sido importantes, desde el primer año de mi vida, en donde aprendí las cosas fundamentales, hasta cuando me convertí en niña y comencé este incesante camino de buscar mi autonomía, mi libertad de espíritu que hoy atesoro y que es la gran joya que he pulido con dedicación y dolores de cabeza, durante estos 33 ciclos de volver a empezar.

La adolescencia me llegó llena de preguntas y rebeldía y tampoco me atrevería a robarle un solo año a esos años de nube existencial. Creía que todo lo sabía, que mis padres no eran más que un par de anticuados y que mis profesores no sabían de lo que hablaban. Creía que mis amigos durarían para siempre, que la vida era más sencilla y que el amor llegaría sin mayor pena ni gloria. ¡Qué equivocada estaba! Pero estar equivocada es lo único que me llevó a darme cuenta de mis errores.

En mi joven adultez me topé con que entregar el corazón siempre fue valioso, no importó si me lo rompían, o si se burlaban de mis sentimientos genuinos, nunca fui capaz de negárselo a un buen amor, aunque fuera pasajero. De eso me quedo con una bella amalgama de sentimientos y emociones que maduraron a mi corazón para, por fin entregarlo a manera de diamante, a quien se comprometió conmigo a tomar mi mano y caminar juntos para siempre. No borraría ninguno de estos años jamás.

Ahora, a mis 33 años, entiendo el amor de mis padres, atesoro su sabiduría y aunque mi rebeldía sigue vigente y espontánea, sé callar para escuchar lo que sus propios años me quieren transmitir.

Ahora escucho esa loba ancestral mostrándome el camino de mi propia sabiduría, que deja ver su cara poco a poco, conforme me voy convirtiendo en más mujer.

Por eso, ni un solo año, jamás, negaré.

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