Crónica de un asesinato anual

Los japoneses matan a cientos de delfines con el fin de cazarlos.

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Anna Bolena Meléndez 24/01/2014 01:29
Crónica de un asesinato anual

Cada año, los japoneses asesinan a cientos de delfines con el fin de cazarlos para obtener su carne (carne retacada de mercurio y casi un veneno para el ser humano) y los ejemplares más bellos para venderlos en acuarios alrededor del mundo que pagan más de 200 mil dólares con tal de atraer más turistas inconscientes con deseos de nadar con estos inteligentes mamíferos.

Me gustaría poder mantener este tono neutral con el que comienzo este escrito, pero no puedo evitar que la rabia, la impotencia y el asco por seres de mi misma especie, se me escape por los poros, se enrede entre mis letras y me obligue a golpear fuertemente este teclado al que quiero acabar como si fueran las cabezas de los mismos japoneses que, en este momento, clavan cuchillos fríamente en los cuerpos de nuestros pacíficos hermanos delfines.

“Cultura”, “costumbre”, así llaman ellos a lo que les parece completamente normal mientras el mundo entero demuestra, por todos los medios posibles, su repudio. Repudio por la forma asquerosa en que estos pobres animales mueren, repudio por la insensatez con la que separan a una cría de su madre solamente para que nosotros, humanos antropocentristas y enfermos, podamos satisfacer nuestros más obscenos estándares de diversión.

Y qué más podemos esperar de estos seres excéntricos llamados humanos, que por un lado califican como costumbre el asesinar a sangre fría cientos de animales inocentes y por otro lado catalogan de arte el asesinato humillante de un toro mientras beben como cosacos y se encubren en argumentos aprendidos mas no articulados.

Qué podemos esperar de una especie que se hace de la vista gorda a la hora de comerse un gran filete de carne de res y olvida que cada que paga por dicho filete apoya y se hace cómplice de una industria que asesina, maltrata y abusa de los animales como si fueran nuestros para tratarlos como queramos, para atragantarnos con su carne, para vestirnos con su piel, para experimentar en sus ojos y así los nuestros no se arruinen. ¿Qué más podemos esperar de nosotros como especie?

Ahora, cientos de delfines han sido retirados de su hábitat para que los acuarios puedan vanagloriarse de salvar de la muerte a dichos ejemplares y ofrecer un rato de felicidad a familias ignorantes que pagan cientos de dólares para que su niño consentido pueda nadar con un delfín albino de quien su madre fue brutalmente asesinada para poder retirar su cría.

Y quién califica qué vida vale más, si la de estos cientos de delfines que cayeron en la trampa de estas escorias humanas o la de miles de reses ultrajadas y abusadas o la de miles de cerdos que son criados en pequeñas jaulas para que nosotros nos podamos comer una “rica” hamburguesa metida en una cajita que contiene todo menos felicidad.

Nuestro mundo está patas para arriba, todo porque a los seres humanos nos falta un poco más de bestialidad, nos falta ser un poco más animales y menos humanos. Porque el ser humano perdió su inicial acepción en el momento en que nos creímos dueños de este planeta para acabar con él a nuestro bendito antojo.

¡Eso! ¡Sigamos! ¡Así vamos bien! Cada día que pasa las autoridades competentes haciéndose los sordos ante las miles de voces que queremos ser humanos, que queremos regresar a ser un mundo justo para todos, en donde el arte sea danza y belleza, no muerte y humillación. En donde las costumbres sean fotografías de los valores familiares y no el brutal asesinato de inocentes, en donde la cultura se encuentre en los libros, en las mentes de quienes nos hacen ser quienes somos y no detrás de actos barbáricos que le continúan poniendo el pie a la sabia evolución de nuestra civilización mundial.

Sufro por nuestra especie, porque aunque somos muchos los que queremos un mundo mejor, los pocos que aún siguen divagando en la ignorancia y en la oscuridad de la insensibilidad, tienden a ser los que tienen la última palabra.

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