Partamos de la realidad: ¿Qué tan débiles somos, y por qué?

Trump nos trata así porque sabe de nuestras debilidades y desunión,
de nuestra corrupción y carencia de un patriotismo auténtico.

Cada día se acumulan nuevas muestras de ese patrioterismo acedo e hipócrita, que seduce y embruja. No pocas declaraciones grandilocuentes y soflamas (Expresión artificiosa con que alguien intenta engañar o chasquear) hemos escuchado estos días, de quienes en busca de reflectores ponen el pecho para que en él se estrellen las balas imperiales.

Políticos de todos los partidos, gobernantes, funcionarios o legisladores nos dejan saber que están prestos a dar la vida por la patria amenazada. Esperan, en el colmo de la ingenuidad, que tomemos por sinceros sus pronunciamientos, y olvidemos sus carreras políticas durante las cuales, al amparo de los puestos ocupados, han amasado fortunas de montos ofensivos.

Jamás se han preocupado por la suerte de este sufrido país; tampoco mostrado interés genuino en contribuir a su modernización, menos a combatir las formas que ha adoptado la corrupción que corroe los cimientos, de las débiles estructuras que apenas sostienen a México.

Hoy, el pretexto para mostrarse patriotas y nuevos héroes es la situación creada como consecuencia de los modos de hacer política, de quien fue elegido por los ciudadanos de Estados Unidos como su Presidente.

Sin embargo, en esta euforia patriótica de nuevo cuño, la cual casi nos aplasta, olvidamos lo fundamental: ¿Qué tan débiles somos, y por qué? Porque, si de enfrentar la amenaza de fuerzas externas que quieren invadirnos y subyugarnos, hay que hacer un recuento objetivo de nuestras fortalezas, y de las correspondientes debilidades. Veamos pues las fortalezas: ¿Podría detallarlas usted? ¿En qué basaríamos nuestras fortalezas, para enfrentar a un enemigo externo como el que hoy dibujamos?

¿Se atrevería usted a afirmar que la mayor de nuestras fortalezas es la unidad férrea y consciente de nosotros los mexicanos? ¿En verdad se atrevería a expresar eso? De atreverse, ¿cuál piensa sería la reacción de los oyentes? ¿Le aplaudirían convencidos de la justeza de sus palabras? Por el contrario, ¿qué pensaría usted si le dijeren sus contertulios, ¡ya, Compadre! ¡Estamos chupando en paz!?

¿Tiene idea usted del nombre, del que nos convocaría a unirnos para enfrentar la amenaza que nos dicen representa Donald Trump? ¿En verdad piensa que lo seguiríamos como uno solo, listos y dispuestos a entregar la vida, en aras de salvar a la patria? ¿Dónde están esos mexicanos? ¿Dónde están esas personas dispuestas a darlo todo por México? ¿A cuántos conoce usted, que en verdad poseen una visión así?

Hemos caído en un juego perverso donde, en aras de enfrentar una amenaza externa, dejamos de lado una realidad que ofende, lastima y corrompe, y sobre todo, que nos ha debilitado a tal grado que cualquier amenaza —por pequeña que fuere—, sería capaz de acabar con nosotros. La peor y más efectiva de las amenazas no es Donald Trump y sus modos cavernarios de hacer política, sino lo que somos, y cómo somos.

¿Por qué no se pregunta por qué Donald Trump no trata a Alemania y a la Sra. Merkel como nos trata a nosotros? ¿Por qué no ofende a Xi Jinping y a la República Popular China, como ofende a México y los mexicanos?

Como usted sabe, No hay borracho que coma lumbre, y bien sabe el Diablo a quién se le aparece. Es decir, nos trata así, porque sabe de nuestras debilidades y desunión, de nuestra corrupción y carencia de un patriotismo auténtico.

No nos engañemos, ni permitamos que nos engañen; somos patrioteros, no patriotas. Por eso nos trata así.

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