¿Por qué no aprendemos algo del ingeniero Slim?

El uno y el otro saben que llevar los agravios y dichos expresados al calor de una contienda electoral más allá de ella únicamente genera pérdidas. 

La noticia no debe haber caído bien a muchos; entre éstos, no a pocos funcionarios. ¿Cómo que se reunió con Donald Trump, el nuevo Chupacabras? ¿Cómo se atrevió a llegar a tanto? ¿Quién se cree que es? ¿El Presidente de México, o secretario de Relaciones Exteriores? ¿O cuando menos, secretario de Economía?

No señores; ni una cosa ni la otra; el que cenó con Donald Trump y compartió una cena calificada como lo máximo por su anfitrión –que calificó a su invitado como un personaje maravilloso– es, ni más ni menos, que un hombre de negocios; una persona que sabe del valor de la negociación que entiende que tiempos traen tiempos. El uno y el otro, anfitrión e invitado, saben, cada uno en su espacio, que llevar los agravios y dichos expresados al calor de una contienda electoral más allá de ella, únicamente genera pérdidas en todos sentidos.

Ambos entienden, hombres curtidos en las negociaciones, cada uno de acuerdo con sus formas y visión de los negocios, que una vez que el veredicto o el resultado de la negociación está ahí –no para ser cuestionado sino aceptado–, hay que pasar a la siguiente etapa. Y eso hicieron ambos.

Hoy, con la reunión entre Trump y Slim –así, sin título alguno en ambos casos–, hemos recibido una lección imperdible la cual, empezando por el mismísimo Presidente de la República, y pasando por esos remedos de legisladores piñateros y payasos con su sudadera de la derrotada, habría que aprovecharla al máximo.

La realidad de la interdependencia entre México y Estados Unidos ahí está y estará con sus claroscuros; con lo bueno y lo malo y también, ¿por qué negarlo?, con lo mejor y lo peor de ambos países y sociedades. Sin embargo, una gobernación responsable debe dejar de lado las actitudes casi infantiles de niños berrinchudos, la cual hemos exhibido desde este 8 de noviembre; también, la demagogia de tanto funcionario incapaz, y temeroso de decir lo que piensa.

Un principio básico en esto de las relaciones entre países, gobiernos y quienes los encabezan, es no subestimar jamás al de enfrente. El hecho de que Donald Trump sea hoy Presidente electo de Estados Unidos nos dice que no es una persona como aquí lo han pintado nuestros políticamente correctos. De la misma manera, el que Enrique Peña Nieto sea hoy Presidente de la República también dice mucho de su capacidad política. Hoy, el uno y el otro reconocen ese hecho, el cual también es referente obligado –y guía en su cena– del ingeniero Slim.

Es hora de dejar atrás los adjetivos lanzados por los Krauze, los Pardinas y los cientos de sedicentes intelectuales y analistas que, más parecen jovencitos —a pesar de su edad—, que le lanzan al que les ganó la novia, toda su amargura y frustración.

Otra etapa comienza para México, y para nuestra relación con Estados Unidos y su gobierno; una, donde los viejos clichés que nos son propios desde fines del Siglo XIX —que jamás nos hemos atrevido a entender que debemos dejar atrás—, deben ceder el espacio a una nueva visión de la actual realidad de la relación con aquel país.

Nuevos tiempos deben traer también—verdad de Perogrullo, no por ello menos válida en los tiempos que corren—, nuevas cartas en la baraja. ¿Podrá con el nuevo paquete la actual Secretaría de Relaciones? ¿Acaso el destructor de las finanzas públicas, Videgaray, se contentaría sólo con ser el secretario de Relaciones Exteriores? ¿Y qué decir del oscuro secretario de Economía?

¡Por favor Señor Presidente, baraja nueva!

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