¿Cómo defender el libre comercio? ¿Siguiendo a los chinos?

Es hora de innovar y atrevernos, no de uncirnos (atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias) a la carreta de los autócratas chinos. Trump pasará y mañana, México y Estados Unidos ahí seguiremos.

De ser así, ¿tan bajo habríamos caído? ¿No sentiremos pena cuando nos unamos a otros países, cuyos gobernantes se han entregado a los autócratas chinos, seducidos por los miles de millones de dólares que aquéllos les han entregado, a cambio de malbaratar sus materias primas?

¿Así defenderemos nuestra participación en la globalidad? ¿Así nuestro derecho a seguir participando, activa y decididamente en los espacios de libertad económica, que decenas de países hemos construido durante decenios?

¿Tan bajo caímos, que necesitamos del apoyo y defensa de quien hoy se ve a sí mismo como emperador, heredero de las peores artes dictatoriales de Mao Tse-tung?

¿Lo sucedido hace unos días en Perú, al manifestar Xi Jinping su oportunismo con su defensa del libre comercio ante el embate proteccionista y aislacionista de Donald Trump, es razón suficiente para seguirlo y comer de su mano? ¿Ésa es nuestra verdadera vocación: ir siempre atrás de los demás?

¿Así defenderemos el intento más acabado de once países, de asociarse para enfrentar las prácticas desleales y corruptas de los gobernantes chinos, y de su ambición hegemónica? ¿Acaso sin Estados Unidos no podrían, esos once países, construir un bloque que defienda, promueva y fortalezca el libre comercio, y haga ver a los autócratas chinos que hay la firme decisión de enfrentarlos? 

¿O son nuestros funcionarios y quien gobierna, tan limitados que no se dan cuenta de la verdadera catadura e intenciones de los gobernantes chinos? ¿Acaso en Relaciones Exteriores desconocen lo que han hecho en África y en América Latina?

La apertura económica que debimos haber hecho en 1987, y la entrada en vigor del TLCAN en 1994 explican, en buena parte, los avances estructurales —por limitados que sean—, concretados desde ese año. El altísimo precio pagado por decenios de políticas públicas erradas, y por la visión caduca de ver el gasto público como la medicina que cura todo mal, es algo que no debemos echar por la borda.  Los retos a enfrentar y superar no se comparan con lo visto y padecido en los decenios recientes, de los años setenta a la fecha. La Era Trump vendría a representar hoy la oportunidad para concretar reformas olvidadas o dejadas de lado: campo, mercados laborales, modernización real y efectiva de la educación pública, reducción de la burocracia y eliminación de miles de trámites absurdos que sólo detienen, retrasan o encarecen las inversiones, y estimulan el enriquecimiento de funcionarios y sus cómplices.

Aprovechemos los cambios que propondrá Trump para simplificar y poner al día su sistema tributario, y hagamos aquí lo mismo. Aprovechemos la oportunidad de su gobernación, para abrir lo que aún está cerrado de nuestra economía, y hagámonos verdaderamente atractivos para la inversión.

Vayamos más allá de la simplificación y reducción del aparato burocrático, y combatamos de manera efectiva la delincuencia —sean quienes sean los delincuentes, y cometan los delitos que fueren—, para que las amenazas de Donald Trump y los suyos se vuelvan irrelevantes. Dejemos ya de insultar al Presidente electo Trump, y analicemos la situación con objetividad. No hagamos caso a tanto sedicente especialista que sólo alcanza a señalar, con voz grave, ¡es un fascista!

Es hora de innovar y atrevernos, no de uncirnos (atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias) a la carreta de los autócratas chinos. Trump pasará y mañana, México y Estados Unidos ahí seguiremos.

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