¿Seguiremos, por siempre, viéndonos el ombligo? Así parece.
Más bien me inclinaría a pensar que el cambio que se ve, casi inevitable, va en la dirección contraria.
Una de las predicciones más comunes que solían hacerse —allá por los primeros meses de la apertura de nuestra economía, a fines del año 1987—, era la que afirmaba, exudaban optimismo los dicentes, que en pocos años la visión de los mexicanos sufriría un cambio radical, casi un giro de 180°.
De ser en ese año, un país donde la casi totalidad de sus habitantes éramos adoradores de nuestro ombligo —pues no teníamos el menor interés en ver otra cosa que no fuera eso—, pronto íbamos a estar observando y estudiando otros países y su economía; otras sociedades y su historia y cultura y sus andamiajes jurídicos para, guardando las obligadas consideraciones como consecuencia de nuestras especificidades y diferencias con aquéllos, nos modernizaríamos en casi todos sentidos, ¡en un corto tiempo!
Hoy, casi treinta años después, ¿podemos afirmar que nos modernizamos? Si la pregunta se circunscribe a las nuevas reglas bajo las cuales hacemos negocios con el exterior, sin duda lo hemos hecho. Sin embargo, si nos fuéremos a la mentalidad o si lo prefiere, a la visión del mundo y el desarrollo que nos guían y marcan opiniones y posiciones, así como en todo lo que se refiere a nuestra institucionalidad, me atrevería a afirmar hoy, que muy poca modernización hemos concretado o para usar otro verbo, diría que poco es lo que hemos cambiado.
Por otra parte, si esta inmovilidad mental para no llamarla ideológica, la encontráremos hoy, sólo en los mayores de 50 años, las cosas no estarían tan mal porque, las nuevas generaciones verían el mundo de otra manera. Lo considerarían un espacio económico donde, las reglas están determinadas por la libertad individual, la creatividad y la capacidad de innovación.
Sin embargo, al observar con detenimiento las conductas y visiones de nuestros jóvenes y sus aspiraciones, no podemos menos que estar preocupados por su futuro, y por el del país mismo.
Aquella visión endógena que nos hacía vernos permanentemente el ombligo sin ver el resto de nuestro cuerpo, lejos de haber desaparecido en las nuevas generaciones, está más arraigadas que en la época de la economía cerrada y el dorado autoritarismo.
Uno habría esperado, casi treinta años después, que nuestros jóvenes fueren capaces de integrarse exitosamente a la globalidad, interactuar con sus semejantes de otros países, y ser capaces de labrarse un futuro mejor que el nuestro, sin tener que depender de las dádivas y cooptación política que eran regla en aquellos años del partido casi único.
Frente a lo que vemos hoy, ¿cabría esperar un cambio en sentido positivo, en la dirección correcta? Más bien me inclinaría a pensar que el cambio que se ve, casi inevitable, va en la dirección contraria. Tal parece que nuestros jóvenes, sin mucho interés por cambiar, o por simple cobardía e inseguridad y desconfianza en sus propias capacidades, siguen bajo las reglas que nos educaron a los que hoy tenemos 60 o más años.
Exigen al gobierno todo, que los cuide y mantenga; dádivas disfrazadas de becas y subsidios de todo tipo, parecen haberlos castrado. Las protestas y exigencias que las acompañan, no exigen respeto a su libertad individual y un nuevo conjunto de leyes que la estimule y premie, sino más y más cosas sin obligación alguna.
Exigen —en una economía abierta—, más que nosotros cuando batallábamos en una economía cerrada y aislada del mundo, y reinaba el peor de los autoritarismos.
¿Cuántos años más seguiremos viéndonos el ombligo?
