Entiendan, el destino ya nos alcanzó; enfrentemos el desastre creado
La realidad del mundo petrolero nos lo dice hoy: Pemex fue, ya no es y menos aún lo será, de seguir manteniendo esa ficción que es hoy.
La salida del anterior director general de Pemex y la llegada del doctor José Antonio González Anaya, desataron una avalancha de análisis que por decir lo menos de ellos, estuvieron para llorar. En todos los casos, las conjuras políticas estuvieron a la orden del día: Si Pepe Toño trabajó con el doctor Meade al igual que el nuevo director general del IMSS, entonces eso convierte al actual secretario de Desarrollo Social en el jefe de un nuevo grupo político, y fantasías por el estilo.
Sin embargo, lo que en verdad sorprendió de la verborrea confusa y desordenada de los analistas, no fueron sus pretendidas dotes de descifradores del mensaje sibilino (Misterioso u oscuro, a veces con apariencia de interesante) enviado por el Presidente de la República, sino por la ausencia de lo fundamental: Las causas por las cuales dicho cambio tuvo que ser concretado.
Todos olvidaron por qué Pemex es hoy un desastre el cual, por más intentos que se hagan por disfrazarlo puesto que es imposible ocultarlo, ha llegado a lo irresoluble. La única vía que podría dar visos de componer las cosas a mediano plazo sería, la liquidación de la empresa como está hoy y, de sus ruinas y bajo nuevas reglas, crear una empresa dedicada a lo único que posiblemente sería rentable: extraer petróleo, y venderlo al mejor postor. Lo demás, sueños de opio que jamás se concretarían.
La realidad del mundo petrolero nos lo dice hoy: Pemex fue, ya no es y menos aún lo será, de seguir manteniendo esa ficción que es hoy, una estructura carente de toda lógica productiva-empresarial.
¿Es muy difícil entender esta realidad? ¿Acaso se necesita ser un genio de la administración, para darse cuenta del monstruo que creamos a lo largo de cuatro o cinco decenios cuando menos? Es más, ¿por qué no aprovechamos la recta y le entramos a CFE, de una buena vez? ¿Acaso es una obligación mantener pozos inagotables de corrupción, dispendio e ineficiencia, para luego considerar la posibilidad de enfrentar el monstruo creado?
Llega hoy a Pemex, el que sin duda es el más capaz e inteligente servidor público con que cuenta el Estado mexicano; por eso mismo, hay que tener cuidado con las expectativas que ese hecho (además, prenda personal), pudiere generar en quienes piensan que los cambios —como los que exigen la realidad de Pemex y CFE—, se dan como por arte de magia.
El nuevo director general de Pemex no será, frente a Hacienda, el burócrata al que podrán intimidar o nulificar, menos avasallar como hicieron con el que se tuvo que ir por la puerta de servicio: ese joven imberbe, cuya responsabilidad y culpa es menor que la que tiene el que lo designó. El que llega, cuidado, sabe más que ustedes y ha dado —desde hace años—, resultados positivos y concretos de su capacidad, y calificaciones como servidor público.
Por lo demás, entendamos y aceptemos que la llegada de un funcionario como el doctor José Antonio González Anaya exige, para que su labor siente las bases de la recuperación a mediano plazo —en lo que construyen algo a partir de las cenizas y ruinas del Pemex de hoy—, del apoyo irrestricto sin condición alguna, de todas las áreas del actual gobierno del presidente Peña Nieto, empezando por el Presidencia de la República mismo.
Las mezquindades y sueños de candidaturas de éste o aquél, no deben ser razón para regatear los apoyos imperativos que permitirían enfrentar el desastre en el que convertimos todos a Pemex. (¿Así, o más claro?).
