¿Es una enfermedad o simple cinismo, actuar como si la realidad no existiere?
Nuestra clase política en la región, hace gala de un triunfalismo el cual, a querer y no, dice mucho de la visión que tiene de la gobernación.
La verdad, no tengo respuesta a la pregunta del título. Lo que sí le puedo asegurar —porque lo he visto durante decenios, una y otra vez—, es que nuestros políticos en América Latina, con sus honrosísimas y poquísimas excepciones, actúan sistemática y permanentemente como si la dolorosa y ofensiva realidad no les restregare en la cara, diariamente, los graves problemas cuya solución no figura en su agenda.
No obstante que el gobierno que encabezan, la Cámara a la que pertenecen como legisladores, y el partido en el que militan conocen bien dichos problemas, jamás han mostrado disposición para enfrentarlos y elaborar sus soluciones o cuando menos, en el caso de los partidos, incluir en sus plataformas la obligación de estudiarlos.
Hoy, ante la compleja situación que priva en el mundo, y dado el panorama que se ve como más probable que se materialice para la economía mundial y la estabilidad y gobernabilidad en no pocos países, nuestra clase política en la Región, hace gala de un triunfalismo el cual, a querer y no, dice mucho de la visión que tiene de la gobernación.
Una de las acepciones que da la Real Academia para cinismo, es ésta: Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables; otra, que quizás refleje mejor lo que hacen los políticos latinoamericanos, sería ésta: Actitud de la persona que miente con descaro y defiende o practica de forma descarada, impúdica y deshonesta algo que merece general desaprobación. (Dejo a su criterio la selección de una u otra definición, como la que más se acercaría y mejor reflejaría la conducta de éste o aquel gobernante).
¿Pueden los políticos hoy, darse el lujo de desechar la realidad que priva en no pocos países y regiones del mundo? Y de hacerlo, ¿qué diría de ellos y sus equipos, una conducta así? Es más, ¿cómo los calificarían sus gobernados? ¿Acaso pensarían que son unos enfermos, o simplemente estarían ante un cínico más al frente de un gobierno, rodeado de un grupo de funcionarios, igual o más cínicos que su jefe?
Dejemos por el momento la calificación que daría la gente sencilla, no se diga ya la no tan sencilla, a quien los gobierna cuando éste intenta borrar (al conjuro de un discurso, o un mensaje a la población) la realidad que a gritos dice: ¡Aquí estoy! ¡No se hagan tontos, aquí estoy!, y mejor concentrémonos en las consecuencias que una conducta de esa índole acarrearía al país y su economía.
Un gobierno y quien lo encabeza, junto con sus funcionarios de confianza, ¿podrían conducir la nave a buen puerto en las condiciones que hoy enfrenta el mundo, si actuaren dejando de lado la realidad? ¿Serían capaces, con la visión casi idílica que tratan de vender a sus gobernados, de diseñar las políticas públicas adecuadas para enfrentar la situación y con ellas, paliar los efectos negativos, que sin duda alguna impactarán al país y su economía?
Con lo anterior no trato, en modo alguno, de insinuar siquiera que México padece un gobernante así, y mucho menos hacerle pensar a usted que sus funcionarios son como los que describo. Más bien pienso en un gobernante como Maduro o Evo Morales; o en Daniel Ortega y lo que queda de esos ancianos seniles, que son los hermanos Castro.
¿Verdad que aquí, ni de lejos, tenemos gobernantes y funcionarios como los nombrados? Qué suerte la nuestra; ¿a quién debemos agradecerla? ¿A la Morenita del Tepeyac, siempre tan milagrosa, y a San Juan Diego?
