De repente descubrieron la amenaza populista; la del otro, no la propia
Si uno analiza los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, fácilmente puede distinguir cada una de las etapas del proceso que los llevó a su debacle.
Una de las cosas más burdas de los políticos que no le encuentren la cuadratura al círculo de la gobernación, es irla pasando con promesas y fantasías de todo tipo las cuales, por carecer de todo sustento, el efecto que buscan concretar jamás llega y en consecuencia, deben desecharlas e inventar otras.
Esta estrategia y sus resultados, lejos de llevar al gobernante y a su equipo a hacer un alto en el camino para evaluar autocríticamente su gobernación y las políticas públicas aplicadas, así como los resultados de las mismas con miras a corregir el rumbo, los conduce a insistir en más de lo mismo. El resultado, más errores y puros fracasos.
Las promesas o planteamientos nuevos que deben hacer, una vez que privilegiaron la necedad de seguir por el mismo camino, deben ser renovadas con una frecuencia mayor porque, al haber perdido la confianza de los gobernados —debido a sus errores e incapacidad mostrada en la gobernación—, el efecto de las nuevas promesas y planteamientos fantasiosos que deben hacer, dura lo que los fuegos de artificio, unos cuantos segundos.
En esa ruta, este tipo de gobiernos –muy populares en América Latina–, llegan pronto a un punto donde las promesas parecen haberse agotado y las fantasías, o burdas exageraciones, deben dar paso a otro tipo de recursos; por ejemplo, señalar un enemigo bien definido, al que hay que acabar.
Si uno analiza los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, fácilmente puede distinguir cada una de las etapas del proceso que los llevó a su debacle; al principio, las promesas de mejoramiento material eran las más socorridas pero, a medida que sus burradas perdían efectividad y se agotaban los recursos, el primero se fue radicalizando hasta su muerte y el sucesor, carente de la vagancia y carisma del difunto, pronto llegó a niveles donde, el único recurso a su alcance, es acusar a los opositores de lacayos de la burguesía y del imperialismo y, lanzar una campaña porque, afirma, ellos son la mayor de las amenazas.
Los gobiernos populistas que han actuado así durante decenios en América Latina, ven ese método como la regla de oro en su gobernación; si bien cada uno ha debido adecuarse a las especificidades de su país, al final del día el cobre populista sale a flote.
Kirchner y hoy Fernández; Morales, Ortega y Correa en los tiempos que corren y, Alan García en su primera presidencia, recurrieron a una gobernación marcada por políticas populistas; en vez de reconocer la gravedad de la situación que su populismo creó, prefirieron seguir por la ruta descrita y los resultados, desastrosos, están a la vista.
El populismo, lo he comentado en ocasiones anteriores, es la maldición que ha llevado a nuestros países a la ruina; al tener que corregir el rumbo, el precio que hemos debido pagar ha sido inmenso. Sin embargo, nadie aprovecha las lecciones de estos episodios dignos de una tragedia griega que son, a querer y no, una constante en América Latina.
Aquí y ahora, el equipo en el gobierno, de repente descubrió el fantasma del populismo; todos se lanzaron contra ese peligro y, sin atreverse a nombrar al que los llevó a decir lo que dicen, esconden el hecho de que si de populismos se trata, el suyo es el más peligroso.
Todo les falló; en la desesperación, quieren salvarse señalando a un desquiciado, a un sedicente Mesías. Atrás quedaron promesas y fantasías sin sustento las cuales, todas, fueron exhibidas por la realidad.
Pobre país.
