¿Y los electores, de qué son responsables?
En las democracias, generalmente hablando, los electores piensan que la retribución obligada a la que consideran tener derecho por haber entregado su voto al ganador debe ser inmediata.
He comentado con usted aquí mismo, lo deseable que sería que los candidatos tuvieren conocimientos y experiencia probada y logros demostrables en su vida profesional; también, comenté acerca de las preferencias del elector frente a candidatos experimentados —o ignorantes pero simpáticos—, y de las reacciones que le vemos, una vez que el ganador propone medidas impopulares y dolorosas pero necesarias las cuales, él rechaza de inmediato.
También, cuando el ignorante que resulta triunfador, ya en el puesto para el cual fue elegido, propone tonterías las cuales, aquéllos que lo llevaron al triunfo —a sabiendas de su incapacidad e ignorancia—, las critican. Olvidan o no reconocen su responsabilidad porque, ese candidato triunfó con su voto y sabían, dada la ignorancia y limitaciones del que buscaba su apoyo, que de él nada bueno podía esperarse.
Ahora, permítame comentar otro aspecto; éste, tiene que ver con el elector y con su visión, casi mágica e idílica del poder para concederle cosas, que adquiere el candidato que han llevado al triunfo.
En las democracias, generalmente hablando, los electores —quizás por su desconocimiento de las especificidades de los procesos de cambio en la economía y la política—, piensan que la retribución obligada a la que consideran tener derecho por haber entregado su voto al ganador, debe ser inmediata.
Nada de esperar a modificar ésta o aquella ley, y mucho menos esperar a que se apruebe la ley reglamentarla; tampoco, por supuesto, esperar a que sea aplicada con firmeza y responsabilidad la reforma para que, al cabo de cierto número de años, los efectos positivos de dicha reforma se conviertan en realidad.
El elector, decía antes, en modo alguno está dispuesto a esperar todo ese largo proceso; él quiere beneficios inmediatos. En respuesta a esta posición —más que absurda, propia de corruptos y chantajistas—, el candidato triunfador ya en su calidad de gobernante, se presta a ese juego perverso y, obsecuente y de buena gana, promete beneficios inmediatos.
Un ejemplo de este juego que tanto daña a la democracia y refuerza el chantaje del elector, donde él y el candidato triunfador están totalmente equivocados —aun cuando sea por motivos diferentes—, es nuestra Reforma Energética, y el manejo chapucero que el gobierno hizo de ella con miras, evidentemente, a hacerle creer al que le dio su voto, que así retribuía de inmediato su apoyo.
América Latina está llena de ejemplos similares; prácticamente, no hay país a salvo de esto que pasa en México. Unos y otros saben que son parte de una farsa la cual, quieren mantenerla por siempre.
Ahora bien, ¿ese elector que quiere el pago instantáneo por su voto, le hace un bien a la democracia? ¿Acaso el chantaje por su apoyo, al margen de las cualidades del candidato, es responsabilidad exclusiva del elector que entrega su voto, movido por la retribución inmediata que piensa debe recibir? ¿Qué papel juegan en esta perversidad política el sistema de partidos, y los métodos de selección y nominación de candidatos y sobre todo, la conducta de éstos últimos en las campañas?
Me resulta difícil distribuir porcentajes de responsabilidad; lo único cierto, es que son compartidas entre unos y otros, entre partidos y electores, entre el sistema corrompido que los mantiene y la ignorancia y/o apatía del elector.
¿Hay algo por hacer para corregir esta situación que corrompió a partidos y candidatos, y a los electores? Sí, mucho; ¿nos atreveremos?
