¿Por qué celebrar lo que ha cobijado corrupción e ineficiencia? ¿Acaso somos masoquistas?
Hace 77 años, el entonces Presidente expropió activos de empresas petroleras.
Hoy, la Patria —sí, con mayúsculas—, está de fiesta; el gozo es inconmensurable, imposible estimarlo siquiera, dadas sus dimensiones gigantescas.
¿A qué se debe tal jolgorio, pleno de patriotismo? ¿Acaso no lo sabe? A que hace 77 años, en jornada patriótica, el entonces Presidente de la República tuvo a bien expropiar los activos de las empresas petroleras cuyo rechazo a un laudo de la Suprema Corte sería, sería la gota que derramaría el vaso de la dignidad de la nación mexicana. (Como diría Gil Gamés: ¡Ay güey!).
Ese día comenzó, una de las etapas más oscuras y complejas de los intentos por construir un país moderno, justo y democrático.
La Expropiación Petrolera —incorrección evidente porque, como usted sabe, Cárdenas no expropió el petróleo sino los fierros de las empresas petroleras—, vino a ser la coronación de un proceso cuyo fin fue, para decirlo claro, coronar un sistema corporativista y manipulador de los grandes grupos sociales del país para fines de control político, que aún hoy perdura.
La empresa resultante de dicha decisión ha sido todo, aún cuando muchos se nieguen a aceptarlo, menos una verdadera empresa; ha sido fuente inagotable de corrupción, dispendio y enriquecimiento ofensivo de gobernantes, funcionarios, ejecutivos y directores de esa dizque empresa y por supuesto, de centenas de líderes sindicales.
Es tal la ineficiencia en todos sentidos de Pemex, que a poco menos de 77 años de su creación, hoy es incapaz de pagarle al Estado mexicano el precio a que todo comprador de nuestro petróleo está obligado: Los dólares de cada barril que extrae, vende al exterior o refina en México. Sus utilidades, que no lo son porque trabaja con pérdidas, debe compensarlas con financiamientos para entregar al Estado mexicano —que es quien nos representa por ser los dueños del petróleo—, lo que vendría a ser el equivalente de la renta petrolera.
Larga e interminable sería la lista de agravios y daños al país y su economía, y al crecimiento de ésta, que ha causado ese arreglo petrolero perverso y trastocado, que nos ha sumido en un desastre representado por una falsa empresa integrada hoy, por más de 150 mil trabajadores cuyos niveles de productividad son, desde hace años, el hazmerreir de la industria petrolera en el mundo.
¿Qué festejamos pues? ¿Acaso un año más de desgracia productiva y freno de la competitividad de nuestra economía, es algo digno de ser festejado? ¿Acaso somos un país de masoquistas, que se regodea de felicidad en la tragedia?
¿Por qué otros países que poseen recursos energéticos que no se comparan en volumen con los nuestros, han logrado cosas que aquí, ni en sueños hemos imaginado? ¿A qué se debe esto? Sencillamente a un arreglo perverso, viciado de origen por estar marcado —desde 1938—, por la corrupción y la manipulación patriotera de grandes grupos sociales.
La salida para esa empresa sería, sin duda, la venta de los fierros obsoletos y la liquidación de su personal para, una vez tomadas estas medidas impopulares entre quienes desconocen casi todo de Pemex, el Estado recontrate a unos 25 o 30 mil de aquellos 150 mil para encargarse de la exploración, perforación y extracción de petróleo y, en una muestra de racionalidad económica, comercializarlo en las mejores condiciones para beneficio del país y su economía y por supuesto, de los mexicanos.
Lo demás, demagogia y complicidad con una fuente de corrupción que deberíamos cerrar: Pemex.
