¿Qué pecado hemos cometido para merecer esto? Escúchanos Señor, ten piedad de nosotros
Por lo pronto, ya desempolvé el Catecismo del Padre Ripalda...
¿Le parece que el título de esta colaboración suena, más a plegaria que al planteamiento de un problema? ¿Le parecen dichas palabras, más las peticiones que suelen hacer los fieles al Dios todopoderoso, que el título de una columna como ésta? Si así hubiera sido, debería decirle que acertó; las razones las doy enseguida.
Hace unos días, la alcaldesa de un municipio tamaulipeco en la frontera con Estados Unidos solicitó, públicamente, la ayuda divina para enfrentar el problema de violencia la cual, sin control y freno, campea impune en el territorio que aquélla gobierna.
¿A qué se debe que una autoridad como ella, deba recurrir a la ayuda divina para enfrentar y resolver un problema que es, al final del día, más terrenal que casi cualquier otro? ¿Qué explica la pérdida de confianza en las capacidades y voluntad del Estado mexicano, para que haya debido solicitar la intervención de Dios todopoderoso la cual —a los ojos de aquélla—, le parece más efectiva y fácil de obtener —así lo dejan ver sus palabras—, que todos los recursos y la capacidad del Estado mexicano?
¿Cuántos de los más de 2200 presidentes municipales, aún cuando sea en privado, solicitan la intervención divina para enfrentar la violencia, que con total impunidad practican bandas de delincuentes de todos colores y sabores?
¿Acaso ésa, la petición al Dios todopoderoso, es la única salida que le queda a este religioso y creyente pero pecador país? ¿Dónde está la respuesta laica, juarista por la separación de las iglesias del Estado, a ese problema? ¿Habremos llegado, dada la ineficacia total de la respuesta del Estado laico, a tener que recurrir a la intervención divina para enfrentar y resolver el problema de la violencia?
Es más, ¿legal y públicamente puede, una autoridad, recurrir a la ayuda divina para enfrentar un problema que es materia del Estado mexicano, laico como el que más? En los países donde priva la separación Iglesias-Estado, ¿las autoridades deben recurrir a la fuerza y capacidad del Dios todopoderoso, para estar en condiciones de poder proporcionar a la población el bien público por excelencia: la seguridad?
¿Qué hay más allá del recurso divino? ¿La resignación a ver las cosas como castigo, por pecados cometidos? ¿Estaremos entonces ante la primacía del catecismo, por encima de las leyes que soportan el Estado mexicano? ¿La solución al problema de la violencia sería entonces, despedir a los funcionarios por inútiles, y en su lugar colocar a dignatarios religiosos?
¿Esa es la salida real y efectiva a nuestros problemas? ¿Esa es la salida que les gustaría a nuestros incapaces y temerosos funcionarios, que cuando oyen —porque no escuchan— que su obligación es aplicar la ley y hacer que ésta sea respetada por todos, prefieren enmudecer y esconderse?
¿Qué futuro nos espera? ¿En vez de peticiones al Presidente deberemos pedir perdón por nuestros pecados, confesarnos y comulgar, para que la fuerza divina acabe con la violencia? Por lo pronto, ya desempolvé el Catecismo del Padre Ripalda, y recordé la preparación para mi primera comunión; también ubiqué —por si las cosas empeoran—, el templo más cercano dónde confesarme y comulgar.
Por otra parte, con plena consciencia de su efectividad, al enterarme de que vendrán los manifestantes de la CNTE, la CETEG y Antorcha Campesina, y marcharán con ellos darketos y punketos, repetiré una y otra vez: ¡Escúchanos Señor, ten piedad de nosotros!
