¿No sería mejor, en vez de subsidiar, hacer todo para que aprendieren a vender?

Han hecho del subsidio el mejor de los instrumentos para controlar y manipular a los productores.

El gobierno y la clase política, imposible dudarlo, desde los años del cardenismo se han dedicado a crear dependencias –o nuevas áreas en ellas– cuyos objetivos verdaderos son la manipulación, y el control político; los objetivos que se exponen en los decretos o acuerdos mediante los cuales aquéllas se concretan, son la cobertura que sirve a los ingenuos para loar al poderoso en turno y a los pícaros, para enriquecerse sin límite alguno.

El mejor ejemplo de lo anterior es, quizás, la comercialización de algunos productos agrícolas. La creación de la Comisión Nacional del Maíz (Miguel Alemán), la CEIMSA (Ruíz Cortines), la Conasupo (López Mateos) y Aserca en 1991 durante la administración de Carlos Salinas, ejemplifican de manera clara los intentos del Estado mexicano para incidir en el eslabón crítico de la producción de granos (sean éstos cereales u oleaginosas): la comercialización.

En todos esos casos, así como en ANAGSA (seguros), Pronase (semillas mejoradas) y Fertimex (antes Guanos y Fertilizantes de México), el Estado mexicano desplegó recursos diversos destinados, antes que a cualquier otra cosa, a controlar y manipular el campo  mexicano y a sus productores mediante la entrega de subsidios y dádivas.

Lo que faltó fue, desde siempre, buscar que los productores aprendieran a comercializar su producción. Hoy, la presencia de Aserca y la utilización de diversos instrumentos financieros, tampoco ha cambiado el objetivo original de lo que sus antecesores hicieron: controlar políticamente a los productores agropecuarios. 

Por encima de los cambios registrados en el mundo estos últimos 50 o 60 años –en materia de comercialización de la producción agropecuaria–, en México no hemos exhibido intención alguna de trabajar para que los productores alcanzaran la mayoría de edad en materia de comercialización. Siempre considerados niños de pecho, el Estado debe protegerlos de los tiburones que los acechan.

Un conjunto de burócratas –dizque sabios– pero en realidad, más corruptos que sabios, han logrado mantener el control de millones de hombres del campo mediante el conocido y oneroso recurso: los subsidios.

Durante los últimos 40 años –al menos–, los productores de otros países aprendieron a moverse en los espacios que la transformación de la comercialización de los productos del campo creó. Al principio, si bien  se registraron sonados fracasos, éstos fueron la antesala de su calificación para lograr defenderse y así, obtener mejores condiciones para sus productos y también en la otra parte del proceso, cuando ellos compran insumos.

En México, sería un despropósito afirmar que todos los productores agropecuarios son ignorantes de todo lo que significa la comercialización, trátese de vender o comprar; sin embargo, los que más requieren dominar esa materia, son los más controlados y dependientes de las políticas públicas; éstas, han hecho del subsidio el mejor de los instrumentos para controlar y manipular a los productores con fines exclusivamente políticos.

¿Acaso es posible mantener –indefinidamente– este flujo de recursos, que lo que hace es suplantar al productor, y dejar en manos de burócratas la etapa final del ciclo agrícola, vender lo producido? ¿Por qué no empezar a ver las cosas de otra manera?

¿Por qué no fijarse como objetivo calificar a los productores, tanto para vender lo producido como para comprar los insumos que su actividad requiere? ¿Cuál es el temor?

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