¿Y si los efectos de lo que pasa afuera de México, echaren por tierra lo que imaginamos?

Las voces que hablan de un agravamiento de la situación allá afuera, no son pocas.

¿Qué haríamos entonces con el panorama elaborado que soporta, de alguna manera, los supuestos económicos que dan viabilidad a los  ingresos del erario y el gasto para el año 2015? ¿Dónde quedarían los miles de millones de dólares que afirmamos, con una convicción que parece sonar a fundamentalismo religioso y no resultado de un análisis objetivo de la situación internacional, llegarán a México el año próximo?

Esas preguntas —y muchas más de índole similar— no son, en modo alguno, irrelevantes; sus respuestas, menos aún son triviales; las respuestas que deberíamos dar, desde ahora, vendrían a ser los elementos fundamentales del Plan B obligado, dada la muy probable agudización de un conjunto numeroso de conflictos en varias regiones del mundo.

Los efectos negativos de esta última eventualidad, vendrían a poner en duda el panorama casi idílico —dibujado entre nosotros— de la economía de nuestro principal socio comercial; casi como acto de fe, repetido hasta el cansancio, fincamos el crecimiento de la nuestra, en el de Estados Unidos.

Lejos de hacer caso a las evidencias que año con año se acumulan, nada hacemos —integral y efectivamente— en lo que se refiere a los múltiples obstáculos estructurales que nos impiden crecer; piensan, frente a una realidad que no cambia al conjuro de un alud de spots, que la recuperación de la economía de Estados Unidos será la salvación, pero no de nuestra economía, sino del prestigio de quienes no han sabido diseñar políticas y estrategias que estimulen el crecimiento económico, no el estancamiento.

Las voces que hablan de un agravamiento de la situación allá afuera, no son pocas; tampoco pertenecen a quienes nada entienden de esa materia. Por el contrario, provienen de instituciones serias que por encima de filias y fobias elaboran pronósticos que las más de las veces, sorprenden por su crudeza y objetividad.

Durante las próximas semanas conoceremos los pronósticos que elaboran dos instituciones que al margen de lo que pensemos de ambas, deben ser tomadas en cuenta; el Fondo Monetario Internacional y la OCDE, todo así lo indica, presentarán argumentos que soportan un ajuste a la baja de las proyecciones dadas a conocer hace unos meses.

¿Qué haremos ante esto y sobre todo, qué haremos ante las consideraciones que darán a conocer de la situación internacional, y de conflictos regionales que amenazan con escalar a la confrontación militar en las próximas semanas o meses?

¿Qué decir entonces de nuestras proyecciones de los últimos 20 meses,  irreales y sin sustento objetivo alguno, que la realidad se encargó de echar por tierra? ¿Dónde quedaría una que otra ocurrencia, y la búsqueda de una popularidad que se traduciría en votos el año 2015?

Por encima de nuestra integración a la globalidad desde hace 27 años, y la entrada en vigor del TLC con Estados Unidos y Canadá en 1994, seguimos sin hacer caso de lo que nos plantean organizaciones multilaterales en lo que se refiere a la situación internacional y sus perspectivas. Eso, para nosotros, carece de toda validez.

¿Nos resistimos a dejar esa dañina visión endógena —soportada en esa locura de la unicidad mexicana—, aferrados a que somos diferentes? ¿Acaso terminaremos gritando este 15 de septiembre como aguerridos estridentistas —perdida toda objetividad—, ¡Viva el mole de guajolote!?

¿Qué haremos entonces, de concretarse lo planteado en el título? ¿Nos atreveremos a responder?

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