¿Por qué nuestras ceremonias huelen a viejo? ¿Por qué se ven caducas, porque lo son?

Dejemos pues a nuestros políticos con sus fiestas y boato aldeano.

COMPARTIR 
Ángel Verdugo 03/09/2014 00:00
¿Por qué nuestras ceremonias huelen a viejo? ¿Por qué se ven caducas, porque lo son?

Con seguridad, la avalancha de spots y crónicas de lo sucedido este lunes y martes en relación con el II Informe de Gobierno, lo tiene usted al borde de un ataque de nervios como reza el viejo lugar común o para decirlo coloquialmente, lo tiene hasta el copete.

De ahí que prefiera, para no cargarlo con más de lo mismo, tocar un punto que quizás explique —en buena medida—, ese hartazgo que los mexicanos sentimos ante casi todo tipo de ceremonias y actos organizados por los tres órdenes de gobierno. De todos ellos, sin duda alguna, el único que se salva sin la menor objeción, es el desfile del 16 de septiembre.

Dejemos pues a nuestros políticos con sus fiestas y boato aldeano, más cercano éste a las prácticas de un país bananero que a uno que dice ser moderno o al menos, pretende llegar a serlo en un futuro que por lo que se ve, cada día parece alejarse más.

¿Se ha preguntado usted alguna vez, por qué nuestras ceremonias huelen a viejo? ¿Por qué se ven viejas y acartonadas, y marcadas por una falsa solemnidad?

¿Acaso la explicación y respuesta de las preguntas anteriores, es el hecho de que así son nuestros políticos por encima de la modernidad de su atuendo? ¿Es tan atrasada su visión de la gobernación y el desarrollo, que todo lo que tocan queda marcado con su mentalidad caduca, anclada en el pasado?

Debo señalar que no estoy en contra de las tradiciones, y menos del papel que éstas juegan en la conformación de una cultura en ésta o aquella sociedad pero, ¿cómo comparar la asistencia del soberano inglés a la apertura de las sesiones del Parlamento, con el acto casi faraónico de nuestro Mensaje Presidencial donde lo más granado de nuestra clase política se regodea en una abyección ofensiva, adornada ésta con tantos aplausos que las manos de los aplaudidores acaban inflamadas?

¿En qué países hoy en día, se ve lo que aquí? ¿Acaso es lo mismo Chile y Costa Rica por ejemplo, que lo visto ayer en el Mensaje? ¿Así se acostumbra en Alemania, Noruega, Canadá y Estados Unidos? Es más, ¿en cuántos países —su Congreso o Parlamento— han debido modificar la Constitución porque una minoría de salvajes, sin respeto alguno por la ley vigente, ha impuesto la suya propia?

Por otra parte, ¿en dónde más han surgido grupos vandálicos cuya conducta violenta y ofensiva en ceremonias donde participa el jefe de Estado, haya sido la respuesta —casi cavernaria— a la abyección y servilismo de los correligionarios políticos de aquél? Es decir, ¿en qué países se presenta —con la intensidad y descaro del cual hacemos gala en México— el servilismo aplaudidor y la abyección que denigra al que con genuflexiones exageradas piensa que queda bien con el poderoso en turno?

¿A qué se debe ese culto que rivaliza con el que se le rendía a Stalin, Mao, los Castro y Chávez? ¿Por qué no se pone un hasta aquí a una conducta, que además de denigrar al adulador también ofende y exhibe al adulado?

¿Por qué nuestros gobernantes —de los tres órdenes de gobierno—, no prohíben que a su persona se le dé ese trato, propio del que se les rendía a los soberanos hace dos o tres siglos, y a los dictadores del siglo pasado? ¿Acaso no llega a su olfato esa hediondez característica de lo acedo, de lo que ya se echó a perder?

En tanto no haya alguien que decida acabar con esa práctica que denigra a uno y a otros, nuestras ceremonias seguirán viéndose viejas y oliendo igual y por lo mismo, siendo rechazadas.

Comparte esta entrada

Comentarios