Ya nos conocen; si no cumplimos, no se sorprenderán. ¿Y usted, sí se sorprendería?
En otros países, las reformas —además de aprobarlas en su debida oportunidad—, las hacen de una buena vez.
Larga es nuestra tradición de aprobar leyes para no cumplirlas; hacemos hasta lo imposible por reformar alguna, e incluso enfrentamos el viacrucis que representa una reforma constitucional; una vez que lo logramos, colocamos la ley un altar para que ahí, intocada y venerada pero alejada de la realidad que con ella pensábamos transformar, se pudra y cuando apeste, le prestamos atención.
El caso extremo es nuestra Constitución; la presumimos como la primera constitución social del siglo XX pero una vez aprobada, lejos de ponerla en práctica preferimos construir una realidad jurídica paralela donde, lo que regía no era la ley sino un conjunto de reglas no escritas que además de perpetuar los viejos privilegios —entregados ahora a nuevos privilegiados—, hicieron que los problemas se complicaran hasta que nos estallaban.
Hoy, las tres reformas de “hondo calado” según el senador Gamboa podrían ser otro buen ejemplo; la educativa, no obstante ser de hondo calado para navegar por mares y océanos, la hundió sin mucho batallar un grupúsculo de delincuentes de Oaxaca, Guerrero y Michoacán que se dicen maestros.
La decisión y firmeza que parecía sincera ante un problema de dimensiones gigantescas como es la educación que imparte el Estado, se vino abajo; hoy, un día sí y otro también, aquéllos se pitorrean de cuanto funcionario federal y estatal se les pone enfrente y por supuesto, de la Reforma Educativa y sus leyes reglamentarias.
Cuán equivocados estábamos al calificar a Telcel, Televisa y a TV Azteca de ser “poderes fácticos”; son los de la CNTE y la CTEG los que sí pueden; hacen lo que quieren, dañan propiedad pública y privada, bloquean carreteras, oficinas y aeropuertos, y regresan a sus lugares de origen como si nada. Cuando se les pega la gana, exigen más recursos a los gobiernos de Oaxaca, Michoacán y Guerrero y otra vez al DF. Ellos sí son poderes fácticos.
¿Qué irán a pensar de nosotros los inversionistas, que nos dicen los panegiristas de las reformas están atentos a lo que pasa en México y tienen listos miles de millones de dólares para invertirlos aquí? ¿Si nos vieren, otra vez hacer lo de siempre —no aplicar la ley—, aún así los invertirían en México? ¿Qué piensa de esto el secretario de Economía?
En otros países, las reformas —además de aprobarlas en su debida oportunidad—, las hacen de una buena vez. Nosotros, por el contrario, damos largas a los problemas y pateamos el bote hacia adelante; siempre estamos pensando en la siguiente elección, pues nos ocupa la cantidad de votos para los afines no el mejor futuro del país. La idea que marca nuestra gobernación es sencilla: “El que venga atrás, que arree”.
Hoy, ¿tiene usted la seguridad de que las reformas constitucionales y sus leyes reglamentarias serán llevadas a la práctica, como el paso obligado para enfrentar los graves problemas que nos impiden modernizarnos y crecer? ¿En serio, la tiene? (Perdone, ¿es usted mexicano?).
No hay duda de la importancia y significado profundo de las reformas aprobadas y sus leyes reglamentarias; constituyen el primer paso en la construcción de un México moderno, y nadie debe regatear el impacto positivo de las mismas. Sin embargo —espero estar completamente equivocado—, las señales enviadas parecen apuntar en otra dirección; todo indica que la puesta en práctica de lo aprobado, será tarea del que viene. El bote, pateado una vez más, vuela alto y llegará lejos.
¡Pobre México!
