Nuestra pelea con el pasado, nos impide ver que el problema es construir el futuro

Hoy, la disputa por la inversión es feroz y en ella, nadie da tregua alguna.

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Ángel Verdugo 22/01/2014 00:28
Nuestra pelea con el pasado, nos impide ver que el problema es construir el futuro

La colaboración del viernes 17, la terminé así: “Por favor, señor Presidente, entrémosle al problema de Michoacán y a tantos otros, en vez de ir a Davos; sería más útil y efectivo, y más barato”.

Por supuesto, esa petición respetuosa era una batalla perdida; para cuando usted lea esta colaboración, el presidente Enrique Peña Nieto estará ya por tierras europeas, listo para participar en la reunión anual de Davos con una conferencia magistral la cual, nos dicen, es esperada con gran interés.

¿De qué hablará nuestro Presidente en dicho foro? ¿Es verdad la expectación por escucharlo hablar de las reformas aprobadas por el Congreso, aun cuando algunas de ellas están todavía inconclusas? ¿En verdad México está dando un ejemplo de transformación como se pretende hacernos creer?

Si bien nuestra presencia esta vez en Davos pasará, como las anteriores, sin pena ni gloria, vale la pena hacer algunos comentarios acerca de esto que Carlos Castillo Peraza calificó como el intento de vender el pasado como el mejor de los futuros.

Una de las características del discurso de una muy buena parte de nuestra clase política, es afirmar que México, con cada reforma o remedo que aprueba, está innovando y desbrozando caminos que nos llevarán al mejor de los futuros. Sin embargo, la realidad es otra; muy distinta a la que se publicita.

Lo que hoy pretendemos hacer —actualizar un andamiaje jurídico caduco, obstaculizador del desarrollo y el crecimiento económico—, ya lo hicieron desde hace varios decenios casi todos los países. Si me pidiere usted un símil, le daría éste: Estamos festejando que dejaremos la televisión blanco y negro de perilla cuando, estos aparatos ya son piezas de museo. Hoy, nuestra clase política no se ha dado cuenta que el estándar es la pantalla plana, las de ultra alta definición.

Nuestras reformas servirían —si todo lo hiciéremos bien—, para enfrentar y resolver problemas de los años sesenta. Ese es el momento histórico que estamos viviendo: saldar las cuentas con el pasado. En consecuencia, presumir lo que debería darnos vergüenza, no nos coloca en una muy buena posición, y menos para ser ejemplo transformador.

La promoción de nuestras peleas con el pasado, no basta para colocarnos en el presente que vive hoy el resto del mundo: éste, hace mucho que empezó a construir el futuro, por lo que bien haríamos en reconocer lo evidente: en eso, nos llevan una muy buena ventaja.

¿Acaso lo que propongo, es no hablar de lo que estamos haciendo en materia de reformas? Por supuesto que no; lo que deseo señalar, por el contrario, es otra cosa; es la obligación de ser objetivos, para colocar en su justa dimensión la transformación apenas comenzada. Pienso que deberíamos señalar, de entrada, que apenas estamos intentando hacer lo que muchos hicieron en los años sesenta del siglo pasado. 

Enseguida, habría que reconocer que sólo hemos dado el primer paso de una gran marcha, la cual tiene por objeto colocarnos a la vanguardia de la modernidad. Ganar las batallas en contra del pasado sería, ni más ni menos que la plataforma de la cual partiríamos para, ahora sí, empezar a construir el futuro.

A esta tarea, reconozcámoslo, llegamos tarde; las razones son varias y por eso mismo, hay que apurar el paso. Hoy, la disputa por la inversión es feroz y en ella, nadie da tregua alguna; los viejos prestigios, ya a nadie impresionan.

¿Dirá eso nuestro Presidente, y lo dirá así?

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