¿Cómo se siente usted, después de la Noche Buena? ¿Qué tal le sienta hoy la Navidad?

Esta vez como cada año, las recomendaciones acerca de evitar caer en “el consumismo” son dejadas de lado.

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Ángel Verdugo 25/12/2013 00:08
¿Cómo se siente usted, después de la Noche Buena? ¿Qué tal le sienta hoy la Navidad?

Estos días son, en el mundo occidental, fechas de una gran significación. Al margen de la filiación religiosa de cada uno, la Noche Buena y la Navidad forman parte importante de la “Cultura Occidental”.

No son, por supuesto, el único elemento que la define pero sin duda, se encuentran ambos entre los más importantes; además, su influencia en la conformación de sociedades enteras y la definición del conjunto de valores que las cohesiona, es innegable.

Esta vez como cada año, las recomendaciones acerca de evitar caer en “el consumismo” ­—cualquier cosa que pudiere significar—, son dejadas de lado y las personas, por encima de sus capacidades reales de endeudamiento, se lanzan frenéticos a la caza de ofertas y compran esto y aquello con un placer que raya en lo sexual. ¿Y, diría el clásico?

Las recomendaciones vienen, casi siempre, de dignatarios de prelados de la Iglesia católica; la humildad de Cristo dicen, debe ser nuestro ejemplo en lo que se refiere a qué y cuánto comprar y también, qué regalar. (¿Se acuerda de aquello de “Regale afecto, no lo compre”?).

Sin embargo, cada año dichas recomendaciones son dejadas de lado; más y más personas compran lo que algunos consideran superfluo y, vaya contradicción, un porcentaje muy alto de los compradores son “muy religiosos”.

¿Esta conducta, que equipara o confunde deseo con necesidad, es negativa? ¿Y de serlo, lo sería para quiénes? ¿Para el comprador, o los fabricantes y distribuidores?

La respuesta, seré directo y claro, la desconozco. Lo que sé, es que quienes así proceden, son personas adultas; que actúan en el mejor de sus intereses y uno supone, conscientes de sus decisiones y de las consecuencias de las mismas.

Al respecto mi posición es sencilla; cada quien debe tomar las decisiones que considere convenientes; sus recursos, muchos o pocos, puede utilizarlos en la actividad lícita de su preferencia. Cualquier intento por coartar esa libertad individual, viniere de donde viniere, me parecería una intrusión en la vida privada que debe ser condenada sin discusión alguna.

Ahora bien, ¿nos debe afectar el que una persona compre dos o tres pantallas planas durante El Buen Fin? ¿Por qué debería? Si los recursos para pagarlas los adquirió mediante la práctica de una actividad lícita, no debería preocuparnos en lo más mínimo, y menos afectarnos o sentirnos afectados.

El comprador de eso y de muchas otras cosas, aun cuando parezca a algunos una conducta negativa lo que hace, está ejerciendo su derecho a decidir en libertad lo que considera positivo para él. Lo demás, intentos autoritarios de decirle a las personas hoy, qué deben hacer y qué deben comprar. ¿Qué le dirán mañana que haga?

¿Qué nos aconsejarán mañana cuando, prácticamente nadie haga caso de las recomendaciones a no consumir? ¿Pretenderán cerrar las fábricas de lo que consideran negativo? ¿Levantarán un censo de lo que poseemos para, a partir de él, prohibir que se nos venda un artículo más de esto o de aquello?

Pienso, quizás esté equivocado, que tenemos —en México y el mundo—, problemas muy graves que afectan a millones y millones de personas que deberíamos tratar de resolver. ¿Por qué entonces no nos concentramos en tratar de enfrentar y contribuir —así fuere de manera modesta—, a la solución de los mismos.

Que cada quien compre las pantallas que desee, y dejemos de decirle a personas adultas qué es lo que deben hacer.

¿Qué piensa usted al respecto?

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