¿Seremos, algún día, un país de adultos? ¿Dejaremos de ser, mañana, los niños de pecho que somos?
Ser ciudadano en una democracia es resultado de un proceso de aprendizaje que nos convierte en alguien capaz de decidir
Si nuestros legisladores, gobernantes y funcionarios —junto con los que se dicen políticos profesionales—, revisaren las conductas y prácticas de sus colegas en una muestra representativa de países que han optado por la democracia —al margen del nivel de desarrollo y consolidación que aquélla pudiera haber alcanzado—, se darían cuenta de que uno de los elementos no menores que han contribuido a su consolidación, fortalecimiento y aceptación social plena, es contar con ciudadanos que son “mayores de edad”, no niños de pecho.
En una democracia, ser ciudadano implica tener la capacidad de discernir (“Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas”); es estar dispuesto a decidir qué es lo que a uno le conviene, y actuar en función de sus mejores intereses dentro de los límites, reglas y condiciones que las leyes vigentes establecen.
En pocas palabras, ser ciudadano en una democracia es resultado de un proceso de aprendizaje que nos lleva, a dejar de ser niños de pecho que deben ser cuidado por otros, para convertirnos en adultos; en alguien capaz de decidir por sí mismo, pues sabe lo que le conviene.
En aquellos países donde el ciudadano es, efectivamente, “mayor de edad”, los políticos —gobernantes o funcionarios—, los tratan con respeto a su capacidad de entender lo que les conviene y de discernir entre varias alternativas y elegir la que mejor se acomoda con sus intereses.
Si bien no se descarta que también en esos países los políticos mientan, lo hacen con cierto cuidado porque saben, de entrada, que no están frente a niños de pecho a los cuales se les da el biberón y plácidamente lo toman y se quedan quietecitos.
En esos países, en momentos críticos producto de una coyuntura difícil producto de una crisis económica o política, el político procura ser directo y claro; plantea las cosas, las más de las veces, con la crudeza a la que obliga la gravedad de los problemas que se enfrentan en esos momentos.
Reconocen, sin la menor duda, que se está frente a personas que castigarían con dureza el menor intento de engañarlos, o de ocultarles detalles fundamentales de los problemas o las causas que el gobernante considera son las que produjeron los problemas que se pretende enfrentar y resolver.
A cambio de esta actitud del gobernante y los funcionarios, el ciudadano responde también responsablemente; analiza y decide. No elude en modo alguno el papel que le toca jugar en la solución; sabe que no puede rehusar a ser parte de la solución; entiende que es adulto y esta condición implica tomar decisiones las cuales, en la mayoría de los casos, son impopulares y dolorosas.
Así, con esta visión de lo que debe ser la relación entre gobernantes y gobernados, se va construyendo la democracia; así, unos y otros van adquiriendo la mayoría de edad para dejar de ser, unos, niños de pecho y los otros, las niñeras encargados de alimentarnos, cuidarnos y cambiarnos el pañal cada vez que orinamos o zurramos.
¿A qué se debe que gobernantes, funcionarios, legisladores y políticos en general, insisten en mantenernos así, como niños de pecho a los que deben cuidar, alimentar, cambiarles de pañal y decidir por ellos? ¿Acaso piensan que somos unos retrasados mentales, incapaces de decidir por nosotros mismos?
En un descuido, si nos atenemos a los resultados de la gobernación y las decisiones que toman, los del retraso mental son ellos, no nosotros.
