Con los impuestos no debiéremos jugar; las consecuencias, podrían ser graves

Los impuestos no deben ser instrumentos para ganar apoyos y quedar bien con clientelas políticas.

Las discusiones o alud de monólogos en torno a lo que han dado en llamar “reforma hacendaria”, es una oportunidad de oro para ver las grandes limitaciones de no pocos legisladores; éstos, a falta de conocimientos fiscales y de finanzas públicas, han recurrido a lo que bien les sale: las ocurrencias.

Uno de ellos, el senador Miguel Barbosa, ha tenido a bien hacer pública una de ellas: “El IETU para los ricos”. Si no lo viere uno, sería imposible aceptar que alguien con tantas limitaciones intelectuales como él, ocupa un escaño en el Senado de la República; es tan limitado de entendederas —como lo demuestra inobjetablemente todos los días—, que sus coordinados ya están preocupados por tener a alguien así como “Coordinador”.

El tema fiscal, sea por la parte de los impuestos o del uso que se haga de ellos mediante el presupuesto de egresos, es de la mayor trascendencia; por ello, debe ser tratado con seriedad y un gran sentido de responsabilidad.

Con los impuestos no debemos jugar, y menos basarlos en las ocurrencias de loquitos que pretenden presentarse como “políticos de avanzada”; se dan casos —en no pocos países de América Latina—, que incluso esos loquitos llegan a ser jefes de Estado y hundir a sus países como consecuencia de sus ocurrencias y bufonadas las cuales, en el extremo de su insania, las traducen en leyes o impuestos como pretende el senador Barbosa.

El tema de los impuestos, en una economía cerrada o en una abierta, es elemento fundamental para atraer inversiones, crear fuentes de empleo permanente y elevar la tasa de crecimiento; más lo es hoy, cuando la competencia por atraer aquéllas ha alcanzado una intensidad tal entre decenas de países, que las concesiones y exenciones fiscales concedidas por algunos de ellos, sacan del mercado a otros que no están en condiciones de poder igualar dichos beneficios.

De ahí que el manejo de los impuestos deba ser tratado con mucha responsabilidad para, además de demostrar que somos un país responsable, no caer en la frivolidad —muy común en América Latina—, de modificar a cada rato las reglas impositivas como recurso para obtener, en vez de inversiones y empleos, votos en la siguiente

elección.

Para evitar esta última práctica, o hacerla tan costosa que fuere  prohibitiva —incluso para los que como el senador Barbosa sólo proponen ocurrencias—, es obligado contar con un sistema tributario moderno y eficiente, que privilegie el largo plazo y la estabilidad, no la coyuntura.

Hoy, los países ya no pueden —impunemente—imponer altas tasas impositivas para satisfacer a los “políticamente correctos”; los impuestos no deben ser instrumentos para ganar apoyos y quedar bien con clientelas políticas; deben servir para estimular la inversión y el crecimiento.

Por otra parte, la baratija arrumbada en el cuarto de los trebejos en muchos países —ayer axioma reverenciado—, de que hay que cobrar altos impuestos para reducir la desigualdad y distribuir la riqueza, sólo la defienden hoy los adoradores del gasto; los que se resisten a aceptar que en la globalidad tienen que trabajar, o irse a su casa a vivir de los privilegios amasados durante sus años de presupuestívoros.

La vida parasitaria que tanto les redituó, y reditúa todavía a no pocos “tirando rollo” en una chambita o chambota en el sector público, parece llegar a su fin; de ahí su lucha porque se mantengan prácticas que ya no deben tener cabida en las economías abiertas.

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