Pedro Infante aquí, ahora

“Pasaste a mi lado con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí”.
El verso musicalizado
por la voz de Pedro Infante conmueve las fibras sensibles de miles de personas, cuyas notas musicales les remite a sus particulares experiencias biográficas. No sólo Aurelia o Lupita se sienten arrobadas por la melodía que les cantaron en una lejana o fantaseada serenata, sino también Norberto, el punkrockero que, para no transgredir el canon agresivo de su género musical preferido, quiere hacer
una versión ad hoc del célebre bolero.

El caso es que, a cien años de su nacimiento, Pedro Infante constituye un elemento clave en la historia sentimental del México contemporáneo. Entremos en materia.

Como es conocido por muchos de nuestros lectores, Pedro Infante era un muchacho trabajador que tenía una hermosa voz, debido a lo cual sus numerosos admiradores, en su natal Sinaloa, lo animaron a trasladarse a la Ciudad de México para probar fortuna, en una época en que iniciaba la industria cultural a través de la masificación de los consumos radiofónicos y cinematográficos. Las populares radiodifusoras de los años 30 contribuyeron de manera importante en la consolidación e introducción de diversos géneros musicales. Así, junto con el auge de la canción ranchera, se fue abriendo paso el bolero, la canción romántica, fondo musical indispensable de la transición mexicana de lo rural a lo urbano. En ese contexto, Pedro Infante tiene un papel destacado. Triunfador en un concurso de canto, la obtención del premio le abrió también las puertas al cine mexicano.

En las más de 60 películas protagonizadas por el cantante y actor, se forjó un repertorio interesante y diverso del ser y deber masculino, ya que la sociedad mexicana cambiaba acorde con los procesos de modernización acelerada a partir de finales de los años 40, de modo que la figura del macho depredador con sombrero y a caballo necesitaba transfigurarse en otro tipo de hombre, uno esforzado y trabajador que buscaba tener un lugar en la amenazante y seductora ciudad. De ahí que Pepe El Toro constituya un ícono de la masculinidad que todavía inspira a miles de mexicanos y latinoamericanos que suscriben los valores y creencias del universo simbólico forjado en la popular trilogía Nosotros los pobres, Ustedes los ricos y Pepe El Toro. Como bien apuntó en su momento Carlos Monsiváis, las películas instalaron el melodrama como parte de la cultura nacional e impusieron valores como “es mejor ser pobre y honrado, que ricachón sin escrúpulos”, aunque la llamada narcocultura ha trastocado tal imaginario.

Pero el hecho de que el estereotípico macho mexicano sombrerudo, parrandero y jugador, que entre la década de los años 20 a los 40 constituyera un rasgo de la identidad nacional, tal como lo propuso Manuel Esperón en ese himno nacional alterno que constituyó: Yo soy mexicano, se convirtiera en una figura prescindible en el contexto de vertiginosa modernidad, no implicó que el machismo se debilitara, por el contrario, el cine mexicano ha jugado un papel fundamental en el registro de los cambios en las patriarcales masculinidades mexicanas, y el trabajo actoral de Pedro Infante es fundamental en tal proceso.

Los estudios de género de los hombres han develado el papel que el patriarcado tiene en la configuración de las identidades masculinas, pues, en este punto, es justo enunciar lo obvio: no todos los hombres son iguales, su posición en el mundo y su poder están determinados —como en el caso de las mujeres— por la clase social, la educación, la etnia, la edad, la religión, las preferencias sexuales, la nacionalidad. Lo cual queda claramente planteado en el film Dos tipos de cuidado (Dir. Ismael Rodríguez, 1953), donde se recrea un conflicto por el uso del agua encubierto por una disputa amorosa.

Pero hay otras miradas que esta película, al igual que Pablo y Carolina (Dir. Mauricio de la Serna, 1955), ha suscitado entre investigadores, como Jorge Ayala Blanco y Sergio de la Mora, quienes postulan que el tema de la homosexualidad es latente en estas películas y en las populares ATM (1951) y Qué te ha dado esa mujer (1951), pero el conflicto es resuelto dentro de la moral heterosexual dominante, mediante la consolidación de la tranquilizadora unión entre un hombre y una mujer.

Recientemente, la película Coco, de los estudios Disney/Pixar, recrea a un héroe cantor de la cultura popular mexicana. Ernesto de la Cruz se llama el polémico personaje, para algunos, inspirado en Pedro Infante. ¿Será? El caso es que este hombre carismático accedió a la inmortalidad cuando murió, a los 39 años, en un fatídico accidente.

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