El quetzal
Considerada una especie divina entre las culturas prehispánicas, esta ave es como Guatemala: pequeña y bella en su canto.
A Guatemala
¡Quiau, quiau! ¡Quiau, quiau! Así hablan los quetzales. Sus silbidos atraviesan finamente la humedad fría del bosque nuboso, lugar donde colocan sus residencias. Allí donde la altitud es mayor a mil 500 metros sobre el nivel del mar, generalmente en las cumbres de la montañas, se sienten cómodos. Les gusta vivir dentro de los troncos huecos de árboles donde la savia, ese icor arbóreo, ha dejado de fluir. Son mesoamericanos, habitan desde el sur de México, pasando por Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, hasta llegar a Panamá. Aunque la palabra denotó originalmente al quetzal resplandeciente (Pharomachrus mocinno), se usa en la actualidad para referirse a cualquiera de las cinco especies de quetzales que viven hoy en día.
El quetzal resplandeciente o guatemalteco es la especie más grande. Son aves de tamaño mediano, miden unos 40 centímetros de largo y pesan alrededor de 200 gramos. Presentan dimorfismo sexual, es decir, los machos y las hembras son diferentes. El macho cuenta con un sello inconfundible, goza de una estilizada cola, formada por las plumas timoneras, cuya longitud sobrepasa por mucho la del cuerpo total. Normalmente mide 65 centímetros. Su plumaje es de un verde exquisito que destella desde verdes áureos, hasta azules violáceos. El pecho se pinta de rojo y carmesí, sobre el cual descansan las plumas coberteras verdes, formando unos flecos característicos. Posee una cresta verde, su pico es amarillo y sus ojos negros. La hembra es más modesta en sus atavíos –no es de esas féminas superficiales abundantes en los centros comerciales–. Su cabeza emana un elegante verde bronceado metálico, carece de cresta y cuenta con un pico negro. Su pecho es marrón oliváceo. Las plumas cobertoras de sus alas, espalda y cola son de verde oro. El carmesí está confinado a la parte baja de su abdomen. Su cola es corta. Cuando no procrea, el quetzal es un ave solitaria; cuando empolla, es monógama y ambos padres cuidan a los pequeños. Los pollos nacen con una uña en el ala, reminiscencia atávica. Se alimenta de insectos, ranas pequeñas y frutos. No vuela rápido y permanece mucho tiempo posada tranquilamente, por ello es complicado verla.
La leyenda narra que es imposible tener quetzales en cautiverio. Encerrados tras barrotes, mueren. Algunos zoológicos han conseguido mantenerlos vivos dándoles espacios vastos y humedades altas; sin embargo, sólo una vez se han reproducido.
El refinamiento iridiscente de su decorado fue muy apreciado por los mayas y los aztecas, quienes utilizaban las plumas para ornamentar los tocados de la nobleza. Ellos consideraban divina al ave, ligada al dios Quetzalcóatl –quien comparte el étimo–, estaba prohibido matarla y únicamente se le atrapaba para robarle unas plumas de su vestimenta, luego se le dejaba en libertad. Según se dice, «quetzal» proviene del nahua y significa «hermoso», adjetivo que confirma su fama como el ave más bella del mundo.
El quetzal es como Guatemala, es pequeño, mas sorprende por su hermosura cuando se tiene la fortuna de admirarlo. Habla desde el Sur, bajito, no canta, pero es adorable si uno cierra el pico y le escucha silbar.
