Partidos: entre la crítica y el denuesto

El registro de tres nuevos partidos políticos ha generado críticas justificadas por los graves vicios y deformaciones de nuestro sistema de partidos; pero también ha desatado una nueva andanada mediática por parte de quienes buscan recurrentemente debilitar la esfera de ...

El registro de tres nuevos partidos políticos ha generado críticas justificadas por los graves vicios y deformaciones de nuestro sistema de partidos; pero también ha desatado una nueva andanada mediática por parte de quienes buscan recurrentemente debilitar la esfera de lo público, para fortalecer grandes intereses privados que, sin duda, estarían más cómodos sin las restricciones que sólo les pueden imponer los partidos políticos a través de las instituciones democráticas. De allí que estime pertinente hacer algunas consideraciones.

Los partidos políticos son instituciones imprescindibles en las democracias representativas. No gozan de buena fama entre la mayoría de la gente porque encarnan el lado humano e imperfecto del sistema, y por ello suelen ser objeto del malestar social. Pero lo cierto es que resulta ocioso pensar en un régimen democrático sin estas formas de organización ciudadana, pues no hay otra fórmula pacífica, plural y legal de aglutinar y ordenar ideas, intereses, recursos y liderazgos para la disputa por el poder. Así, donde la democracia tenga vida y permita, en contraste con las dictaduras, la formación pacífica, plural y legal de órganos de gobierno representativos, habrá partidos políticos.

El debate sobre la mejor forma de diseñar y regular los sistemas de partidos es rico e inagotable. En principio, la clave consiste en encontrar la fórmula constitucional más adecuada para hacer funcional la formación y ejercicio del poder en la pluralidad. Esto involucra, además de componentes históricos de cada caso, por lo menos tres exigencias: establecer reglas y procesos eficaces para garantizar la participación ciudadana en los partidos; configurar la mejor combinación entre el sistema electoral —mayoría, representación proporcional o mixto—, el sistema de gobierno —parlamentario o presidencial, o sus derivaciones— y el sistema de partidos que, en conjunto, genere el justo equilibrio entre representatividad y gobernabilidad; y definir principios y mecanismos a favor de la equidad y la transparencia en el financiamiento de sus actividades. No hay una fórmula universalmente válida o infalible. Todas las democracias enfrentan dificultades para atender estas exigencias.

En nuestro caso, está clarísimo, el diseño y las reglas del sistema de partidos no han dado como resultado una democracia abierta a la ciudadanía, más allá del voto; ni el equilibrio deseable entre gobernabilidad y representatividad; ni reglas que aseguren equidad y transparencia en el financiamiento. Pero una cosa es repensar, ajustar o rediseñar el sistema de partidos, con el fin de corregir vicios y deformaciones, y otra, muy distinta, denostar sistemáticamente a los partidos y, con ellos, a las instituciones democráticas. No es una diferencia menor.

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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