El puritano y la conversa

José María Martínez y Purificación Carpinteyro nos confirman que no hay que fiarse mucho de esta gente.

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Alberto Begné Guerra 30/06/2014 02:09
El puritano y la conversa

Los puritanos y los conversos siempre me han provocado desconfianza. A los primeros suele caracterizarlos la doble moral; a los segundos, la impostura. En sus expresiones extremas, ambos llevan consigo una visible carga de odio. Los primeros pretenden que sólo hay una verdad, la suya, y buscan imponerla a los demás; contrarios al principio fundador del pensamiento liberal, la tolerancia, odian, juzgan y condenan a quienes son diferentes a ellos. Los segundos pretenden que la verdad son ellos mismos, estén donde estén, hagan lo que hagan, y sin pudor mudan sus ropajes religiosos o políticos para revestirse de lo que sea conveniente para sus intereses, según las circunstancias; odian y confrontan con furia a quienes son como ellos fueron —o siguen siendo, bajo el disfraz en uso— porque no toleran los rastros de su pasado.

Unos y otros siempre han estado y seguirán estando por ahí, en todos los tiempos y lugares, en todos los partidos y en todas las iglesias. Pero en México los tenemos en abundancia, quizá por el arraigado conservadurismo en importantes segmentos sociales y por la flaqueza ética e ideológica de nuestra democracia. No habría que hacerles mucho caso, dada su mala entraña, si no fuera porque a veces los puritanos llevan al terreno de la acción la pretensión de imponer su verdad a los otros, y porque en la naturaleza de los conversos está engañar bajo el cobijo de su impostura, afectando derechos e intereses legítimos de los demás. 

Un senador de poca monta, mucha intolerancia y proverbial estulticia, el panista José María Martínez, desde la inexplicable Comisión de la Familia y el Desarrollo Humano del Senado, pontificó desde una tribuna democrática en un Estado laico, como si estuviera en el púlpito, contra los derechos y las libertades constitucionales de los homosexuales, las mujeres que deciden interrumpir un embarazo, las familias no tradicionales y, en suma, contra cualquier persona con convicciones, creencias y preferencias diferentes a las suyas, quienes, según este pequeño inquisidor, no tendrían derecho a hacer sus vidas.   

Una diputada enfáticamente crítica, tan beligerante como severa en sus juicios, Purificación Carpinteyro, cuya supuesta mudanza a la izquierda no pasa ni siquiera la prueba del lenguaje, no se diga de las ideas y los principios, fue exhibida sin el maquillaje de su impostura en un conflicto de intereses que, más allá del espectacular cinismo con que lo explica, no tendría mayor consecuencia que su merecido desprestigio si no fuera porque, por encima de su suerte personal, también desprestigia y debilita una causa de interés público: la apertura y la competencia en el sector de las telecomunicaciones.

El puritano y la conversa nos confirman, debo insistir, que no hay que fiarse mucho de esta gente.  

                *Socio Consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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