Que Dios los agarre confesados

Si algo representaba el PAN era precisamente la opción de un ejercicio honrado del poder...

COMPARTIR 
Alberto Begné Guerra 27/01/2014 01:45
Que Dios los agarre confesados

El PAN está inmerso en un conflicto esencial. Las resoluciones de su pasado Consejo Nacional establecieron las reglas y trazaron la ruta para la renovación de su dirigencia, pero no significaron ningún avance en la recuperación de la riqueza doctrinaria, la fortaleza institucional y, sobre todo, la solvencia ética que, durante seis décadas en la oposición, fueron sus principales atributos. Tras 12 años en la Presidencia de la República, las premonitorias advertencias de don Luis H. Álvarez sobre el riesgo de ganar el poder y perder el partido han adquirido el peso irremediable de los hechos históricos. El panismo sucumbió ante el poder.

Por encima de los nombres de los actores en disputa; de sus logros y fracasos como gobierno; y de sus grandes aportaciones al proceso de cambio democrático en México, los 12 años en Los Pinos han dejado una secuela de daños que, a todas luces, no serán reparados con el triunfo de unos y la derrota de otros. Por ello, las distorsiones o legalidad de la contienda interna resultan poco relevantes para su futuro, pues los grandes desafíos para una reinvención real y creíble del PAN están en otra parte.

En los ámbitos doctrinario e institucional, la polémica es sana y necesaria. La traducción de principios ideológicos en reformas legislativas y programas gubernamentales, así como la vida institucional de un partido gobernante, suelen producir crisis de identidad y autonomía. Pero lo que hace falta es debate, no la guerra sucia a la que se han volcado muchos panistas.     

Sin embargo, el más importante desafío se refiere a su solvencia ética. Nada, en efecto, ha hecho más daño al PAN que las acusaciones de negocios indebidos y desviación de recursos públicos que involucran a legisladores, funcionarios públicos o gobernadores surgidos de sus filas, sea bajo la forma encubierta de tráfico de influencias o como corrupción abierta. Es ahí donde radica su fracaso histórico y cultural, pues si algo representaba el PAN era precisamente la opción de un ejercicio honrado del poder, ante el hastío de una buena parte de la sociedad que, durante siete décadas de dominio del PRI, se resistió a asumir la corrupción como una fatalidad nacional.

En esta perspectiva, da más o menos lo mismo cuál de los grupos en pugna gane la batalla por la dirigencia. Conflictos políticos, bien o mal resueltos, hay en todos los partidos, pero un problema de esta naturaleza y magnitud rebasa por mucho los alcances de una contienda interna y exige un deslinde sustentado y legal de responsabilidades. El PAN enfrenta una crisis esencial donde están en juego la credibilidad y el futuro de una organización vital para la democracia mexicana. Si no asumen la gravedad del problema y optan por aniquilarse, sólo cabe desearles que Dios los agarre confesados.

                *Socio Consultor de Consultiva    

                abegne.guerra@gmail.com

Comparte esta entrada

Comentarios