Dictadura de la corrección política

El problema de desviar la atención, en términos de palabras e intenciones es que con facilidad se cae en los excesos.

Esta semana se escribió algún artículo sobre el grito que la afición futbolística hace cuando despeja un portero y que, habiendo nacido en México, se ha desperdigado por otras aficiones del mundo. En dicho artículo se explica que el uso de la palabra “puto” en el futbol es discriminatorio y ofensivo. Yo no estoy del todo de acuerdo y me explico a continuación.

La corrección política es una enfermedad progresiva e incurable que ciega a sus promotores de las cosas verdaderamente importantes y los conmina a dedicar el tiempo a tonterías. Desde mi punto de vista la palabra “puto” gritada en manada no lleva consigo la intención insultar al homosexual, que debería de ser lo condenable. La corrección política tiene la tentación de confundir las palabras con intenciones que, junto con el fin de la intención, debería ser lo vigilado y protegido por el Estado. A ver si nos entendemos ¿Qué es lo importante? ¿Que el Estadio Azteca le grite “puto” al portero de la selección de otro país o que alguien no le dé empleo a una persona por ser homosexual? Desde luego lo segundo es mucho peor y ese tipo de discriminación se práctica todos los días y es el verdadero enemigo.

El problema de la desviación de la atención, en términos de las palabras y las intenciones es que con facilidad se cae en los excesos. Hay otros países que nos llevan una delantera enorme en ello. En EU, por ejemplo, han generado un desastre lingüístico considerable. Un ejemplo perfecto es la palabra black, que por sí misma no conlleva intención alguna, pero que ahora no puede ser pronunciada por blancos (perdón, caucásicos), quienes deben ahora llamar a los hombres de raza negra african americans. No queda muy claro cómo debe llamársele a algún descendiente de los Boers o si debemos llamar a un hombre de raza negra de origen africano afro african.

En España a algún político se le ocurrió que para abonar a la igualdad, los anuncios de ofrecimiento de empleo debían hacerse en género masculino y femenino, para regocijo de los periódicos que cobran por palabras: “se requiere médico o médica”. Nunca supieron qué hacer cuando se requirió un pianista. Las políticas de diversidad deben ser garantes de la igualdad de condiciones y oportunidades, y no convertirse en el azote del hombre blanco (perdón, caucásico) y heterosexual. La ley del péndulo.

Volviendo al tema del grito futbolero, el autor acierta en diagnosticar que el grito implica que el homosexual es igual a cobardía, que es una implicación, desde luego, equivocada. Sin embargo, pretender modificar siglos de cultura e idiosincrasia universal con respecto a la hombría, virilidad y la guerra, que es parte de la historia de toda nación, es una tarea difícil que también distrae de lo importante.

El punto es que debemos fijarnos en lo importante. Debemos dar derechos y obligaciones a las minorías y garantizar su trato de igualdad absoluta en nuestra sociedad y protegerlas del insulto o la discriminación, pero no debemos empezar a satanizar palabra y cultura, porque nos vamos a meter en un berenjenal (no sé si esto es discriminatorio de las berenjenas).

Los progresistas del mundo han sido quienes han patrocinado mucha de la absurda confusión de términos a la que me he referido, sin embargo, me llama la atención que no se exalten por otros excesos lingüísticos, cometidos por sus huestes. Esta semana dos líderes de partidos de izquierda amenazaron con “estallidos sociales” en caso de que el TEPJF valide la elección presidencial y nadie dijo ni pío.

                *Abogado y opinante

                llomadrid@gmail.com

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