Twitteratura

Lo menos que nos merecen los nuevos géneros es explorarlos

Uno puede pasarse un rato, meses, años tal vez, ignorando nuevos caminos que provocan comezón de entrada. ¿Qué trascendencia le concedía yo al impacto de las redes sociales en la cultura? Ninguna y no me da pena porque el escepticismo es elemento irrenunciable de mi científica formación. No en vano pasa el tiempo y el tema adquiere mayor claridad. ¿Nuevo género la twitteratura? Discutidísimo. Algunos literatos mutando ya a twitteratos, otros mantienen su desdén, como cuando ignoramos algo esperando que sólo por eso deje de ocurrir. Ciento cuarenta (¿y cuatro?) caracteres hacen la regla indispensable para lo que con ellos se consiga expresar. Muchísimos menos que los que generosamente me brindan mis editores cada semana, y yo me quedo con casi todo por decir, entrenando duro para cicatearle palabras a mis textos, regatear con el lenguaje y permitirle acceso a la pantalla sólo a aquello que de verdad me suene. Habrá sido esa mi primigenia vía a la reflexión de hoy. Las redes demandan expresión, ¿porqué no cultivarla, pulirla, volverla arte?, para los que quieran —claro— disfrutar de algo así. A estas alturas cualquier novelista habrá suspendido la lectura de mis líneas, aunque habrá cuentistas maestros de la brevedad, ejemplos de sobra conocidos: Augusto Monterroso, Luis Felipe Lomelí, más reciente el trabajo de Alberto Chimal o Cristina Rivera Garza. Mi razonamiento ha sido histórico: primero fue la poesía, luego la prosa, porque las letras nacieron y crecieron ponderando la capacidad de expresar con brevedad. “Prosaico” viene de ahí, en tanto se consideraba tal lo que estuviera escrito en prosa, el “género sucio”, dice Vargas Llosa, el de los que no pueden hacer poesía. Algún valor tendrá la brevedad que reclama Twitter, y quizá la visión de reto sea la más adecuada ahora. Quisieras 300 páginas; exprésate en un espacio infinitamente menor, que te demanda depurar al extremo cada cosa que digas: un concentrado, un elíxir de aquellos que ofrecía la alquimia, una joya —se me ocurre— conteniendo la belleza en su pequeñez. No puede haber mejor ejemplo que el del haikú de la literatura japonesa: tres versos de cinco, siete y cinco moras respectivamente; siempre menos de nuestros 140 reglamentarios. Claro que hay poetas y poemas prolíficos, como habrá verdaderos maestros de la brevedad; yo admiro en particular muchos versos así de León Felipe. ¿Twitteratura por entregas? Tolstoi publicó su interminable Guerra y Paz en entregas semanales a una revista. Opción, nada más. A mí no me gusta y me iría por lo que se dijo en un solo mensaje, tomando en cuenta la segunda regla básica: lo twitterario es transitorio, fugaz, se dice, se lee y se pierde en un universo infinito de caracteres siempre irrecuperables.

Asúmaseles perecederos, efímeros y considérese además que ante la brevedad lo que de verdad importe sea la obra; el autor podría ser sencillamente irrelevante: el arte ideal según yo. Facebook también es terreno de expresión literaria. Ejemplifico con una página: Flores del Amor Profano, iniciativa de inefable poeta chihuahuense que —estoy seguro— preferirá hoy el anonimato en su autoría. ¿Qué se publica ahí? Lo que quiera cualquiera de los 65 miembros. La mayor parte del trabajo no llega al 140 límite y ahí han aparecido verdaderas maravillas, eso sí, invariablemente fugaces conforme implacable avanza la página de abajo hacia arriba desechando lo que estaba escrito. Algunos ejemplos, ninguno con el nombre del autor: “si fueras un conejo tu luz algún día una zorra celosa…”, “La luna que en tu boca se anida, causa mareas río abajo, cielo arriba”; “Al primer hombre lo desterraron de un jardín, pero llevaba el Edén tomado de su mano”; “Perdida en el origen de mi ser me encontré con el silencio maestro y mejor amigo, universidades y libros fueron obsoletos ante él”; “el miedo camina desnudo en el alba”; “gotea la tristeza en los crisantemos asesinados”; “silencio tatuado”; “volé por el lado azul de su corazón”; “imbatible pesadumbre quédate conmigo”.

Lo menos que nos merecen los nuevos géneros es explorarlos.

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