Los magnicidios que marcaron el centenario
A partir de hoy inicia una serie de artículos sobre las principales noticias de relevancia política y jurídica que El Periódico de la Vida Nacional ha cubierto en los últimos 100 años

CIUDAD DE MÉXICO.
I.Una reflexión preliminar.
Con motivo del Centenario de Excélsior, convenimos en elaborar una serie de artículos especiales que aparecerían a lo largo del año. La temática estaría compuesta por algunas de las principales noticias jurídicas y políticas que han ocupado las páginas de El Periódico de la Vida Nacional en diversos momentos de estos 100 años.
Hoy comenzamos con una narrativa dedicada a los magnicidios, entendidos en su acepción más simple del asesinato de personas importantes. Pero esto había que acotarlo o correríamos el riesgo de escribir una publicación bibliográfica y no periodística.
Así que la primera limitación que nos impusimos es que fueran los magnicidios suscitados en México. No obstante, hacemos una brevísima mención a algunos de los sucedidos en otras latitudes.
La segunda limitación fue que se tratara de homicidios así registrados por la ley y no de aquellos que sólo fueron archivados en el rumor popular. Sin embargo, mencionamos algunos de los que se instalaron en la imaginación de aquellos que no requieren pruebas, sino fantasía.
Por último, aunque nos ajustamos a tan sólo los magnicidios consumados, también mencionamos de paso a aquellos conatos que quedaron en el terreno de la tentativa. Es evidente que estos también fueron noticia.
Vamos, pues, a nuestro primer especial del Centenario de Excélsior.
II. Una reflexión sobre la muerte política.
En los periódicos no siempre se habla de las muertes, pero sí de los muertos. Dice la canción mexicana que hay muertos que no hacen ruido, pero hay muertos que hacen mucho ruido. Hay muertos que están bien vivos en la historia de México. Muchas de nuestras vivencias cotidianas son una interlocución con los muertos.
Quizá por eso, durante siglo y medio vivimos en un debate silencioso sobre la consumación de la Independencia. Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero nos acosaban de manera cotidiana. Cuando niños en la escuela no entendíamos con claridad lo que había pasado en el nacimiento de México. Los padres de familia no lo sabían o no nos lo querían explicar. Los políticos tomaron frente al tema lo que hoy se llamaría una sana distancia. Después de tanto tiempo alguien tomó la decisión y sacó la tarjeta roja. Se decretó, quizá injustamente, que Iturbide no había servido para nada. Que Acatempan es sólo una pintura. La historia oficial resolvió el debate nacional. Se nos enseñó que hay muertos a los que hay que matar.
Después vino la Reforma. Juárez vive. Los liberales estamos convencidos de ello y no hay poder político ni fuerza sobrehumana que nos seduzca en sentido contrario. Sin embargo, los conservadores siempre han afirmado o deseado que esté muerto. Por eso instalaron dictaduras hace años y persisten para instalar las de nuestros días. Por eso tienen un proyecto nacional para desmantelar la escuela pública, el sistema laboral, la reforma agraria, la seguridad social, el patrimonio nacional y todas las conquistas que se han logrado para México. En su más íntima conciencia también están convencidos de que Juárez vive y por eso están conspirando para matarlo. En efecto, hay muertos que están vivos.
Con la Revolución Mexicana se instalaron muchos sistemas de estabilidad. Entre ellos el de la remisión de todas las disputas. Sin embargo, dentro del propio sistema, hubo una que prácticamente no fue superada. La que se generó entre Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas del Río. En casi todos los temas de disputa política los correligionarios de ambos se han afanado en lograr un empate político. Como ejemplo está el asunto del juego. Calles lo defendía. Cárdenas lo combatía. Para asegurar el empate hicimos un batidillo. Ley dictatorial pero autoridad alcahueta. Durante mucho tiempo en México no se permitió el juego, pero se jugaba mucho.
Pero La Parca fue más allá de los equilibrios de partido. Calles y Cárdenas murieron en la misma fecha, aunque en diferente año. Su partido los tiene que conmemorar el mismo día y así será por todos los años. Pero, además, los dos duermen para la eternidad en el mismo mausoleo. Extraños conjuros guarda el destino para los hombres que, siendo todo-poderosos en vida, dependen para el gran futuro de la voluntad, de los deseos o de los meros caprichos de los humildes mortales.
Pero, también, cuánto dependen los vivos de los muertos. Desde luego mucho en la historia, pero también mucho en la política. Es cierto, hay muertos que están vivos. No es cierto que todos están callados. Hay muertos que hacen mucho ruido. ¿Estamos seguros de que ya murieron Maximiliano y Porfirio Díaz? ¿Ya son finados todos los de Tlatelolco y los del Jueves de Corpus? ¿Estará muerta Eva Perón o sólo quiere cambiar de nombre?
Los muertos se parecen mucho a los vivos en la política. Son atrayentes y seductores pero, en algunos momentos, no dejan de dar miedo. En otros invitan a la reflexión. Se prestan para el disfraz. Pero, sobre todo, para ver hacia adentro. Para recordarnos que abajo de la vestimenta, el rostro, la máscara e incluso de la banda no hay más que hueso. José Guadalupe Posada vio de esa manera la política prerrevolucionaria.
Debo aclarar que, en una retrospectiva histórica, hay muertes que influyeron en los destinos mexicanos del pasado y, quizá, del porvenir. Muertes reales y no metafóricas. Digo esto porque hoy habríamos de agregar mucho de lo que la política mexicana ha tenido y tiene de terminal. Hoy tendríamos que adicionar muchos temas que servirían para las guasonas calaveras de no ser porque no estamos seguros de si son prácticas que han finado guasonamente.
Para comenzar se murió “El Tapado”. Esa tradición que sirvió para los fines de estabilización y pacificación para los que fue creada y que consistió en la participación determinante que el presidente en turno tenía sobre la formación, el posicionamiento y la ascensión de su sucesor.
Para proseguir se murió el presidente fuerte. Ese hombre que, al mismo tiempo, usaba banda presidencial y corona real. Que, simultáneamente, era jefe de Estado, jefe de Gobierno, jefe de Fuerzas Armadas, jefe de política exterior, líder de partido, líder de Congreso, comando de justicia, pro hombre de los gobiernos estatales o municipales y factótum de la sociedad civil. Ese hombre que, por no tener enemigos ni oponentes “de a de veras”, se convertía en un árbitro patriarcal de los pleitos de los demás, puesto que nadie se peleaba con él.
Para continuar se murió el presidente libre. Ese jefe que no se la debía a nadie porque gran parte de su éxito consistía, precisamente, en no tener compromisos. Que, por las deudas contraídas con su antecesor, era forzado por el sistema a que las pagara o las desconociera de la manera más inmediata. Pero que, gracias a ello, su palabra tenía valor supremo para nacionales y para extranjeros. Para comprometerse no tenía que consultarlo con nadie y, por ello, el “sí” y el “no” presidencial tenían el valor de una escritura.
También finó el sistema de partido fuerte sin haber tenido heredero, legatario o descendiente natural. Un intestado político porque no ha sido y parece que no será un pluralismo fuerte el tránsito hacia nuestra democracia, sino un pluralismo débil y frágil. Quizá, con esto, también la democracia mexicana pueda sufrir una muerte prematura. A lo mejor hasta estamos hablando de nonatismo.
Hay muchas otras cosas en nuestro sistema político que han muerto o están en riesgo de perecer. La gobernabilidad, la revolución mexicana, el sistema de partidos, el constitucionalismo y no sabemos si también las libertades, el federalismo y la soberanía. Estamos plenos de capillas ardientes. Estamos rodeados de criptas funerarias. Estamos circundados de morgues y forenses. De ataúdes, de féretros y de catafalcos. De espectros, de zombis y de momias. Algunos hasta dirían que los muertos andan sueltos. Que hay que colocarlos en sus fosas y mandarles a decir sus misas para que, si no reviven, por lo menos descansen en paz.
Esto es un rápido recuento de muertes, desde las naturales hasta las accidentales y las intencionales que, de alguna manera o de otra, influyeron para que la ventura política acompañara o abandonara a diversos personajes de nuestro acontecer nacional. No son historia ni constancia. Solamente síntesis de tradición oral y de reseñas de mano segunda. En algunos casos me basé en lo que hemos escuchado. Algunas notas las tomé de mi libro El jefe de la banda, con la debida autorización.
*Presidente de la Academia Nacional, A. C.
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