Norberto Rivera Carrera, en sus 50 años sacerdotales

Es un hombre de su tiempo, lo cual no implica ninguna infidencia ni con su dios ni con su patria. Por el contrario, ayuda a entendernos y a conciliarnos unos con otros

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Para mi hermano Norberto,

por una vida fructífera

CIUDAD DE MÉXICO.

Nuestros encuentros

En los momentos previos a la misa conmemorativa del 50º aniversario de la ordenación sacerdotal de Norberto Rivera Carrera, me invadieron muchos recuerdos de lo que ha sido nuestra amistad, que yo la he sentido fraterna.

Allí, sentado en un cómodo sitial de nuestra Catedral de la Asunción de María, más reconocida como Catedral Metropolitana, mi memoria navegó por episodios gozosos y por otros dolorosos. Además, me surgieron reflexiones sobre su manera de ser y de proceder.

De entre los felices, recordé la boda de mi hija, que el cardenal Rivera me concedió su oficio, no obstante la incomodidad de trasladarse fuera de la capital para bendecir esas nupcias. En su momento, le rogaré que haga lo mismo en el matrimonio de mi hijo, cuando llegue el caso. Esto, porque mi familia lo siente como un propio y no como un ajeno.

Aquí comparto algunos de esos encuentros y de esas reflexiones.

Nuestro encuentro en la Academia Nacional

Siempre ha sido muy congruente el pensamiento y el discurso del cardenal y arzobispo Norberto Rivera Carrera. Es un hombre que sabe, a la perfección, donde debe instalarse la acción de los hombres de Dios y donde debe instalarse la de los hombres de Estado. Pero, además, es un hombre de religión y de fe que reconoce el mérito histórico de la Reforma Liberal Mexicana. Por eso aceptó, en el año 2003, la imposición que se le hizo de la Gran Orden de la Reforma. Es esta la máxima condecoración que confiere la Academia Nacional que es una de las tres más importantes organizaciones liberales mexicanas no masónicas.

Por eso no me parecen extrañas ni insólitas sus palabras sobre Juárez. Ese mensaje ya lo habíamos escuchado los académicos en la ocasión que he mencionado. Norberto Rivera es un hombre de su tiempo, lo cual no implica ninguna infidencia ni con su dios ni con su patria. Por el contrario, ayuda a entendernos y a conciliarnos unos con otros.

Porque está en sus respectivas naturalezas que la política y la religión se distingan y se respeten. Pero, también es cierto que, en ocasiones, pueden entrar en ruta de colisión y de conflicto, sobre todo si no se cuenta con el talento y la voluntad de los gobernantes y de los pastores.

Nuestro encuentro en El Proceso de Cristo

Aquí aprovecho para destacar un agradecimiento muy especial. Cuando se acercaba la terminación de la escritura de mi libro El Proceso de Cristo, me pareció de la mayor importancia, literaria y personal, el contar con la participación prologal de un alto ministro de la Iglesia católica. No me quedaba duda de su nombre. Tendría que ser Norberto Rivera. Desde hace muchos años lo he apreciado como amigo, lo he admirado como hombre de fe y lo he respetado como importante pastor espiritual.

Sin embargo, varias razones me dificultaban la invitación. La primera, que la premura me parecía descortés. Invitar, como prologuista, a un hombre importante y ocupado para que, en unos cuantos días, leyera un libro mío y, por añadidura, produjera un comentario de fondo sobre él, era lo más cercano a una majadería. 

La segunda era menos clara pero más profunda. Aunque mis planteamientos, como ya lo dije, son exclusivamente jurídicos y, aunque el cardenal Rivera es ministro de la Iglesia católica y no ministro de la Suprema Corte, no estaba seguro si alguna de mis afirmaciones pudieran molestar a su fe personal o a la de su Iglesia. De ser así, no me inquietaba que me lo dijera, sino lo contrario. Que su amistad y su generosidad lo hicieran callar y asociarse con el pensamiento de un abogado amigo, aunque no lo compartiera. Eso sería, de mi parte, lo más cercano a una desconsideración. 

Por diversos azares lo comenté con Olegario Vázquez Raña, uno de mis mejores amigos, y por coincidencia, uno de los mejores amigos de Norberto Rivera. De inmediato encontró una inteligente solución. Lo hablaría, en privado, con el cardenal y, de esa manera, sabría su libre voluntad. La respuesta afirmativa la obtuve en menos de cinco minutos.

Ya con esa confianza, me reuní con el arzobispo primado de México y cardenal de la Iglesia católica. El desarrollo del trabajo me había sembrado dudas. Toda la lógica del pensamiento jurídico no me resolvía, a plenitud, las cripticidades, los enigmas y los misterios de un proceso judicial tan importante pero tan complicado. Por fortuna, el hombre de religión me resolvió lo que yo no alcanzaba a resolverme como hombre de leyes.

Por cierto, me contó un episodio personal que yo no conocía y que me pareció muy importante, dado mi estudio sobre el tema. Me platicó que un día, allá en su infancia-juventud, vio una representación teatral del proceso de Cristo. Le produjo una impresión suprema. Tanto que, a partir de ello, decidió su vocación. Lo primero fue decidir entre ser abogado o sacerdote. Estoy seguro que hubiera sido muy buen abogado pero creo que su decisión fue la más acertada. Como quiera, me agradó saber que el tema le seducía y, por lo tanto, que en mi curiosidad por ese episodio histórico tan importante, no estoy tan solo.

El tema seduce sobremanera el pensamiento de Rivera y el mío. Ése es el verdadero sentido jurídico del drama de La Pasión.  Que no es una historia de hace dos mil años sino que se renueva en la vivencia cotidiana de nuestros días. 

Todos los días, en algún lugar del mundo, algún procurador de justicia se comporta como el procurador Poncio Pilatos. Todos los días, en algún lugar del mundo, alguien presenta o lanza acusaciones como lo hizo el sumo sacerdote Caifás. Y todos los días, en algún lugar del mundo, alguien es enjuiciado y sentenciado a la pura voluntad del capricho, como sucedió con Jesús de Nazaret.

Por eso nos preguntamos ¿qué tanto hemos cambiado en dos mil años?  ¿Algo ha cambiado?  ¿Algo cambiará en los próximos tres mil?  La historia de Jesús  ¿es del pasado, del presente, del porvenir o de siempre? ¿Es una historia plana y siempre presente o circular y, por lo tanto, recurrente?

El proceso de Cristo es uno de los más repugnantes monumentos de resolución judicial prejuzgada. Jesús de Nazaret estaba condenado de antemano. Su hábil silencio sólo vino a dejar en claro la sinrazón de su condena.

Por eso, bien decía Marcel Planiol que a los culpables es más fácil elegirlos que encontrarlos. Y esto ¿sólo fue cierto y valedero para el tiempo pasado o lo será, también, para el presente y el futuro?  No será que, parafraseando a Jesús Reyes Heroles, ¿hemos logrado cambiar todo para conseguir que todo siga igual?

Sin embargo, la elaboración del libro me dejó la certeza de que, aunque sea en lo mínimo y en lo íntimo, algo puede cambiar con tan sólo reflexionar un poco sobre esta historia de hace dos mil años.

Cuando inicié esa tarea tenía el conocimiento tan general y superficial que un católico occidental tiene sobre su religión y sobre la vida de su dios. La biografía de Jesús de Nazaret, lo sucedido en la semana de La Pasión, el proceso y la crucifixión. Pero, aun siendo ya un abogado experimentado, no había reparado en la injusta monstruosidad del juicio amañado y, sobre todo, de los prodigios que giran alrededor de él.

Entre ellos, la cantidad de sucesos que se dieron en tan poco tiempo. Suponiendo que la aprehensión en Getsemaní y, con ello, el inicio del procedimiento se hubiere dado a las 12 de la noche del jueves y que la resolución o irresolución final de Poncio Pilatos hubiera acontecido a las 12 del día del viernes, son pocas horas para tanto suceso. La propia detención, la comparecencia ante Anás, la presentación ante Caifás y el juicio ante el Sanedrín, la primera audiencia ante Pilatos, la remisión ante Herodes y la segunda y última audiencia ante Pilatos.

La Iglesia y Norberto Rivera me han dado una explicación. Que el ritual anual de conmemoración de la muerte de Cristo obliga a condensar en unos cuantos días todo lo que, quizá, no sucedió en doce horas sino en doce días. Pero no sería posible que los cristianos nos dedicáramos dos semanas a una conmemoración religiosa. Si esto es cierto, vale como un inteligente método de celebración ritual, una vez adaptada la realidad. Pero, aun así, dos semanas es un tiempo muy corto y, por lo tanto, prodigioso.

Otro prodigio es que, hasta los que quisieron o pudieron haber ayudado a Jesús de Nazaret, se equivocaron o se acobardaron. Pilatos, en la primera audiencia, no encuentra delito ni lo inventa, pero no libera al prisionero sino que lo envía con otro juez, Herodes Antipas. Error inexplicable. A su vez, este lo encuentra insensato e inimputable. Considera a Jesús como un locuaz inofensivo y lo exime pero tampoco lo libera sino que lo regresa a Pilatos. Error inexplicable. Por último, Pilatos en la segunda audiencia sigue sin encontrar delito y sin inventarlo. No tiene motivo ni voluntad para condenar y no condena, pero tampoco libera. Por error inexplicable omite resolver y sentenciar. Se “lava las manos” y concede permisividad para el linchamiento que no ejecución de sentencia.

De esto se desprende otro prodigio. Jesús de Nazaret estaba prejuzgado y condenado por los sacerdotes judíos pero también, y sobre todos ellos, estaba sentenciado y condenado por el Dios que era su padre.

En fin, gracias a Norberto Rivera pude ver que no todo está perdido. Algo puede cambiar, si es que no todo. Algo en nosotros mismos, sino en todos los demás. Ésa es la verdadera regalía autoral que me ha reportado este libro. Después de él, para mí ya nada es igual.

Para mi bien, algo cambió y creo que algo similar le ha sucedido a los lectores. Que nos congratulemos de que nosotros no estamos juzgados de antemano, que no estamos condenados de por vida, que a nosotros sí nos concedieron los privilegios del perdón y, por todo ello, que no moriremos para siempre. Frente a eso, todo lo demás es secundario y hasta insignificante. Que si me lo cree, se lo diga a otros para que, también, ellos se alegren de saberlo. Que, en lo que le guste este libro, lo disfrute como yo lo disfruté al escribirlo. Que, en lo que no le guste, lo vea con indulgencia como yo lo vi al leerlo. Y, sobre todo, que para su propio bien y el de sus seres más amados quienes, por esa sola razón, son los más importantes de su vida, algo cambie y, de ser posible, ya nada sea igual.

Nuestro encuentro en la capilla ardiente

La tarde del 5 de noviembre de 2008 llegué a la funeraria de la colonia Del Valle con el propósito de despedir a mi apreciado amigo Juan Camilo Mouriño. El momento era más que difícil para todos los que allí estábamos y creo que, también, para muchísimos mexicanos. Por eso, me confortó sobremanera la compañía y la conversación, durante las dos horas que allí estuve, con mi también respetado amigo, el Cardenal Norberto Rivera.

Por cierto que, en algún momento, me explicó que permanecería algunos minutos en silencio para rezar por el alma del finado. Allí pude observar su fervor y la fe que profesa sobre lo que los conocedores llaman la salvación y la vida eterna.

Pero, el resto del tiempo, nuestra plática fue muy dirigida a la memoria del ausente. Desde luego, también, a las consecuencias que podría acarrear un deceso tan complicado para la vida política nacional. Pero, allí, me permití comentar una buena parte de lo que aquí comparto. Aclaro que esto mismo lo charlé con el interlocutor a quien me refiero un poco más adelante.

Cuando el cardenal decidió retirarse me advirtió que lo haría con la mayor discreción y sin ningún afán protagónico. Me pareció que así había decidido que fuera toda su estancia y, quizá por ello, optó por un compañero de charla tan modesto como yo, en medio de tantas personalidades estelares.

Aunque ya ése era, también, el momento de mi retiro, no quise sumarme a la despedida cardenalicia, precisamente para coadyuvar con su discreción y decidí permanecer unos minutos más. Aclaro que lo hice en una plena soledad porque me pareció indebido buscar un nuevo asilo con los grupos de conversación que ya se habían ido formando. Me hubiera sentido y visto como un metiche y ese papel siempre me ha parecido muy poco elegante.

Mi decisión me sirvió de mucho. Convertí mi soledad en introspección y recordé, con agrado, mi amistad con Juan Camilo Mouriño, la cual tan sólo nos duró ocho años.

Después de 10 o 15 minutos de íntima reflexión volví en mí y decidí iniciar la marcha de mi salida. En el muy corto trayecto hacia la puerta me despedí de muchas personas. Pero tan sólo recuerdo a Enrique Peña Nieto porque me sorprendió verlo en México, creyéndolo en Europa. Me explicó su apresurado regreso, dada la desgracia acontecida.

De repente, cerca de un rincón me encontré con una pareja que estaba a solas. Eran el presidente Felipe Calderón y su esposa Margarita. Me detuve sin acercarme. Ella me vio y le informó de mi presencia a su marido. Al mirarnos, el Presidente y yo, le consulté con la mirada si era oportuno acercarme o si esa soledad suya había sido buscada y lograda por él mismo. Sin palabras, me contestó acercándose hacia a mí.

Allí, los tres quedamos conversando unos cuantos minutos. Le expresé mi condolencia por una pérdida tan grave para sus afectos y tan importante para su equipo de gobierno. Pero, también, le comenté lo que, minutos antes, le había dicho al cardenal Rivera. Que ese dolor presidencial se había vuelto lugar común en nuestra historia reciente.

Ésa fue la sexta ocasión, a lo largo de seis décadas, en que la muerte de su mejor amigo y más fuerte asociado político enluta a un Presidente mexicano. Miguel Alemán perdió a Héctor Pérez Martínez y a Gabriel Ramos Millán. Ruiz Cortines perdió a Enrique Rodríguez Cano. Carlos Salinas perdió a Luis Donaldo Colosio. Vicente Fox perdió a Ramón Martín Huerta. Y Felipe Calderón perdió a Juan Camilo Mouriño. En esos momentos, no imaginábamos que todavía faltaba la trágica muerte de Francisco Blake.

Para todos ellos fue un dolor insuperable. Para algunos de ellos fue, además, una derrota irreversible. Porque, por encima de todo, estos sucesos han derivado el curso de la historia política de nuestro país. Han sido muertes que cambiaron la vida de los vivos.

Desde luego que le subrayé que no estaba yo diciendo que el mal de muchos pueda servir de consuelo. Por el contrario, le estaba diciendo de la manera más clara que el haberme dedicado a la observación de la política me ha permitido saber que el dolor de una pérdida se complica mucho en el hombre de Estado quien, con la pérdida, al mismo tiempo sufre el dolor personal, la disfunción gubernamental y la confusión de destino. Por eso  tiene que aplicarse, de inmediato, no sólo a resanar su corazón sino, además y al mismo tiempo, a reparar el gobierno y a restaurar el destino.

Al final, fui yo, siempre buscando la prudencia, quien dio por concluida nuestra charla. Cuando salí de la funeraria, abordé mi automóvil, guardé silencio y cerré los ojos. Recuerdo que me impresionó que esa multitud de personas allí reunidas, poderosas unas, potentadas otras y prepotentes unas más, pero casi todas ellas acostumbradas a interrumpir a quienes se les antoje, hubieran respetado, con su lejanía, la conversación que un simple ciudadano estaba sosteniendo con el doliente presidente de su país.        

Nuestro encuentro en su doctrina

En muchas ocasiones las declaraciones de Norberto Rivera son una delicia para los juristas. Tienen que ver con una de las mayores controversias filosóficas de la ciencia del Derecho. Ellas se refieren a la preeminencia de las normas supremas. Trataré de explicarme, sobre todo para el amable lector que no es abogado.

Dependiendo de su posición filosófica frente a esta cuestión, los hombres del Derecho se dividen en dos grandes grupos. Los naturalistas y los positivistas.

Para aquéllos las normas de la ley deben su existencia y deben su obediencia a una norma natural preeminente. Así, por ejemplo, consideran que la vida, la libertad o la propiedad son derechos del hombre por el solo hecho de serlo y la ley lo único que hace es reconocerlos y adaptar su existencia al mandato de un imperativo moral, religioso o social que así lo determina. Incluso, que malhaya cualquier ley contra natura que desconozca o perturbe la vida, la liberad o la propiedad, siguiendo con nuestro ejemplo. 

Por el contrario, para los positivistas no existe norma preeminente que no sea la de la ley, lo que se llama Derecho Positivo. Para esta corriente no existen otros derechos del individuo como no sean los que consagran las leyes.  Así, si la ley de un país determina que los ciudadanos pueden ser dueños del petróleo de su país, pues en buena hora. Pero si en el país vecino se determina que dicho recurso natural sólo pude ser propiedad del Estado y no de los particulares pues, también, en buena hora. 

Ambas son valederas y adecuadas en tanto y en cuanto cada una de ellas responda a lo que cada uno de los pueblos que las expidieron consideran que deben ser sus reglas jurídicas sin que exista un imperativo preeminente que obligue a todas las leyes de todos los pueblos en el mismo sentido.

Ahora bien, vayamos aterrizando el asunto del cardenal y de los gobiernos.

Palabras más o palabras menos, el prelado ha dicho en sus homilías que el pueblo tiene el privilegio de apartarse del mandato de la autoridad cuando éste es contrario al bienestar de aquél. Esto es lo que, en la jerga de la política, recibe el nombre de “resistencia civil”. A esto es a lo que algunos agentes del gobierno han reaccionado con rapidez, aunque no con precisión. 

Y aquí es donde viene la ecuación del problema jurídico que hasta ahora no ha resuelto a plenitud la ciencia del Derecho. Porque la discrepancia entre naturalistas y positivistas queda muy en clara cuando se refiere a normas distintas de las constitucionales pero no cuando se refiere a la Ley Suprema, en lo cual ambas corrientes son más o menos similares aunque ambas renieguen de esa coincidencia. Todo ello porque las normas que provienen de la Constitución adquieren su validez siempre y cuando sean expedidas conforme a aquélla, así como que su contenido y alcance se atengan a su mandato.  Por el contrario, estas normas serían inválidas para los positivistas si contravienen a la disposición constitucional, aunque fueran muy coincidentes con la moral, la religión o la historia. 

Queda en claro que, frente a esto, los naturalistas privilegian el criterio contrario. Sin embargo, decíamos, en tratándose de la norma constitucional, las posiciones se acercan y casi se reducen los diferendos. Porque ambas consideran que la constitucionalidad, la cual no depende de otra norma, finca su validez en una suposición que, según en cada sociedad, podría llamarse como una voluntad popular, como una voluntad soberana o como una voluntad divina. Por ello, incluso ese fenómeno que los políticos denominan resistencia civil los juristas lo conocen como “derecho a la revolución” y su estudio y discusión consume deliciosas horas en la escuela de abogacía. 

Pero, decíamos también, que todo este asunto del cardenal y los gobiernos no tiene ninguna consecuencia real en la práctica concreta mexicana de hoy en día. La resistencia civil se atiene a lo que la ley le atribuye como consecuencia. Si se manifiesta en que el individuo no vaya a trabajar o a estudiar, pues tan sólo lo correrán o lo reprobarán.  La cosa se empieza a complicar si decide no pagarle al fisco o al banco. Aquí ya se arriesgará a consecuencias civiles o administrativas de embargo, de exacción o hasta de remate. No se diga si la protesta llega al extremo de concretarse en el desorden público o en el agravio a los derechos de terceros, pues en ese caso puede sobrevenir hasta la prisión. Por lo demás, nadie debe llamarse a alarma ni a escándalo. 

Todos estos affaires sirven para lo que casi siempre han servido. Es decir, para una interesante polémica que nos estimula y nos seduce para recordar nuestras discusiones escolares de la juventud. Hace tiempo, cuando estudiábamos en la escuela de abogacía, un grupo de condiscípulos solíamos aplicar largas y numerosas horas a vehementes, aunque inexpertas, discusiones sobre la naturaleza filosófica de la justicia. Ese grupo de improvisados jurisfilósofos juveniles frecuentemente se extraviaba en las razones de Platón y de Aristóteles, de santo Tomás y de san Agustín, de Kant y de Hegel, de Radbruch y de Kelsen.

Debo decir que, como desde muy joven abracé la doctrina positivista del Derecho y de la justicia, paulatinamente me fui alejando del pensamiento naturalista y deposité todas mis esperanzas en la justicia de los hombres, hoy tan derrotada. A la justicia de los hombres he consagrado mi esfuerzo profesional y, si existe la reencarnación, lo volveré a hacer cuantas veces tenga ocasión. 

Sin embargo, debo reconocer que a veces me gustaría creer en la inmanencia de la justicia. Confiar en que todo delincuente será aniquilado por una tormenta eléctrica. Suponer que todo ladrón podrá disfrutar de sus mal habidas riquezas, lo mismo por enfermedad que por amargura. Estar seguro de que todo funcionario corrupto será despreciado fracasará políticamente y todos le retirarán su amistad. 

Bella ensoñación que promete una justicia que no se tuerce, no se cansa, no se asusta, no se equivoca, no se arrodilla y no se vende. Total, el problema sigue siendo el mismo de hace casi dos mil años. La infalible fórmula de dar al César y a Dios lo que es de cada quien sigue batallando por descubrir y resolver lo que es de Dios y lo que es del César para poder efectuar el correcto reparto y la idónea adjudicación.

Nuestro encuentro en la vida

El cardenal y arzobispo primado de México es un hombre de cualidades muy recias y muy constantes. Las requiere para su encomienda que no es sencilla ni simple. Dirige una de las arquidiócesis más pobladas, si no es que la más, del mundo católico. En un país que es el segundo en magnitud de feligresía. Pero, por si fuera poco, con muchos ingredientes de complejidad adicional.

Para comenzar, México es un país donde se han entronizado la pobreza, la inseguridad y la injusticia. Además, hemos estado a punto de entronizar la ingobernabilidad. Se me dirá, con cierta razón, que resolver eso es problema del gobierno mexicano no de la Iglesia católica. Estoy de acuerdo. Pero a lo que me refiero es a la forma que ello impacta no en el país de Norberto Rivera y de sus ciudadanos, sino en su religión y en sus feligreses.

Porque es la suya una religión que se basa en la paz, en la fraternidad y en el amor que los unos se tengan para con los otros. Pero resulta que, al hablar de los principales problemas mexicanos, estamos hablando de que muchas ovejas de ese rebaño asaltan, secuestran, violan y matan a otras ovejas. Que muchos de sus borregos son explotados, engañados y humillados por otros. Y que muchos cabritos revuelven y enturbian las aguas para aprovecharse de ello en beneficio exclusivo y excluyente.

Todo ello complica la tarea de un pastor de paz en un mundo de violencia y de agresión física, económica, social y política. Sobre todo cuando cada vez se instala con mayor firmeza en los mexicanos la creencia de que las soluciones no están en la paz sino en la guerra. Que la humildad de su Dios es una postura rancia venida a obsolescencia. Y que la otra mejilla la ponga su Cristo pero no ellos.

Pero, pese a todo ello, ha sabido conducir y conducirse como un verdadero líder de su grey y como un factor de opinión más allá de ella. Lo ha hecho con talento. Pero también con voluntad y, sobre todo, con una actitud muy correspondiente con el postulado básico de su doctrina: el amor.

Pongo como ejemplo la ya famosa homilía que suele surtir en la misa dominical. Ella se ha convertido en una conferencia de opinión. La cubren los medios de comunicación. Su mensaje es esperado. Pero voy a lo que voy. En ella aborda problemas de actualidad y no solamente de teología. Pero lo hace con humildad y con inteligencia. Resaltaré esto. Norberto Rivera no habla como vocero propio e independiente. No utiliza un discurso propio que, desde luego, lo tiene y muy rico. Pero en el altar habla por su religión. Su discurso es el de su Iglesia. Sus guerras no son las propias. Sus amigos o sus enemigos son los amigos o los enemigos de su dios, no los que él escoja. 

En esos momentos él es el vocero de Dios. Si lo que dice gusta, que se lo reconozcan a su religión. Pero si lo que dice no gusta no se lo pueden refutar a Rivera sino al Dios de Rivera. Todo ello implica humildad e inteligencia. Él no es el dueño de la doctrina católica. Él no la hizo ni la cambia. Él la muestra y la defiende. Él la sirve, no se sirve.

El tiempo mexicano actual está confuso y revuelto. Quizá, por ello, entre otras muchas confusiones, con cierta frecuencia se confunde lo político con lo religioso. Mi vocación por la política, que no sólo es personal sino familiar y transgeneracional, me ha permitido ver su acontecer con cierta facilidad o comodidad. Escuchar a Norberto Rivera facilita y acomoda ver el acontecer de lo religioso.

Estoy convencido de que es muy importante salvar a las almas en el más allá. Pero también estoy convencido de que es igualmente importante salvar a los hombres en el más acá. Y aquí aparece un desafío fundamental de nuestro tiempo. La misión fundamental del hombre de religión es precisamente la salvación de las almas. La misión fundamental del hombre de política es precisamente la salvación de sus congéneres.

El hombre de religión se aplica a liberar a los seres humanos de las prisiones del mal, de la degradación, de la perversión, del sufrimiento, de la desesperación, de la perdición y de la derrota. El hombre de Estado se aplica a liberar a los seres humanos de las prisiones de la pobreza, de la ignorancia, de la enfermedad, de la injusticia, de la inseguridad y de la desesperanza. 

A ello están consagrados el hombre de Estado y el hombre de religión y en ello reside su servicio a los demás. Y es aquí donde aparece el desafío formidable que brinda nuestro tiempo. Porque en el pensamiento de hoy y seguramente en el del mañana está la idea de que ambas salvaciones no son contradictorias sino, quizá, inseparablemente complementarias.

Toda religión que lo sea de verdad tiene una columna vertebral que simplemente la llamamos promesa. Toda política que lo sea de verdad tiene una columna vertebral que simplemente la llamamos bienestar.

Esa promesa es la creencia en una recompensa imprescriptible que cada individuo y cada credo la identifica a su modo y preferencia bien sea que se llame paraíso, salvación, redención, perdón, eternidad o gloria. Ese bienestar es la creencia en un estadio inalienable que cada individuo y cada sociedad lo identifican a su modo y preferencia bien sea que se llame independencia, soberanía, libertad, desarrollo, justicia o paz. 

Esa promesa y ese bienestar fundamentan, explican y justifican todos los elementos de cada política y  de cada religión que sean de verdad. Si la religión no vive alrededor de una promesa será menor y artificial. Si la política no vive alrededor del bienestar será pobre y mentirosa.

Pero, luego entonces, aparece con claridad su conjunción. El hombre que confía en la promesa de la gloria en el más allá  ¿tiene que renunciar al bienestar de la libertad en el más acá?  ¿El hombre que cree en la promesa del perdón en el más allá tiene que sacrificar el bienestar de la justicia en el más acá? ¿O el hombre que ha recibido en el más acá el bienestar de la soberanía y del desarrollo debe pagarlo con la pérdida de su derecho a creer en una vida eterna?

Y es que hoy tenemos las respuestas que nos resultan obvias. Política y religión son complementarias en el salvamento del hombre. No estoy diciendo, desde luego, que debieran mezclarse en un batidillo como aquellos que a la humanidad y a muchos pueblos en particular les costó trabajo y sufrimiento el superarlos y remitirlos. No estoy proponiendo que la religión gobierne ni que el gobierno rece. Mal andaría aquella pobre religión que, al no poder salvar a las almas, tuviera que conformarse con gobernar a los hombres y mal andaría aquel pobre gobierno que, al no poder gobernar a los hombres, tuviera que contentarse con rezar por ellos.

Pero lo que sí estoy diciendo es que quienes proclamamos la libertad de creencias, quienes creemos en la libertad de cultos y quienes confiamos en la laicidad pública, también estamos persuadidos que nadie se basta a sí mismo y que, en buena hora, la reunión de quienes están convencidos de que es igualmente importante salvar a los hombres en ambos mundos. En el mundo que todos compartimos hoy y en el mundo en el que cada quien confía para el mañana.

Ése es el verdadero significado del desafío al que he aludido. Porque Norberto Rivera ha sabido aplicarse a ambas tareas. No dividiendo su tiempo y su energía, resta que siempre debe remitirse, sino duplicando su esfuerzo y su entrega. Ésa es la verdadera ecuación de los que se dedican, con su fe o con su acción, a salvar a los demás.

Nuestro encuentro al término ceremonial

Al finalizar la ceremonia conmemorativa, algunos de los amigos allí presentes fuimos invitados para saludar y congratular al homenajeado. Su homilía había sido más que emotiva. No habló de sus logros sino de sus omisiones. Las confesó y las reconoció. Pero, también, expresó el motivo principal por el que dedicó su vida al sacerdocio y a los demás seres humanos.

El encuentro de despedida fue muy breve pero resultó que no le faltó nada. Quizá, de haber sido más largo mucho hubiera estado de más. Lo digo porque, al darle un abrazo de felicitación, tan solo le dije dos palabras: “Felicidades, hermano”. Para los creyentes en la doctrina de Cristo, no existe mejor referencia que llamar hermano a nuestro prójimo.

Esa simple palabra encarna la más alta y la más significativa de las consignas de la doctrina cristiana. Es un mensaje de amor y es un tributo de honor. No sólo le estoy diciendo que lo quiero sino que posee el título de más alta majestad que se le puede asignar a un ser humano.

Decirle “hermano” es, por natural implicación, reconocerlo y llamarlo “hijo de Dios”. Non plus ultra.  

*Presidente de la Academia Nacional, A. C.

Twitter: @jeromeroapis

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