El Papa provoca tregua en Tierra Caliente; Michoacán se entrega al sumo pontífice

Es mentira que el narcotráfico sea la única manera de vivir, aseguró

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MORELIA.

Un papa Francisco de cartón se asomó antes del amanecer, a unos metros de la Catedral de Morelia. Todos se querían tomar la foto para el recuerdo antes de que el verdadero mensajero de Dios pasara por la avenida Francisco I. Madero: danzantes purépechas, pescadores de Janitzio, niños cantores de

Apatzingán, mujeres de Tepalcatepec que llevaron plegarias de autodefensas encerrados en el Cereso.

La presencia del Papa incluso ha permitido la tregua en la Tierra Caliente michoacana. Tierra de policías rurales que quieren retomar las armas, de familias que rezan por padres y hermanos desaparecidos a causa de grupos delictivos. Tiempos de oración. De esconder las armas.

Junto al Jorge Mario Bergoglio de cartón pasaron policías armados, con perros que olfatearon el recorrido papal. Una Morelia blindada, desde el aeropuerto hasta Catedral, donde se multiplicaron militares, policías, gendarmes y hombres vestidos de civil, pero que acusaron cortes de cabello militar.

Niños que ensayaban a un lado de la iglesia construida en el siglo XVIII, pequeños cantores de Apatzingán, donde se dice que todavía hay muerte y dolor. Niños purépechas y niños de la calle. Algunos acusaban discapacidad. Otros tienen cáncer. Ensayan y ensayan con sus pequeñas voces.

En las calles aledañas al Centro Histórico había mujeres que durmieron en las banquetas y otras que repitieron el “Dios te salve María” toda la noche y con el rosario en mano. La cobija cubría hasta la cabeza. El frío arreciaba. También la nostalgia. Muchas extrañan al marido, el que emigró a Chicago, a Texas o California. Dice doña Ernestina que “aquí es poco el trabajo en el campo y mucha la maldición del narco. Ya no sé cómo se llaman los nuevos grupos que amenazan”.

Informó el presidente municipal de Morelia, Alfonso Martínez, que al Papa se le entregaría la llave de la ciudad, una muy especial, de barro. También se plantó un árbol. Explica que se repartieron pulseras con cascabeles para que la gente hiciera mucho ruido cuando Su Santidad llegara. Pulseras hechas por reclusos del Cereso, quienes no lo vieron, pero querían ser escuchados.

Como los autodefensas que purgan penas por atreverse a levantar en armas para responder a Los Templarios. Son 380 los hombres tras las rejas, aquéllos que comenzaron el movimiento en 2013 con mosquetones y rifles viejos y que al final mostraron armas de alto calibre.

Y siguieron las fotos con el Sumo Pontífice de papel endurecido. Todo vestido de blanco, con sonrisa y la diestra en saludo. A su lado militares revisaban el paso de los creyentes, abrieron bolsas, hicieron preguntas y les señalaron hasta qué punto podrían acercarse. Otros uniformados vigilaron desde las azoteas. Estaba amaneciendo, Morelia despertaba. Militares y feligreses tomaron sus lugares. El Papa de cartón seguía saludando.

Mil 200 integrantes del Instituto Juventud Moreliana realizaron un retrato viviente del Vicario de Cristo y el Papa los miró desde el vuelo en helicóptero. El itinerario marca salida de la Nunciatura al aeropuerto Benito Juárez, vuelo al aeropuerto de Morelia y de ahí el helicóptero hacia la estación de bomberos, a las afueras de la ciudad. Después, la misa en el viejo estadio Venustiano Carranza donde le esperaban sacerdotes, religiosos, monjas y seminaristas.

Ahí, en el Venustiano Carranza, aparecería un Francisco nada acartonado. En Tierra Caliente, donde sacerdotes han sido violentados o corrompidos por el narco, el mensajero de Dios exclamó un “no nos dejes caer en tentación”. Aseguró que una de las armas preferidas del demonio es la resignación. La indiferencia.

Les pidió olvidar la burocracia: “No queremos ser funcionarios de lo divino”. No somos ni queremos ser nunca empleados de Dios. Somos invitados a introducirnos en su corazón”.

Tuvo palabras para recordar a Vasco de Quiroga, el primer obispo de Michoacán. “Tata Vasco, el español que se hizo indio, el que defendió a los indios vejados”. A su espalda un Cristo crucificado, el Cristo de la Tercera Orden de Pátzcuaro.

Al término de la Homilía, Jorge Bergoglio se subió al carrito de golf que lo transportaba al interior del estadio y dio la vuelta olímpica en el tartán michoacano. Una mujer burló a los hombres de negro y lentes oscuros que cuidan al Papa. Consiguió la bendición.

¡Ahí viene Francisco!

El rumor de que se acercaba el papamóvil a Catedral acabó con las horas de desvelo y espera. Globos blancos iniciaron el vuelo hacia los aires, los gritos de la emocionada multitud taparon las campanadas de Catedral y de los helicópteros que volaban bajito.

Una caravana de autos blancos marcaba el rumbo al papamóvil, a un lado del acueducto, ante miles de banderas blancas y amarillas (los colores del Vaticano) que nunca dejaron de agitarse.

Sumo Pontífice significa el máximo puente entre Dios y el hombre. Entonces todos quieren acercarse a Francisco, mirarlo de cerca aunque fuera apenas unos segundos. Tocarlo con los ojos y, si se es afortunado, cruzar una efímera mirada.

Entonces llegó el momento de quedarse quieto como figura de piedra. Del llanto. Levantar los brazos y gritar oraciones con la esperanza de que el viento las llevara a esos oídos religiosos. Instantes que se volverán eternos. Otros se toman la selfie y tratan de presumirla de inmediato en las redes sociales.

Ya nadie se acordaba del otro Francisco, el de cartón y sonrisa dibujada. Como la sonrisa de Cándido García, joven del Estado de México que se animó a venir con su esposa Jacqueline Méndez. Llegó con banderitas religiosas de a diez pesos que le sobraron de sus recorridos por La Villa y Ecatepec. Dice que la necesidad y las ganas de conocer al Papa los animó a seguir las huellas del Vicario de Cristo. Pedir por su bebé llamado Tadeo.

Los que también se animaron fueron los que han sufrido la violencia del otro Michoacán, los de Apatzingán, Parácuaro, Buena Vista y Tepalcatepec. Prefieren el anonimato. Aprovecharon la tregua que ofreció la visita del Papa y la multiplicación de seguridad para viajar a Morelia. Comentan que muchos prefirieron quedarse en sus comunidades, mirar al mensajero de Dios desde sus televisores y rezar a la distancia. Aún hay miedo.