Ausencias que lastiman: llega de EU a buscar a su hijo en fosa de Iguala
Guillermina Sotelo viajó desde Carolina del Norte a Guerrero pues César Iván, quien no era Nor-malista, continúa desaparecido
IGUALA, 22 de noviembre.— Guillermina Sotelo viajó esta semana desde Estados Unidos a Iguala para agarrar una barreta y una pala, subir al monte, escarbar en alguna de las fosas halladas por los policías comunitarios y buscar a César Iván, su hijo desaparecido hace más de dos años.
Eran las siete de la mañana de este viernes cuando doña Guille, como la conocen, llegó a la casa de Mayra Vergara Vergara, quien, como ella, también busca a un familiar desaparecido.
Gracias a un mensaje que Mayra difundió por la radiodifusora local y por los familiares de doña Guille, en el municipio guerrerense de Huitzuco, fue que esta madre recorrió más de tres mil 500 kilómetros desde Carolina del Norte a Guerrero.
En la radio local se escuchó que “así como los padres de los normalistas se unieron para exigir el regreso de sus hijos, también lo harán los familiares de los otros desaparecidos, porque no sólo son 43”.
Llegó “con alguna esperanza de encontrar a mi hijo como sea, porque yo lo quiero tener conmigo”, explicó Guillermina Sotelo a Excélsior.
Desde un día previo a este primer recorrido entre las fosas por parte de familiares de desaparecidos, Mayra tenía listas la pala y la barreta para que ella y doña Guille las usaran, porque la cita con los otras familias era muy temprano en la presidencia municipal de Iguala, ubicada a una hora de Huitzuco, desde donde partieron en una camioneta tipo Van.
En la explanada de la alcaldía de Iguala las recibió Miguel Ángel Jiménez, de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), quien celebró que 25 familiares se hubieran armado de valor y llegaran a la cita, pactada tres días antes mientras conversaban tomándose las pruebas de ADN con la autoridad federal.
“Los felicito, porque ustedes están rompiendo con el miedo”, les dijo el policía comunitario.
Luego de la bienvenida se organizó de imprevisto una caravana entre ocho vehículos que en ese momento ofrecieron autoridades, prensa y víctimas para transportar a los familiares sin carro a la Loma del Zapatero, zona donde los comuneros identificaron más fosas durante la búsqueda de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa.
A las 9:55 de la mañana todos estaban listos para salir hacia el monte. En la cajuela de la camioneta de Mayra ya estaban acomodadas la pala y la barreta y dos cajas de agua para ofrecer a los familiares que lo requirieran, pues allá arriba, en las fosas, el calor supera los 30 grados. También todos en sus bolsas de mano llevaban las fotografías de su familiar desaparecido.
Mayra, al volante, iba en busca de su hermano Tomás Vergara Hernández, de 41 años. Doña Guille, por su hijo César Iván González Sotelo, de 30 años. Y en la parte trasera viajaba don Jaime, quien busca a sus dos hijos, José Alberto y Adilén García, de 21 y 19 años.
Mientras iban rumbo al monte, las víctimas intercambiaban información; por ejemplo, se percataron que la desaparición de todos sus familiares coincidía en el verano de 2012, aunque ocurrió en diferentes municipios.
Al llegar a su destino, abrieron la cajuela, agarraron las herramientas, se repartieron agua entre las familias y escucharon la presentación de los grupos que acompañaron el recorrido: la UPOEG, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y la Unidad Especializada de Búsqueda de Personas Desaparecidas, de la Procuraduría General de la República (PGR).
“Lo que vamos a hacer, reitero, es señalar la ubicación de las posibles fosas. Traemos mapas, las vamos a georreferenciar y vamos a solicitar la presencia de peritos”, explicó Joaquín Torres, de la PGR, para que no se alterara la escena del crimen.
Luego de la presentación de las autoridades federales, doña Guille comenzó a adentrarse al monte. Ni si quiera había avanzado diez metros, cuando ya estaba ante los indicios de una fosa: una sábana ensangrentada, ropa y sandalias abandonadas.
Después de enfrentarse a esas imágenes, todos los familiares iban escuchando con atención a los policías comunitarios que explicaban el trabajo que habían hecho en la zona hace unas semanas.
Jorge Popoca, de la UPOEG, con una pequeña rama de un árbol levantó un calcetín semienterrado, el cual fue hallado hace casi un mes, y lo mostró al grupo.
“Todavía tiene un poco de sangre y tiene un poco de olor, ¿no?”, detalló.
El olor a muerte, de inmediato obligó a doña Guille a sacar su paliacate beige y a cubrirse el rostro para tratar de evitar respirar el tufo.
Pero los familiares, al ir recibiendo toda esa información sobre la ropa de las víctimas que ahí fueron abandonadas por criminales que bien podría pertenecer al hijo de cualquiera de los que ahí buscaban, y mirar la zona toda llena de fosas, muchos de ellos, como Mayra, no lo soportaron.
En la pala que llevaba desde su casa recargó su cabeza y se soltó a llorar.
“Ver las fosas, ver todo esto, revive el dolor”, decía doña Guille, también llorando.
Sin embargo, inmediatamente después de desahogarse, explotó la rabia entre los familiares, porque se dieron cuenta que continuaban sin escarbarse todas las decenas de fosas que identificó la UPOEG con banderines naranjas y que la mismas autoridades también acordonaron con cinta amarilla.
Ante tal impotencia, doña Guille agarró la barreta y Mayra la pala y se pusieron a picar fosas, rompiendo su acuerdo con la PGR, de llegar a la zona sólo a identificar el área para no alterar las evidencias.
Pero doña Guille justificó su acción y encaró a los integrantes de la PGR: “Si no lo hacemos nosotros, el gobierno no lo hace; nada más nos ignora, porque ellos no sienten el dolor. Con marcarse las fosas no se van a abrir las fosas”.
Aunque reacias, doña Guille y Mayra atendieron la sugerencia de la PGR, de parar y dejar de remover la tierra para evitar un mal manejo de los restos.
Esta vez doña Guille encaró a ese monte que muchas veces la impuso y que al imaginarlo siempre pensaba: “¿Por dónde empiezo si es muy grande?”
Después de haberse atrevido a meter el pico entre las fosas y remover las piedras en busca de César Iván, juró no parar de inspeccionar el valle de Iguala hasta encontrar un cuerpo al cual poder llorar.
Como doña Guille, todos los demás se prometieron lo mismo y advirtieron que si las autoridades no hacían su trabajo, ellos lo iban a hacer, porque ahí, en esa zona de fosas clandestinas, podía estar el hijo, el hermano o el esposo de cualquiera de los ahí presentes.
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