Llevan 10 años dando certidumbre a México

Adriana Morlett y Rosa, ejemplos de casos en los que su investigación ha sido determinante

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En su reporte anual de 2007, el EAAF muestra una imagen en la que se ve a Sofía Egaña, una de sus colaboradoras, empacando muestras de laboratorio en Ciudad Juárez, Chihuahua. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO, 2 de noviembre.- Lo único que a don Javier Morlett le devolvió la paz y silenció esas voces que lo torturaban, por un lado repitiendo que su hija Adriana seguía viva en poder de una mafia de trata de blancas, y por el otro que los restos óseos hallados en el Ajusco eran de la joven, fue el documento de unas 50 hojas con los resultados de ADN y el estudio antropológico forense que le entregó el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

Esta organización científica, que surgió en Argentina como respuesta inmediata a la desaparición de más de nueve mil personas durante el régimen militar de los años 70 y 80, investiga la identidad de cuerpos encontrados en fosas clandestinas de Iguala y Cocula, al norte de Guerrero, donde desaparecieron los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Desde que el EAAF llegó a México por primera vez a asistir a 75 familias en el contexto de las muertas de Juárez, así como lo hizo con don Javier, a más de 30 padres les devolvió a sus hijas.

“En un mismo día vivía el infierno y la esperanza, imaginando la muerte de mi hija y soñando con volverla a ver”, lamentó Javier Morlett.

De todos los 450 días que transcurrieron entre la desaparición de Adriana y la entrega de los resultados de ADN, por parte de los forenses argentinos —quienes confirmaron que el cráneo hallado en el Ajusco pertenecía a su hija de 21 años—, los peores fueron cuando personal de la Procuraduría General de la República (PGR) dividió sus opiniones.

Una mitad le aseguraba que su hija estaba secuestrada por tratantes y la otra, que los restos encontrados en un paraje del sur de la Ciudad de México correspondían a Adriana.

Toda la fortaleza que había logrado mantener por más de un año, desde la desaparición de su hija, se esfumó con el hallazgo de los restos.

El rastro de Adriana se perdió la noche del 6 de septiembre de 2010, poco tiempo después de salir de la biblioteca de la UNAM, donde estudiaba en la Facultad de Arquitectura.

No había cigarro que calmara la ansiedad de don Javier, por más que encendiera uno mientras apagaba el otro. Su corazón se debilitó hasta que pasaron días en los cuales la fatiga y depresión lo tumbaron en la cama. Es más, la advertencia del doctor familiar fue que podía morir de un infarto.

“Ahí me acabé”, contó.

En la propia PGR le aseguraban que las autoridades muchas veces entregaban resultados erróneos del ADN a las familias, para que dejaran de insistir con la búsqueda de sus hijos.

Cualquier resquicio que lo llevara a ver a Adriana con vida era suficiente para negarse a aceptar la muerte de su hija.

Pero no sólo los rumores eran los responsables de sus dudas, sino el pésimo trabajo forense que se ha hecho en México.

La primera vez que el EAAF pisó el país fue en 2004, por petición de la Washington Office for Latin America (WOLA) y la Comisión Mexicana para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, para proporcionar asistencia forense en los casos de Ciudad Juárez.

Para la sorpresa de los forenses argentinos, cuando ingresaron a los Servicios Médicos Forenses (Semefo) descubrieron que antropólogos y médicos habían diagnosticado restos óseos masculinos como femeninos. Las irregularidades iban desde mezclar en la bolsa de un cadáver restos de diferentes víctimas hasta extravíos de huesos dentro de los Ministerios Públicos.

También documentaron casos tan atroces, como el de Rosa, una joven de 24 años, a la cual sus familiares buscaban desde hacía siete años, incluso su rostro era parte de los carteles de mujeres desaparecidas de Juárez, pegados en las calles, pero su cuerpo llevaba más de tres años en el Anfiteatro de la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, para fines didácticos de los estudiantes.

Si los restos de Rosa estaban entre las manos de los alumnos estudiando anatomía, después de haber sido asesinada, era gracias a una donación por parte del MP a la institución.

“El diagnóstico elaborado por el EAAF confirmó la presencia de irregularidades graves en la metodología y en todas las etapas del trabajo forense”, reportó en 2009, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Mercedes Doretti, responsable del EAAF, en el Proyecto sobre Identificación de Restos de Mujeres no Identificados o de dudosa identificación en Ciudad Juárez y de la ciudad de Chihuahua.

Así que cuando Javier Morlett se enteró de la gran labor de los argentinos forenses en los campos algodoneros de Juárez y las fuertes críticas que hicieron a las autoridades por su negligencia en identificación de cuerpos, solicitó su ayuda.

Desde el principio sintió empatía con las forenses argentinas que investigaron su caso.

Al enterarse sobre el grupo multidisciplinario que conforma al EAAF, estaba convencido que ahí encontraría las respuestas que tanto anhelaba: criminalística, informática, genética forense, antropología social, arqueología forenses y radiología.

Pero mientras más se involucraba con el trabajo de las forenses más tranquilo se sentía, primero por la sensibilidad que mostraron al entrevistarlo con su familia sobre la desaparición de Adriana. También el profesionalismo que tuvieron al guardar las muestras de sangre y saliva perfectamente codificadas para que nada más ellos y la familia entendieran la relación de éstas con su hija.

Y lo más importante, lo que llevó a don Javier a incrementar su admiración en las argentinas, fueron tres detalles: firmó un documento donde él sería la única persona que podría recibir los resultados, la organización científica repetiría todo el proceso forense hecho por autoridades mexicanas y las muestras se analizarían en Estados Unidos, en uno de los mejores laboratorios genéticos del mundo.

Cada una de las muestras que el EAAF ha recolectado en México la ha trasladado al laboratorio The Bode Technology Group, ubicado en Lorton, Virginia, para su análisis como los de las víctimas de Juárez, migrantes hallados en fosas clandestinas en San Fernando, Tamaulipas, y ahora se espera que hagan lo mismo con los restos encontrados en Iguala y Cocula.

En este laboratorio genético de Virginia, donde se comprobó la identidad de Adriana Morlett, también se identificaron y se reasociaron los más de 20 mil restos óseos que se recuperaron tras el ataque de las Torres Gemelas en 2001.

Don Javier, al terminar de leer el documento elaborado por el EAAF, en noviembre de 2011 y recuperar a su hija tras 14 meses de ausencia, envió, a través de su cuenta de Twitter, el siguiente mensaje.

“Para nosotros, su familia, es difícil en estos momentos superar esta pérdida, porque albergábamos la esperanza de recuperar a nuestra hija, pero ahora lanzamos un grito desgarrador que exige justicia para Adri.”

La labor del EAAF en México ha sido clave desde hace diez años, no sólo por colaborar en los más graves casos de violación de derechos humanos en la historia reciente, sino por regresar a decenas de familias a sus hijos, como a los Morlett Espinosa.

Los resultados que los forenses argentinos entreguen sobre Guerrero en los próximos días definirán el rumbo de las familias de los normalistas, así como en su momento lo hicieron con el destino de don Javier Morlett.

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