México cambió en un trimestre del 94: Mariano Palacios Alcocer

Reconstruye los últimos minutos de Francisco Ruiz Massieu; el embajador de México en el Vaticano recuerda la crisis política y social por la que pasó nuestro país

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CIUDAD DE MÉXICO, 29 de septiembre.- Como si fuera hoy, Mariano Palacios Alcocer recupera las imágenes del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, con quien desayunó el 28 de diciembre de 1994, hace 20 años, cuando el fantasma de la desestabilización recorrió el país, afirma en entrevista.

El secretario general del Partido Revolucionario Institucional (PRI) estaba de buen humor en su encuentro con los diputados electos, en la sede nacional del sector popular, recuerda.

Luego de los discursos de rigor ante un centenar de futuros legisladores y cuando todavía se servían las mesas, el también coordinador de la próxima bancada se despidió para acudir a la sesión del Instituto Federal Electoral (IFE). No quería perderse el debate entre Jorge Carpizo y Porfirio Muñoz Ledo.

Mariano Palacios lo acompañó hasta la puerta del entonces Frente Nacional de Organizaciones y Ciudadanos (FNOC). “Ya, ya aquí nos despedimos. Regresa a atender a tus demás invitados”, le pidió Ruiz Massieu.

—Al llegar a la calle, lo despedí y quiso manejar su carro.  Mandó al chofer y a la escolta en otro vehículo. Botó el saco en el asiento trasero y se hizo del volante, lo acompañaron Heriberto Galindo y Roberto Ortega.

Las imágenes de lo ocurrido en la calle de Lafragua esa mañana se agolpan en la mente del entonces dirigente del sector popular del PRI y ahora embajador de México en el Vaticano, sorprendido por la aparición del sujeto de tenis, mezclilla y chamarra de cuero negro, con corte de pelo militar, el periódico enfundando el arma y la detonación que vibraba en los cristales de los edificios contiguos.

—Vi correr al homicida y tras él a los escoltas.

Y entonces, cuenta: “Me reconocí en el suelo y oí el impacto del choque de su carro con otro del Hotel Casa Blanca... Me dirigí a su ventanilla y el cristal estaba perforado, pude ver la entrada del proyectil en el lado izquierdo del cuello, sus manos con un rictus de contracción y el cuerpo suelto hacia la derecha”.

Mariano, que venía de ser gobernador de Querétaro, descubriría que ya no había nada por hacer. La bala expansiva, de punta de plomo, había hecho estragos en el destacado político.

—Pedí ayuda para destrabar los carros y al estar de frente a su vehículo, la dilatación de las pupilas de José Francisco no dejaba duda de la muerte. Solicitamos ambulancias, hasta que pudo ser llevado al Hospital Español donde más tarde lo declararon muerto.

Ya habían detenido al sicario.

Entonces apareció Mario Ruiz Massieu, subprocurador de la República y hermano del malogrado líder de los diputados.

Mariano mantiene el hilo de los recuerdos:

“Subí a mi despacho, avisé al licenciado Ignacio Pichardo Pagaza (presidente del PRI)  y  llamé a mi casa.”

Nos supimos vulnerables

Dos décadas después, Palacios Alcocer mide los hechos:

—El 94 cambió a México. Luego el error de diciembre, la captura de Raúl Salinas y la huelga de hambre de San Bernabé del expresidente.... y La Paca de Lozano Gracia y Chapa Bezanilla, y el sabernos del todo vulnerables, y mi salida a Lisboa tras quemar las naves, y la distancia y el tiempo que todo asimilan...

En ese contexto lo explica: 

“El año 1994 —el de la desestabilización— inicia con la insurrección de Chiapas y el TLC de Norteamérica, continúa con el memorable discurso de Luis Donaldo Colosio del 6 de marzo en el Monumento a la Revolución y su fatal desenlace en Lomas Taurinas. En un trimestre México ya no era el mismo.”

Ahí inscribe el dos veces dirigente nacional del PRI: “La guerra de los faxes abonando la precandidatura de Fernando Ortiz Arana, que se estrella con la decisión en favor de Ernesto Zedillo y la rabieta incontenible de Manuel Camacho Solís”.

Recuerda que la noticia de la muerte de Colosio “la conocimos en Vancouver, al concluir la reunión Ministerial del Acuerdo paralelo al Tratado de Libre Comercio en materia ambiental. La delegación mexicana la encabezaba el secretario de Desarrollo Social, Carlos Rojas Gutiérrez, y lo acompañábamos Julia Carabias, del Instituto Nacional de Ecología, y yo, como procurador federal de Protección al Ambiente, junto con José Calzada Rovirosa (hoy gobernador de Querétaro) que colaboraba en Profepa.

De inmediato regresaron a México.

Los mexicanos que volvían de Canadá coincidieron en el hangar presidencial con un avión proveniente de Tijuana, en el que venían los restos del candidato presidencial.

Tiempo después…

—En abril, y estando en Tucson, en trabajos binacionales de la Procuraduría, recibí una llamada de Ernesto Zedillo invitándome a incorporarme a su campaña al frente del Sector Popular del PRI. Solicité autorización al Presidente y al día siguiente relevé a mi amigo Miguel Ángel Barberena Vega, participando en el acto de adhesión del Sector a la  candidatura zedillista. 

Poco después, Ignacio Pichardo sustituye a Ortiz Arana en el comité nacional y su secretario general es José Francisco Ruiz Massieu.

—Con Pichardo y Ruiz Massieu, dice Palacios, vivimos la campaña presidencial del 94 y desde el edificio de Lafragua coordinamos la campaña titulada Un Voto por la Paz, y las continuas actividades de seguimiento y evaluación que realizábamos con ellos nos permitieron fortalecer nuestra ya vieja amistad, del tiempo que fuimos gobernadores.

Aquel año, precisa, las elecciones fueron en agosto y el Congreso se integraría en diciembre. Fernando Ortiz Arana sería coordinador de la bancada en el Senado y José Francisco Ruiz Massieu de los diputados.

El último desayuno de JFRM

Siendo Ruiz Massieu miembro del Sector Popular, recuerda Palacios Alcocer, “me pidió convocar a diputados electos a reunirse con ellos; el evento se agendó para desayunar el 28 de septiembre, a las 8:00, en Lafragua.

“Hubo dos discursos, el de bienvenida y explicación, a mi cargo, y luego el de Ruiz Massieu, agradeciendo y aceptando la encomienda. Ya era líder de los diputados”.

José Francisco quiso asistir ese día a la reunión de la Comisión Federal Electoral, donde debatirían su maestro Jorge Carpizo, entonces secretario de Gobernación, y Porfirio Muñoz Ledo, representante del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.  Me pidió abreviar el acto para llegar a tiempo... y nos dispusimos a bajar por los arcaicos elevadores.

Los espacios eran insuficientes para dar cabida a los que se querían hacer visibles ante el ungido dirigente parlamentario, evoca Mariano. Natividad González Parás y Heriberto Galindo ven cerrarse las puertas y con ellas sus deseos de incorporación a la burbuja. Por las escaleras alcanzaron a José Francisco. Natividad se despidió ahí. Heriberto se adelantó al coche y tomó el lugar del copiloto.

Lo demás ocurrió en segundos.

El sicario, que luego se sabría era Daniel Aguilar Treviño, lo esperaba enfrente, afuera del Palacio de las Ferias. Cruzó la calle, tiró el tabloide en el que escondía el arma y se dirigió hacia él, que ya había encendido el coche.

El disparo retumbó en Lafragua y se hizo eco en los edificios de Reforma.

Hacia el norte corrió el criminal.

En su carrera, frente al Hotel Casa Blanca, tiró la subametralladora Intratec que cayó a los pies de Isabel Plancarte, la secretaria de prensa del FNOC, quien momentos antes había dejado su coche en el estacionamiento de al lado. El boleto marcaba las 9:28, hora de la muerte de Ruiz Massieu.

Mariano Palacios quiso auxiliar al secretario general del PRI, pero su muerte fue instantánea, a bordo del Buick Century plateado.

A su lado, el diputado sinaloense Heriberto Galindo, en el espanto, no daba crédito, como tampoco Roberto Ortega Lomelí, en el asiento trasero, mientras Aguilar Treviño se rendía a los pies del policía bancario José Rodríguez Moreno, con su viejo rifle M-1, frente a la sucursal de Banca Cremi.

Hasta entonces reaccionaron los guardaespaldas de los diputados que a golpes lo trajeron hasta donde se encontraba Mariano.

Déjenlo, protéjanlo, pedían algunos y eso se hizo. Lo cubrieron hasta que llegó el subprocurador Mario Ruiz Massieu, su hermano, a quien se lo entregaron.

México ya no era el mismo. El 94, el de la desestabilización, lo cambió, remata Mariano Palacios Alcocer. “Nos supimos del todo vulnerables”.

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