México, el “plan B” de los migrantes
Para quienes salen huyendo de la violencia en Centroamérica y no pueden llegar a Estados Unidos, México se convierte en una opción para sobrevivir. Sin embargo, discriminación, burocracia e insensibilidad son algunos obstáculos que deben superar.
CIUDAD DE MÉXICO, 20 de julio.- El conflicto entre la guerrilla y los narcotraficantes en el puerto de Buenaventura, Colombia, llevó a Manuel Ramírez Vente a huir hacia México. Consiguió que le otorgaran el refugio y estaba tratando de traer a su hija e hijo, “pero sólo pudo traer a su hijo, porque a la hija la mataron, en ese proceso de estar esperando que México le otorgara el refugio para ella”.
Así lo narra Gabriela Hernández, coordinadora de Casa Tochan, albergue de migrantes en el Distrito Federal , al explicar que los trámites de refugio pueden alargarse por meses, y a veces, aunque la persona corra peligro, el gobierno mexicano no se los otorga.
Lo mismo le ocurrió a una pareja que venía de Guatemala Hugo y Levia, que llegaron a Casa Tochan, huyeron despavoridos porque el exmarido de ella les quemó su negocio. Era miembro de La Mara, y los tenía amenazados.
Pero la historia de violencia que habían sufrido aparentemente para el gobierno mexicano sólo era a nivel personal, y les dijeron que Guatemala era muy grande y que podían irse y encontrar seguridad en otra provincia de su país” y les negaron el refugio, recordó.
A la hora de pedir dicho estatus, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) les pide una serie de documentos para que demuestren que su vida estaba en peligro en sus países de origen.
Simplemente no les creen, o les piden pruebas difíciles, pero cuando a ti te amenazan de muerte, cuando ya te balearon la casa, cuando estás cansado de que te cobren derecho de piso, pues huyes y no te da tiempo de nada; no hay de que ‘voy a recabar toda la información para que me crean que estoy amenazado’”, comentó Hernández.
Al reflexionar sobre este aspecto, la coordinadora de Casa Tochan dice: “Yo creo firmemente que el gobierno mexicano le hace el trabajo sucio a Estados Unidos y está obstaculizando tanto el tránsito de los migrantes que van a Estados Unidos, como de los migrantes que deciden quedarse en México”.
Y explica que la autoridad mexicana no les dice que una vez que entran a territorio mexicano, tienen sólo 30 días para solicitar refugio, después ya no es posible pedirlo.
De acuerdo con la Comar, que depende de la Secretaría de Gobernación, entre 2009 y 2013 recibió 4 mil 589 solicitudes de refugio, de las cuales sólo otorgó 24.7 por ciento, es decir a mil 133 personas.
A estas circunstancias se enfrenta la nueva generación de adolescentes que están huyendo de Centroamérica.
Muchos van hacia Estados Unidos, pero la experiencia que Hernández le ha mostrado que muchos están decidiendo quedarse en México, después de ver los horrores que se viven a bordo de La Bestia y en todo el trayecto rumbo al norte.
El costo del refugio
El colombiano Manuel Ramírez Vente logró que el gobierno de México le otorgara refugio a su hijo. Después de que su hija la asesinaron en marzo de 2013 en Buenaventura, Colombia, al hijo lo pudo traer a nuestro país hasta tres meses después.
Pero allí no acabó su peregrinar. Rentar una casa, iniciar un negocio, obtener papeles para que su hijo entrara a la escuela —cosa que nunca logró—, y traer a su esposa de Honduras, fueron tareas titánicas por la complejidad y tardanza de los trámites.
Ya que Manuel logró traer a su hijo, trató de traer a su esposa con un bebé de seis meses, que estaban en Honduras. Paradójicamente, el gobierno mexicano le otorgó el refugio al bebé, pero a la mamá no.
Es de risa loca: le autorizan la entrada al niño de seis meses, pero a su mamá no. De tal suerte que lo querían mandar por paquetería o algo así. Y fue otro batallar para poder traer a la mujer con el niño” recordó.
Después, Manuel obtuvo un apoyo de la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec) para poner un restaurante. Le dieron todos los insumos, pero el pago de la renta corría por su cuenta.
La renta era un gasto oneroso cuando apenas estaba arrancando el negocio, las ventas eran bajas y tuvo que cerrar. De todas formas siguió con el negocio en casa, llevando comida a domicilio.
Pero después no pudo inscribir a su hijo de 16 años en la escuela, porque los trámites que le corresponden a Comar son igual de largos, así que el joven estaba desorientado, y se quedó sin escuela”, recordó.
Después de todas las dificultades, Manuel decidió irse de México: “Yo veía a México con posibilidades de desarrollarme, pero usted vio todo lo que luché y no fue posible”, le dijo Manuel a Gabriela Hernández cuando decidió marcharse.
Así, emprendió el camino hacia el norte. Intentaría entrar en forma ilegal a Estados Unidos, a pesar de todos los riesgos que eso representaba para su familia.
Para los que trabajan en Casa Tochan fue difícil verlo dejar el país. “Allí terminó esa historia que nos llevó un año de trabajo. Fue frustrante porque le pusimos mucho empeño: tocamos muchas puertas, logramos la solidaridad de mucha gente para que ayudaran a Manuel y al final las posibilidades son tan bajas que no pudo lograrlo”.
Lucha por la estancia
En otros casos logran quedarse en México, no sin enfrentar complejos trámites y discriminación por parte de los mexicanos.
Es el caso de dos jóvenes, un salvadoreño y un colombiano, que huyeron de situaciones de violencia en sus países.
Llegaron a Casa Tochan y allí estuvieron tres meses. Al salvadoreño se le había dificultado obtener el estatus de refugiado, y el colombiano estaba a punto de recibirlo. Los dos ya estaban trabajando en la construcción y decidieron buscar un departamento para rentar.
Ya les habían recibido la renta de depósito, y habían hecho casi el trámite completo, pero cuando la dueña se entera que eran uno colombiano y el otro salvadoreño, les dice que no, porque tienen mala fama y pueden ser delincuentes”, comentó Hernández.
Como no pudieron rentar en el DF buscaron en el Estado de México, consiguieron una renta más barata, aunque ahora gastan más en pasajes y tardan más tiempo en llegar a su trabajo.
Hernández también recordó el caso de Marvin, un guatemalteco y su amigo Alex, de Honduras. Ellos también estuvieron en el albergue y empezaron a vender comida típica de sus países con un apoyo de Sederec.
A veces van a vender la comida a la oficina de derechos humanos, o a alguna universidad cuando organizan eventos de migración, y hace poco pudieron estar en la Feria de las Culturas en el DF.
Ese fue un respiro grande para ellos, allí están luchando. No siempre pueden vender comida, y entonces dos buscan alternativas. Marvin no sólo hace comida, también hace bolsas y ropa y Alex se emplea como albañil”, narró Hernández.
Gabriela Hernández voltea a su alrededor, observa a los migrantes que están en la cocina y las habitaciones de Casa Tochan y dice: “Me quedo asombrada porque hoy tenemos muchos jóvenes en Tochan. Son los jóvenes los que están saliendo, porque si no se quieren volver maras, simplemente los matan”.
Durante su camino hacia el norte algunos se quedan en el DF, porque “ya vieron el riesgo que implica estar subido en La Bestia y atravesar el país”.
Entre los jóvenes de Casa Tochan, donde pueden permanecer un máximo de tres meses, hay adolescentes de 16 y 17 años, que ya se están empleando como albañiles o garroteros en el DF.
Marcelo Suárez Orozco, académico de UCLA y condecorado con el Águila Azteca, describió así el horror del que vienen huyendo esos jóvenes, en el Coloquio México-Santa Sede sobre Migración Internacional y Desarrollo que se celebró esta semana en la cancillería.
Cuando la familia, ahogada en un tsunami de la globalización de la violencia, del pauperismo, no puede satisfacer las condiciones y protecciones biológicas, legislativas, simbólicas y éticas que son su función fundamental, escapando al Herodes posmoderno, se ve obligada a repetir el ciclo bíblico: toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece ahí hasta que pase la tempestad…porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”, expresó.
Los muchachos de Casa Tochan, tienen la esperanza de obtener el estatus de refugiado o la residencia temporal en México. Regresar a casa no es una opción.
El DF se volvió su nueva casa
San Pedro Sula, Honduras no es un lugar seguro para vivir. Jerrie, de 16 años, lo sabe porque a su hermano lo mató La Mara. Jerrie huyó de su pueblo y ahora trabaja de sol a sol en una tortillería del Distrito Federal. Aunque es un trabajo pesado está pensando en quedarse pues “aquí puedo salir, allá no se puede ni salir, hay que estar en casa antes del anochecer”.
Para quedarse en México, necesita que el gobierno se lo permita: él, su hermano de 16 años y su padre están pidiendo la residencia.
Apenas vamos comenzando, vamos a pedir la residencia permanente, o la de tres años. Ahorita vamos a sacar la de tres años. La próxima semana nos toca la última cita, después nos llevan para Gobernación, o para migración” dice Jerrie Odair Hernández Trochez.
La decisión final de salir de Honduras la tomó Jerrie, cuando La Mara estuvo a punto de darle una paliza, “pero llegaron los policías… y ellos —los maras— salieron corriendo. Yo seguí caminando y los de La Mara me siguieron hasta la casa, después se fueron, al rato otra vez me pararon y me dieron dos horas para irme”.
Su padre, su hermano y él salieron de su barrio con ocho mil lempiras en el bolsillo, que equivalen a cinco mil pesos.
Todo nos lo robaron en Guatemala… Nos robaron los policías. Cuando íbamos en la combi: cada vez se comunicaban los de las combis con los policías, les hablaban, les avisaban que allá vamos… entonces nos paraba la policía y la migración de Guatemala y nos pedían 100 quetzales a cada uno, pues nos pararon como ocho veces, casi nos quitaron todo el dinero”, dijo.
El plan original era ir a EU
“Teníamos planeado ir a Estados Unidos, pero ahorita que tengo trabajo pienso que me voy a quedar aquí —en el DF—”, dice Jerrie.
También empezó a pensar en quedarse en México al ver las dificultades que había en el camino.
El camino fue muy difícil hay que estar caminando, pagando, o estar charoleando —pidiendo comida—, pero hay mucho peligro, en todo lo que es Palenque, por Chiapas, o Tapachula, hay peligros en las estaciones, están los maleantes, muchos supuestamente son los Zetas, pero asaltan, o si no, cuando te montas al tren ellos te piden cuota” comentó.
A los que no le pagan cuota a Los Zetas a bordo del tren, los tiran. “Pero a mí nunca me han tirado porque yo me les he escondido. Me he escondido entre los vagones” recordó.
Durante días, Jerrie durmió al lado de las vías del tren o en iglesias: “Por favor, déjenos quedar a dormir, salimos mañana a las 5 de la mañana”, suplicaba.
Y cuando el hambre era ya insoportable, Jerrie se acercaba alguna señora y le decía: “Oye madre, soy de Honduras, con todo respeto, ¿no tienes un taquito que nos puedas regalar, por favor?”.
Muchas se compadecían de él y le preguntaban qué hacía esperando el paso de La Bestia, que si no sabía lo peligroso que era andar por allí.
Y él les contestaba: “Ya mi padre ha pasado, él pasó por aquí en 1997, él ya había pasado y él dice que estaba normal, pero ahora está más caliente”.
Rumbo al Distrito Federal
Andaba en esas travesías cuando conoció a Manuel, un migrante que lo llevó al Distrito Federal. “Él me trajo hasta acá”, lo llevó al albergue de migrantes, Casa Tochan.
Más adelante, empezó a buscar trabajo en una tortillería. “Pues la verdad, yo le fui a pedir trabajo, y me dijo que sí, me da 200 pesos al día, trabajo de 7 de la mañana hasta las 8 de la noche”.
El día de la entrevista con Excélsior, Jerrie estaba descansando, pues había trabajado 9 jornadas al hilo sin descansar ni medio día.
“En la tortillería me dan de comer enchiladas, taquitos, frijoles, pollo, arroz, está bien la comida allí”, dijo.
Y ante la pregunta de si se va a quedar en México o seguir rumbo al norte, dice: “Pues en eso me estoy fijando, que me voy a quedar aquí, miro yo pues: me voy a casar con una mexicana, hay una que me gusta en una calle de acá abajo, está por un café internet, ya le hablé, tengo el Facebook de ella y todo”.
A ritmo de rap, cuenta su aventura
Fuera de la realidad dicen que me encuentro, por querer entender por qué la sociedad de otro país te rechaza, sin saber los motivos por los cuales huyes de casa”.
Así canta Emilian de 16 años. Es el rap que él mismo compuso para narrar su huida de El Salvador, su angustia en el camino y su esperanza de construir una vida diferente a través de la música.
Emilian Durán huyó de su pueblo hace un año porque ya no tenía dinero para seguir estudiando y pagar los libros de la prepa. Entonces estuvo trabajando en los cafetales, pero sólo le pagaban cinco dólares por 10 horas de trabajo y desistió.
Estuvo unos días en casa pensando qué hacer, a qué dedicarse, pero en cuanto salió un rato a jugar a la cancha de futbol La Mara lo trató de reclutar.
Los pandilleros ya me querían meter con ellos. Me dijeron ‘ve a traerme mariguana, que ve aquí, ve allá’, miraban que yo no estudiaba, que estaba en la casa, o a veces salía a jugar futbol y ellos se acercaban a la cancha…yo sentía que ya no aguantaba la situación”, dijo.
Salió de El Salvador con dos dólares en el bolsillo. Iba en busca de su hermano que vive en México. En la frontera con Guatemala conoció a un señor salvadoreño que le prometió que lo llevaría hasta el DF.
Primero se portó bien el señor. Luego nos perdimos como 15 horas en el monte buscando las vías del tren porque no sabíamos dónde andábamos, yo los pies los traía hasta desangrados de tanto caminar, yo ya no aguantaba y me daban ganas de llorar. Y el señor me decía no ‘pues no llores…aguántate y sigue adelante’”, recordó.
Al llegar a Arriaga, gente del poblado les invitó un refresco y comida. Fue un respiro. Pero su compañero salvadoreño le empezó a dar mala espina: le preguntaba demasiadas cosas, quería saber dónde estaba su familia y qué teléfonos tenían.
Empezó a sospechar que era de los que trabajan con los secuestradores de inmigrantes y que llaman a las familias para extorsionarlas.
A mí me dio miedo porque la gente me decía: nunca confíes, puede ser de tu mismo país, pero aquí todos se venden”, comentó.
Así que llegando a Arriaga se le escabulló a su compatriota y se puso a salvo. Pidió dinero y con los 30 pesos que juntó le llamó a su hermano que estaba en la Ciudad de México, y el hermano fue por él hasta Arriaga.
Al llegar al DF buscó trabajo de inmediato y consiguió empleo en la misma tortillería en la que estaba su hermano.
Trabajaba de 5 de la mañana a 5 de la tarde por 540 pesos a la semana… de lunes a sábado…y a veces no sólo eran esos días, cómo yo vivía cerca, los domingos el dueño me mandaba llamar con su hijo”, recordó Emilian.
Así transcurrían las semanas, y mientras Emilian ganaba 540 pesos a la semana, a los mexicanos les pagaban 900.
El dueño le prometía que le iba a subir el sueldo, pero eso nunca pasó y Emilian dejó el trabajo a los tres meses.
Entonces decidieron regresar a El Salvador, pero no pudieron irse. No tenían para pagar el autobús. Fueron a la embajada de El Salvador con la idea de que los deportaran, para no tener que pagar el pasaje, pero “no nos quisieron deportar, porque la hija de mi hermano es mexicana y no nos podían deportar, así que nos mandaron a la Casa Tochan”.
Y allí están Emilian y su hermano desde mayo pasado en el albergue que coordina Gabriela Hernández, y donde hay migrantes que tienen acceso a techo y comida por un máximo de tres meses.
Emilian canta otro fragmento de su rap: “Dicen que estoy fuera de la realidad por tener un sueño, a ellos les da risa pero yo le pongo empeño. Sueños de aquél niño por querer ser un cantante, ofendido por muchos por el hecho de ser migrante, pero ellos no saben que el que más lucha, tiene la voz del pueblo que todos escuchan”, canta.
Le gusta México, porque dice que aquí sí se puede cantar en lugares públicos, eso en El Salvador es imposible. Allá por cantar en la calle, lo detenían y lo golpeaban los policías. Le decían que seguro era de las Maras.
— Georgina Olson
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