El entreacto de un sexenio, las elecciones intermedias

En 2015 se cumplen 90 años de celebrarse comicios sin interrupción, aunque no debe olvidarse que el poder político ciudadano sólo sirve para elegir, pero no para gobernar

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01/06/2014 05:45 José Elías Romero Apis*

Primera de dos partes

 

1. Aspectos introductorios

El domingo 7 de junio de 2015 habrá elecciones federales intermedias para renovar la Cámara de Diputados —las cuales serán concurrentes con algunas elecciones estatales— las gubernaturas, los legislativos o las alcaldías de diversas entidades.

Por eso, Pascal Beltrán del Río me sugirió el tema de este artículo especial. Las elecciones intermedias dan la primera impresión de ser elecciones menores y carentes de importancia. Ello no siempre es exacto.

Repasemos el México electoral, el cual puede comenzar en el año 1988. Es cierto, como lo señalo más abajo, que nuestra historia de elecciones es larga y rica. Pero el predominio de un solo partido, durante varias décadas del siglo pasado, hace que los recuentos tengan que ser muy tiernos y cercanos. De esa manera, la del año venidero será apenas la quinta elección intermedia que celebramos bajo ese nuevo cuño.

Ahora bien, de las cuatro anteriores, yo me atrevería a decir que tres de ellas emitieron un mensaje importante y tan sólo una me pareció irrelevante. Veamos esto más a detalle.

La elección de 1991 constituyó un arrollador triunfo del PRI que vino a revertir los resultados de la elección de 1988, tan cuestionada y tan llena de incógnitas. Con los resultados intermedios quedó certificada la fuerza electoral del tricolor y la legitimidad política de Carlos Salinas de Gortari.

Seis años después, la elección intermedia de 1997 acarrearía un resultado inverso. El PRI perdería, por primera vez, la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Los cambios serían notables en el equilibrio de los poderes y el mensaje del futuro no resultaba halagador para el Revolucionario Institucional. La futura derrota de 2000 se empezó a gestar en la intermedia del 97. La de 2003 es la única que me pareció irrelevante.

Más tarde, de nueva cuenta el péndulo de lo político. En la elección intermedia de 2009 quedó anunciado, con su victoria inobjetable, que el PRI estaba de regreso y que sería la apuesta favorita para 2012, tal como sucedió. Ahora debemos estar atentos a los mensajes que el resultado electoral de 2015 traiga para los mexicanos.

Estoy muy orgulloso de la democracia mexicana y, al mismo tiempo, estoy muy preocupado por ella. Primero me referiré a mis orgullos. México es uno de los dos países del mundo republicano que ha gozado de democracia institucional por más tiempo, de manera ininterrumpida.

Con el proceso electoral del próximo 2015 se cumplirán 95 años que las elecciones mexicanas, tanto generales como intermedias, se han celebrado en las fechas que ordena la Constitución, sin que se hayan suspendido o pospuesto en ocasión alguna. En efecto, desde 1920 y hasta ese 2015, México habrá celebrado 18 elecciones presidenciales, 19 senatoriales y 35 para diputados federales. En total, 72 procesos electorales.

Todo eso se llama estabilidad política y es de lo más preciado de los sistemas políticos civilizados. Porque esos 95 años no los han gozado los países europeos con todas sus guerras, los países latinoamericanos con todas sus dictaduras, los países asiáticos con todas sus inestabilidades ni los países africanos con todas sus calamidades.

Sin embargo, muchas veces olvidamos nuestros logros por pensar en los ajenos. Solemos creer que otras naciones, por el hecho de ser más opulentas en lo económico son, también, más desarrolladas en lo político. Muchos latinoamericanos que han participado en coloquios políticos organizados en el llamado “primer mundo” lo han vivido, así sean disertadores tan consumados como Rodrigo Borja o César Gaviria, o bien, expositores aprendices como yo.

Escucharnos les produce una sensación exótica, como si se tratara de un  fenómeno. “Vengan a escuchar a un latinoamericano hablando de gobernabilidad”. “No se pierdan a un mexicano que habla de democracia”.  Es triste reconocer que, en muchas regiones del planeta, cuando piensan en América Latina piensan en nuestro café, en nuestro tabaco o en nuestro ron. Pero casi nunca piensan en nuestro presidencialismo, en nuestro federalismo o en nuestro liberalismo.

Desde luego, también a ello han contribuido muchos de nuestros paisanos que viven hipnotizados con la idea de que palabras como “gobernabilidad” se escuchan mejor y tienen mayor sentido en inglés, en alemán, en francés o, por lo menos, en italiano que como se oyen o se entienden en español. Que los países se gobiernan mejor o peor, dependiendo del idioma de sus discursos.

Muchos se olvidan, por momentos, de los liberales mexicanos del siglo XIX, de los constituyentes mexicanos del siglo XX, de los ideólogos mexicanos de vanguardia y de los constructores de las instituciones mexicanas que, en muchas ocasiones, han alumbrado a los países que más presumen de politizados. Por el hecho de que no tenemos tanto dinero ni tantas armas ni tantas fábricas se olvidan que muchas de las ideas, muchas de las hazañas y muchas de las virtudes de la humanidad las han tenido que conocer en español.

Por otra parte, mis preocupaciones se deben a que nuestra democracia no es perfecta. La realidad mexicana ha configurado un tripartidismo muy equilibrado que produce victorias electorales sin contar con la mayoría absoluta de los electores. Casi todos los alcaldes, los diputados, los senadores, los gobernadores y los tres últimos presidentes han sido electos sin contar con la mayoría de los votos. Es una paradoja de la democracia mexicana el que instale gobiernos de minoría y no de mayoría.

Una segunda imperfección es que se ha entronizado una partidocracia que ha desplazado a la participación libre de los ciudadanos. Por último, la democracia es, sin más rodeos, una nicecracia. Niké, victoria. Nuestra democracia, como la de casi todas las naciones, no instala un gobierno de las mayorías sino  solo un gobierno de los vencedores. El poder político ciudadano sólo sirve para elegir pero no para gobernar.

La democracia es el espacio esencial para la consolidación de la estabilidad, de la gobernabilidad, del consenso, de la tolerancia, del entendimiento y de la libertad. Pero no sólo es un sistema de gobierno sino es  principio ideológico. No sólo es fórmula de designación y renovación sino posicionamiento de creencia política.

Dos países pueden ser igualmente republicanos, presidencialistas y federalistas y, sin embargo, ser muy diferentes por no ser igualmente democráticos. Por el contrario, más se parecen la Francia republicana-presidencialista y la Inglaterra monárquica-parlamentaria, tan sólo por el hecho de ser casi igualmente demócratas.

No hay democracia donde sólo existen leyes democráticas e instituciones democráticas, pero no existen demócratas. No hay verdadera democracia sin demócratas. Ése es el verdadero riesgo de la democracia.

Porque la ingobernabilidad, la dictadura o la anarquía son meros síntomas de enfermedades degenerativas de los sistemas de poder, pero no son la verdadera enfermedad. Ésta la podríamos bautizar como un “cratoma” o, más certeramente, como un cáncer en los sistemas de poder.   

2. Aspectos conceptuales
de la democracia

A diferencia de la soberanía, que es una fórmula del depósito originario del poder, la democracia es una fórmula del depósito derivado del poder. El pueblo al que se refiere el artículo 39 constitucional es un concepto sociológico y no jurídico. Es una entidad declarativa pero no organizada. Más aún, no existe una definición legal de “pueblo”; ni falta que ha hecho.

Es por ello que para convertir a esa entidad plena de indeterminación en un corpus definido o determinable se tiene que recurrir a una creación jurídica consignada en el artículo 40 constitucional, donde se alude a la “voluntad del pueblo mexicano” para instalar su sistema de organización política básica, en la forma de una “república representativa, democrática y federal”.

Es allí donde queda depositado, de manera real aunque derivada, el “poder originario del pueblo”. Esa fórmula de conversión o transferencia de poder se llama democracia.

La expresión jurídica fundamental de la democracia se encuentra en el artículo 41 constitucional. Esta norma señala las reglas de operación del sistema político de representación democrática para la gestación de los poderes públicos y para la designación y renovación de los funcionarios que los ejercerán.

Hoy, la democracia mexicana, como la de muchos otros estados, se basa en dos principios de operación: la paridad y la mayoría.

Por virtud del primero queda establecida la regla de que todo voto vale exactamente lo que los demás. Ningún voto es privilegiado ni corporativo ni calificado. Más aún, en una conjunción con el concepto de ciudadanía, la unidad de cuenta electoral es, precisamente, el ciudadano. De esa manera, cada ciudadano vale un voto y nadie vale más que los otros ciudadanos.

El segundo principio implica que las decisiones de voluntad colectiva serán determinadas por aquella propuesta que cuente con el mayor número de votos. Este principio de mayoría rige tanto en los ejercicios participativos de la democracia, por ejemplo la elección, como en los ejercicios representativos de ella, por ejemplo la legislación.

La paridad es un principio de igualdad mientras que la mayoría es un principio de cantidad.

Sin embargo, después de haber consolidado la importante reforma política concebida, impulsada y concretada por Jesús Reyes Heroles, pensábamos que todo estaba hecho y que ese buen modelo colmaba nuestros requerimientos políticos por todos los años hasta donde alcanzábamos a ver.

Esta reforma se había diseñado para varias etapas o generaciones. La primera se centraba en dos grandes vertientes de cambio. Por una parte, derivado del propósito de hacer atractiva y equitativa la contienda contra un partido dominante, este sistema contuvo como característica esencial el privilegiar la vida partidista por encima de todo.

Serían los partidos políticos el centro de la vida política nacional. Ellos se encargarían del reclutamiento, del proselitismo, de la postulación, del desarrollo político, de la capitalización ideológica, del acopio financiero, de la organización militante, de la representación ciudadana y, en fin, de toda la participación política organizada de los mexicanos.

La segunda vertiente consistiría en la “desincorporación” de los órganos de autoridad electoral. Por una parte las llamadas comisiones electorales, integradas básicamente por funcionarios gubernamentales, serían sustituidas por “institutos electorales” dizque ciudadanizados, aunque realmente integrados por funcionarios designados por el Congreso a propuesta y consenso de los partidos políticos. Es decir, integrados por políticos y por burócratas.

Por otra parte, los llamados colegios electorales, integrados por funcionarios recién electos para autocalificarse, serían sustituidos por “tribunales electorales” dizque profesionalizados, aunque realmente integrados por funcionarios designados igual que los de los institutos.

Ahora bien, si los partidos han sido referencia para incluir o para excluir, hoy, sin embargo pareciera que el péndulo del pensamiento nos orilla hacia otros espacios, debido a seis causas fundamentales.

La primera de ellas es que se está gestando un deseo ciudadano creciente de participación política sin participación partidista. O por lo menos, sin la tradicional participación partidista. Sin las ataduras dogmáticas de sus declaraciones de principios, sin los imperativos de sus programas de acción, sin los candados de sus estatutos y sin el autoritarismo de sus cúpulas dirigenciales. Por eso, cada vez en mayor medida los mexicanos desean participar en política sin participar en las estructuras de partido y cada vez crece más la transmigración partidista.

En segundo lugar, cada vez resultan menos atractivos para el ciudadano común las ofertas electorales de los partidos tradicionales. Ya en las últimas dos elecciones se consideró que sólo una tercera parte de los electores tenía una predilección electoral preestablecida. El restante decidió su voto en el transcurso de la contienda y, de ellos, muchos lo hicieron en la última semana.

Un tercer aspecto, resultante de los dos anteriores, es que las próximas elecciones para presidente, gobernadores y congresistas no las ganarán partidos sino candidatos.

Un cuarto factor es que la real contienda política mexicana ya no es tanto una contienda de partidos sino una contienda de poderes. La medición de fuerzas entre Presidencia de la República, Congreso de la Unión, Suprema Corte de Justicia de la Nación, gobernadores de los estados federados, por no hablar de los poderes metaconstitucionales supera, hoy y mañana, a la tradicional contienda de partidos.

Por ello, hoy resulta frecuente que estén mejor posicionados en la detentación política los líderes camarales y los gobernadores que los altos dirigentes partidistas. 

En quinto lugar, la realidad ha ido sobrevalorando a los minipartidos y los ha colocado en condiciones más cómodas que a los grandes partidos tradicionales.

Un sexto aspecto reside en que la base de la cohesión partidista es la disciplina o el liderazgo, y los tiempos actuales no parecen los más favorables para la disciplina, muy contrapuesta con la democracia, ni para el liderazgo, normalmente contrapuesto con el revisionismo crítico.

Pero lo más importante de todo esto es tener en cuenta que las vertientes de cambio fueron tan sólo una primera generación de reformas. Por desgracia, pareciera que nos hemos olvidado de las siguientes etapas y el feto ha dejado de evolucionar o ha suspendido su conformación plena.

Porque la siguiente etapa consistiría en “despartidizar” la vida electoral para volverla más “ciudadanizada”. Fue acertado que, en la primera, los partidos fueran muy privilegiados. Ellos requerían el incentivo de todos los mimos y caricias para que se involucraran en la contienda. Además, para que ellos asumieran el desarrollo y la participación ciudadana, en una sociedad que había sido indiferente a la evolución política.     

Congelar esa reforma y sustituirla con un inmovilismo histórico provocaría una creciente del abstencionismo como consecuencia de la indiferencia, de la desilusión y de la decepción. Los partidos tenderán, quizá irreflexivamente, hacia la conservación del status quo. Sin embargo podría establecerse un proceso reformatorio por etapas. 

En fin, es un disparate pensar que la reforma política mexicana está consumada y concluida. Es otro disparate pensar y decir que la democracia ya ha llegado a su quintaesencia. La verdad es que apenas estamos comenzando. Vamos en la primera de muchas etapas de evolución hacia lo que pudiera ser una razonable democracia. Hasta hoy sólo hemos logrado expropiarle algo de poder al gobierno en beneficio de los partidos, pero al precio carísimo de expropiar todo a los ciudadanos en rédito de los propios partidos y de las autoridades electorales.

3. Aspectos reales
de la democracia

Existe la duda persistente, en muchos mexicanos, sobre si la democracia que estamos viviendo y la que habremos de vivir en los tiempos venideros es real o meramente virtual. A diario nos preguntamos, como si se tratara de jugo de fruta, si es natural o es de lata. Si es un reflejo de la voluntad libre y espontánea de los ciudadanos a quienes, en su conjunto, los republicanos concebimos y referimos como soberanía nacional, o si se trata de un producto de color grato y de sabor agradable pero hecho de compuestos artificiales, combinado con ingredientes adulterados y engalanado con etiquetas simuladas.

Desde luego no soy de los que piensa que la mayor virtud de un sistema político sea su pureza. También, como en los jugos, estoy cierto de que un edulcolorante congelado de alto rendimiento llega a ser más aceptable que un extracto natural recién arrancado a naranjas amargadas o descompuestas. Pero lo que sí es peligroso es que podemos estar ilusionados o ensoñados con una vivencia artificial que, en el vaso de la confusión, lleva a despertares llenos de decepción y de amargura, tan sólo por no tener en claro el tipo de vida política que estamos viviendo. Si no es para la pureza de un sistema democrático, lo que me parece ineludible de valoración en su esencia, su presencia y su eficiencia.

Veamos la esencia. En nuestros días la democracia es un producto bueno, pero es un producto caro. Somos un país muy grande, muy poblado y muy complejo. Ganar elecciones cuesta mucho dinero. Pero, además, somos un país de pobres. Los ricos son pocos y los más de ellos no son generosos. Por ello el dinero para los triunfos políticos tienen que conseguirse de donde se pueda. Y ese “donde se pueda” es peligroso para un sistema casi de nuevo cuño. Puede ser, de lo que decíamos, un factor de adulteración.

Pero supongamos que todo el dinero que va a la política es angelical. El hecho de tener un origen virginal no garantiza, tampoco, su destino. Puede encaminarse desde el engaño mediático hasta el soborno electoral. Entonces, por la vía del fraude legal o por el de la corrupción inevitable, estaríamos ante una voluntad artificial. En estos supuestos, por mencionar lo mínimo, estamos ante el riesgo de que nuestra democracia no tenga ningún agregado respetable y que, como en algunos líquidos, lo más valioso resulte su envase. Que valga más el continente que el contenido.

Ahora, bien, decíamos anteriormente que nuestra democracia pareciera tener problemas de esencia. Los de presencia y los de eficiencia. Mucho se ha hablado en los tiempos recientes acerca de la transformación que los tiempos modernos imponen a las formas de gobierno y de convivencia, particularmente en las sociedades democráticas. Llama la atención lo que, en los tiempos venideros, habrán de jugar, en el campo de las contiendas o disputas por el poder, los diversos factores que concurren en su génesis, en su ejercicio y en su apariencia.

Al observar sólo tres de ellos se puede advertir el inminente advenimiento de nuevos escenarios y hasta de un nuevo hábitat político del siglo XXI. Con cierta cautela se debiera considerar su presencia y sus consecuencias, no necesariamente buenas ni malas, sino simplemente venideras. Estos factótums del porvenir son los partidos políticos, las instituciones de educación superior y los medios de comunicación masiva.

En primer término, los partidos políticos tienden a transmutar de la confrontación ideológica a la mera contienda electoral. Sin que esto implique, necesariamente, la abdicación de credos políticos, cada vez las organizaciones políticas del mundo democrático se orientan más a concentrar sus esfuerzos  en la conquista de las urnas, aun a costa del diferimiento en el triunfo de las conciencias. Lo anterior, de ser cierto, tiene consecuencias prácticas incalculables. Una de ellas es que la contienda electoral requiera, forzosamente, de la concurrencia de dos importantes contribuyentes en la oferta electoral: los medios de comunicación y las instituciones superiores de educación.

Los medios de comunicación masiva no sólo tienen trascendencia como vehículo de comunicación entre los oferentes electorales y los potenciales consumidores, es decir, electores. Pero sería muy limitada la visión de observar en los medios de comunicación masiva a meros ductos transmisores de mensajes y de slogans. Por el contrario, los medios son sistemas de inteligencia propia, se diría en el lenguaje contemporáneo. Producen su propio mensaje, generan su criterio exclusivo, editorializan su información. Con la sola excepción de las secciones de “clasificados”, los medios piensan por sí solos, tienen proyecto propio y no son neutros. Podrán ser imparciales y objetivos, pero casi nunca neutrales. 

En fin, nuevos tiempos, nuevos retos. En política, como en todo, el horizonte es simplemente figurativo. Pero no hay que perderlo de vista.

El tercer referente son las instituciones de educación superior, las cuales son un centro polar de información pero, también, de inducción. Por ejemplo, ¿quién tendrá mayor influencia en la economía de Estados Unidos, la Universidad de Chicago o el Partido Republicano? ¿Quién habrá incidido más en las decisiones de ese país, la Universidad de Georgetown o el Partido Demócrata? 

 

*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

w989298@prodigy.net.mx

twitter: @jeromeroapis

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