La fuerza detrás de las plataformas marinas de Pemex

Un grupo de trabajadores relata, sus experiencias en las instalaciones de Petróleos Mexicanos en alta mar; hay quienes laboran ahí toda su vida

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26/05/2014 05:53 Andrés Guardiola/ Enviado

CIUDAD DEL CARMEN, 26 de mayo.- Centenares de caras, siluetas, nombres, personalidades. Anhelos y experiencias. Oficios y profesiones. Todos ellos van y vienen, muchos otros permanecen por décadas, pero todos se conjuntan en las ciudades en alta mar que conforman las plataformas marinas de Petróleos Mexicanos (Pemex) en el Golfo de México.

No sólo faltan palabras para describir el lugar. El arribo provoca la falta de aliento. El viaje desata emociones, disparando los niveles de adrenalina, volando o navegando desde Ciudad del Carmen, en Campeche.

Las plataformas marinas conforman uno de los principales bastiones de la economía mexicana, en este caso la petrolera.

Se trata de estructuras metálicas insertadas en el mar, amalgamando acero, agua y fuego, como un paisaje cinematográficamente futurista.

No importa si llueve o el sol cae a plomo, así el frío del norte se apodere del entorno, o bien un huracán atraviese la zona: el trabajo no cesa.

La gente que construye, mantiene y opera las plataformas marinas llega de todo el mundo, sin distinción de raza, credo, condición social o sexo. Ahí hay trabajadores de China, Japón, Noruega, Venezuela o Estados Unidos, por ejemplo. O bien de la Ciudad de México, Tampico, Puebla, Salamanca, Mérida o Tijuana. Unos trabajan ahí a través de Petróleos Mexicanos, y muchos más a través de empresas privadas que brindan sus servicios a la paraestatal mexicana.

Muchos llegan a probar suerte y logran subir a las plataformas una sola vez. Otros se quedan toda la vida, y otros no logran el mínimo objetivo. La idea generalizada es que en alta mar los sueldos y prestaciones son enormes, pero muchos terminan por desilusionarse.

Así fracaso y éxito se unen en historias que marcan sus diferencias en la misma personalidad de sus protagonistas, pero todas y cada una de ellas muestra la amplitud del mundo petrolero mar adentro.

El toque femenino

Karla Karina Jaén Sierra apenas pasa los 30 y ya es ingeniera de operación en la AKAL-G.

Es un triunfo. Hace 15 años era difícil encontrar una mujer a bordo de cualquier plataforma marina, y Karla lo ha conseguido para el orgullo de su familia. Originaria de la Ciudad de México, ella tiene muy en claro qué es lo que se tiene que hacer.

Toma su overol y casco naranja, gafas, guantes, protectores auditivos y desde su oficina en la plataforma administrativa acude diariamente a la zona de turbinas y ductos petroleros para revisar instrumentos de los pozos y conductores.

No prescinde de su radiocomunicador, tampoco de su pluma para hacer anotaciones, y si tiene que ensuciar su overol no duda en hacerlo porque bajo su mando tiene una cuadrilla de una decena de hombres.

“Estoy consciente de que es un trabajo peligroso, y me lo preguntan, pero por ser mujer no veo ninguna diferencia. Creo que hago bien mi trabajo”, resalta.

El jefe de la instalación

A sus 34 años, Arturo Tapia Maya es superintendente del Centro de Proceso AKAL-G, una de las plataformas marinas más grandes e importantes de México. Él es responsable de toda la instalación, su producción y su personal.

“Es deslumbrante. Sorprendente. Trabajar en plataformas es algo diferente. Son ciudades en el mar, tienes tuberías por todos lados. El manejar las cantidades tan grandes de petróleo y gas, pues es algo a lo que no estamos acostumbrados”, relata.

Egresado del Instituto Politécnico Nacional y graduado como ingeniero petrolero, Arturo Tapia lleva diez años trabajando en Pemex y ocho en alta mar.

Radica en Querétaro, aunque es originario de Córdoba, Veracruz, y asegura que trabajar en una plataforma marina es un trabajo extremo y excepcional.

“Es una experiencia muy bonita y quisiéramos que todo mundo conociera”, dijo a Excélsior.

Los días de Arturo Tapia inician normalmente a las seis de la mañana. Se ha cortado el cabello a rape para evitar perder tiempo, aunque también por seguridad.

Al alba, Tapia Maya se ducha, baja a su oficina en punto de las 6:30 horas y revisa reportes de producción, personal, operaciones, factores que pueden propiciar accidentes y lo ocurrido durante la noche.

“A las ocho de la mañana tengo programado el desayuno, y pues normalmente como muy sano, estoy llevando una dieta y trato de no comer tanto porque muy fácil subo de peso. Me tomo un jugo verde, un licuado de avena, y no sé, a lo mejor una sincronizada, un sándwich, una fruta”, relata.

En el transcurso del día tiene reuniones de trabajo, verifica niveles y hace recorridos por las instalaciones. Algunas plataformas llegan a tener hasta 10 niveles y muchos metros cuadrados de superficie. Así se va el día. Más rápido de lo que uno podría pensar.

Arturo Tapia sabe perfectamente a qué hora inicia su jornada, mas no tiene idea de a qué hora termine, porque muchas veces llegan las diez de la noche y sigue laborando.

Sin embargo, su cargo tiene sus beneficios y no comparte el camarote con nadie, además de contar con televisión. Un espacio plenamente privado, a diferencia del grueso de la población de la plataforma, en donde llegan a estar hasta seis personas en un mismo dormitorio.

Arturo Tapia termina su jornada cuando va a correr. Los más deportistas, sea cual sea su tarea en la plataforma, suelen subir al helipuerto para hacer ejercicio lejos del ruido de las turbinas.

El tiempo no ha logrado que la visión del ingeniero petrolero se nuble por la rutina. Todavía aprecia los hermosos atardeceres que brinda el vivir mar adentro.

La pasión esmeralda

Juan José Chávez Rojas es originario de Salamanca, Guanajuato. Está cerca de jubilarse, pues tiene ya 27 años en las plataformas marinas de Pemex. Jesús Cornejo Hernández también es de Salamanca y lleva casi la mitad de su vida trabajando en alta mar.

Ambos son instrumentistas. Pero también comparten la pasión por el futbol y por el club León, bicampeón de la Primera División mexicana.

Con su bandera de los Panzas Verdes coinciden en que lo que les duele es perderse los juegos de La Fiera cuando están mar adentro.

“Pues juegan bien y recobramos el gusto por el equipo que muchos años había estado francamente abandonado”, dice Jesús Cornejo.

En cuanto al trabajo, la labor no es sencilla. Pueden pasar horas reparando piezas milimétricas encerrados en un taller, pero también pueden pasar días bajo el sol cambiando los instrumentos.

“Lo que más extrañamos de Guanajuato es el clima, porque luego llegamos a estar a unos 50 grados en las turbinas, es que éste es un trabajo para hombres”, señala bromeando Jesús Cornejo.

Por su parte, Juan José Chávez Rojas recuerda que cuando se fue a trabajar al mar nadie quería hacerlo.

Entre otros, ellos reparan instrumentos neumáticos, electroneumáticos, hidráulicos.

“Es por el ambiente, es salino. Hay humedad, corrosión. Se tienen que reemplazar cuando termina su vida útil”, explica Chávez Rojas.

Él es el delegado en AKAL-G de la sección 47 del Sindicato Petrolero y está a dos años de su jubilación. Sobre todo porque su familia ya se lo pide. La consecuencia es que su hijo mayor ya trabaja también en plataformas marinas. Mismo oficio y misma plataforma.

Juan José Chávez y Jesús Cornejo están conscientes de que aunque su trabajo implica riesgos y desapegos familiares, se encuentran en un grupo de privilegiados.

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